Conviene matizar y ser cuidadosos ante esta impresión porque, de lo contrario, la idea de la aceleración del tiempo puede convertirse en un mantra omniexplicativo de dudoso valor. En este sentido, una primera base útil de distinción es la que proporciona J. R. Capella
[ 10 ] al distinguir las tres operaciones distintas que el ser humano lleva a efecto con el elemento tiempo: la de contarlo, la de percibirlo y la de concebirlo. La primera, que ahora no nos interesa, puramente cronométrica, es la de la física. La segunda,
percibir el transcurso del tiempo, es algo eminentemente cultural y está ligado al tipo de actividad social predominante y a la velocidad con que se producen los cambios sociales en una sociedad. No se percibe igual el transcurso del tiempo en una sociedad agraria que en una industrial, en una decadente o en otra en ascensión, en una joven o en otra envejecida. La tercera, la de
concebir el tiempo, es de carácter eminentemente filosófico y se refiere a la forma en que el pensamiento dota de sentido a su transcurso. Teniendo en cuenta esta distinción, puede decirse que cuando se afirma que la noción de progreso ha perdido su función orientadora en la época contemporánea se está haciendo referencia a una cuestión eminentemente conceptual y de marcado contenido filosófico. En cambio, cuando aludimos a la manera en que las sociedades actuales perciben el tiempo y reaccionan ante esa percepción estamos abordando una cuestión sociológica estricta. Y conviene distinguir entre ambos planos para no incurrir en confusión.
En este sentido, no guardan demasiada relación entre sí la idea de la «aceleración de la historia» y la de «aceleración de la experiencia temporal». La primera es una teorización interpretativa acerca de una época entera, una conceptualización de cierta fase de la historia occidental. La segunda, por el contrario, es la constatación empírica de una percepción difundida en las sociedades actuales.
Por otra parte, es cierto que el pensamiento crítico ha abandonado las ideas del progreso y del futuro como tiempos de amejoramiento de la humanidad, que ambas nociones han dejado de ser motores fecundos en el terreno ideológico. Es mucho más discutible, por el contrario, que nuestras sociedades hayan abandonado esa noción de progreso como forma de representarse el futuro. Parece que existe, por el contrario, un acusado hiato entre la conceptualización del tiempo por parte de los intelectuales (la «muerte del futuro») y la que tiene incorporada el ciudadano que habita nuestras sociedades, en la que la idea de progreso (por lo menos como avance científico, material y desarrollista) sigue estando integrada en su mentalidad como un auténtico elemento genético. El hombre europeo no puede dejar de pensarse como alguien que va a llegar a algún sitio. En nuestra sociedad todo el mundo aspira a un futuro mejor y «lo normal para la mayoría es el progreso; lo que necesita explicación es lo contrario, lo que impide el avance, lo que obstaculiza la mejora, lo que se opone al cambio a mejor »
[ 11 ] . La gente sigue pensando en términos de futuro, y precisamente su malestar actual deriva de que no lo ve claro, de que desconfía de su realización efectiva. Si las ideas de futuro y de progreso hubieran muerto realmente en nuestras sociedades sería incomprensible el malestar social que se origina, precisamente, por el hecho de que el futuro no cumple efectivamente sus promesas, o amenaza con no cumplirlas. Quien se frustra por la ausencia de resultados es porque los espera seriamente. La situación de la ciudadanía occidental es más la de aquel que duda seriamente de la capacidad de la política para cumplir sus expectativas que la de quien ha dejado de creer en el progreso como meta necesaria. Es de esa desconfianza de donde surge la valoración negativa del presente.
Lo que sucede es que, al mismo tiempo, ese desarrollo o progreso se concibe en nuestras sociedades en términos puramente cuantitativos, como más y más de todo, pero sin un propósito final definido, sin una
forma que lo caracterice. Así, el desarrollo termina por consistir en salir del estado actual para alcanzar otro que no está definido por ninguna cualidad: la norma es la inexistencia de norma
[ 12 ] . De esta forma, el cambio se ha convertido en una invocación ritual prestigiosa, casi necesaria para cualquier actor social que pretenda llamar la atención, pero carente de toda teleología concreta. No querer cambiar, ser inmovilista, es el peor vicio en que puede incurrir el ciudadano actual. Pero el cambio que se le propone no posee un
telos, sino que es puro incremento.
Por otro lado, es cierto que la inseguridad y la sensación de riesgo ante el futuro se han incrementado en nuestras sociedades. Pero es muy exagerado hablar de un nivel de percepción del riesgo tan alto y absorbente que no tendría parangón en otra época alguna. Esta idea supone implícitamente que existió en algún momento del pasado una «edad de oro» en que los ciudadanos estaban sostenidos y guiados por sólidas ideas, valores y tradiciones, una edad que habría desaparecido por los errores de la modernidad
[ 13 ] . Una idea ésta que es tópicamente conservadora y, sobre todo, falsa.
De otra parte, resultan aleccionadoras unas ya antiguas observaciones de E. H. Carr
[ 14 ] sobre fenómenos que presentan curiosas similitudes con el contemporáneo: parece que hay una «ley de la historia» según la cual el grupo que desempeña el papel principal en el avance de la civilización en un período determinado no será probablemente el que desempeñe igual papel en el período siguiente porque estará demasiado imbuido de las tradiciones, intereses e ideologías del anterior. Por eso, escribía el historiador inglés, «casi todos los profetas de la decadencia, de la pérdida de sentido de la historia y de la muerte del progreso pertenecen al sector del mundo y a la clase social que han desempeñado triunfalmente un papel predominante en el avance de la civilización». Pasar de protagonista a espectador es una faena ruin que les hace la historia y por eso no la pueden ver como un proceso con sentido o mínimamente razonable
[ 15 ] . Si aplicamos estas saludables cautelas relativistas a nuestro momento, podría suceder que las ideas del fin del progreso y de la muerte del futuro fueran excesivamente eurocéntricas y estuvieran lejos de ser válidas para otras sociedades del mundo.