La sensación de aceleración del tiempo que experimentan las sociedades actuales produce efectos relevantes en la práctica de gobierno. La más interesante es que las democracias intentan llevar a cabo una ilusoria sincronización entre el gobierno y la sensación de urgencia social, dando lugar a las defectuosas «democracias aceleradas».
Se ha convertido ya en un lugar común la afirmación de que la relación del ser humano con el tiempo ha experimentado un profundo cambio en las sociedades occidentales, así como su derivada de que es precisamente ese cambio una de las causas últimas de fenómenos políticos tan característicos como la pérdida de confianza de los ciudadanos en sus dirigentes o el declive de la capacidad del Estado para intervenir eficazmente en la sociedad
[ 1 ] . Según la versión estándar del asunto, el cambio que se ha operado se descompone en varios aspectos: por un lado, en el hecho de que hoy ha desaparecido del imaginario social cualquier horizonte revolucionario o utópico que anteriormente hubiera existido. Y que en el lugar que ocupó ese horizonte encontramos en la actualidad una percepción generalizada del futuro como un tiempo de riesgo, no como tiempo de progreso. A lo que se añade, por otro lado, una intensa sensación social de que el tiempo y la historia se han acelerado últimamente
[ 2 ] . Todo ello sumado, provocaría entre otras cosas que las democracias estuvieran hoy afectadas por un culto obsesivo al presentismo y por la que podría denominarse como una auténtica dictadura del corto plazo.
Este trabajo intenta profundizar un poco en esta afirmación genérica de que el tiempo y su percepción social generalizada están provocando efectos empíricamente detectables en el funcionamiento de los sistemas políticos democráticos; pretende, en este sentido, concretar un poco más cómo opera esa relación entre el cambio en el tiempo percibido y la modificación del sistema político y proponer alguna hipótesis que sirva de descripción de un estado de cosas que sugerimos calificar como el de unas democracias aceleradas.
Antes de ello, sin embargo, conviene introducir algunas precisiones en el complejo magma de ideas que ronda en torno al tema de la percepción moderna del tiempo, pues se trata de un terreno en el que confluyen muchos puntos de vista diversos, procedentes tanto de la sociología como de la filosofía y de la historia, lo cual lo hace un tanto recargado y confuso.
Por un lado, la sociología contemporánea subraya comúnmente que la experiencia dominante entre los seres humanos que forman las sociedades occidentales es hoy en día la de una
temporalidad deshilvanada, es decir, que el presente es vivido como una experiencia débil y evanescente que se tambalea de un acontecimiento a otro, lo cual impide que las personas construyan su peripecia temporal como un relato continuo
[ 3 ] . Se ha generado, en esta dirección, una auténtica inflación de términos que caracterizan ese presente huidizo en el que nos sentimos vivir, coincidentes todos ellos en subrayar su debilidad: el presente sería efímero, volátil, fugitivo, líquido,
e cosi via... En cualquier caso, lo que resulta de este tipo de presente fugitivo es la imposibilidad para los ciudadanos de integrar su experiencia en un relato continuo, un relato con sentido, lo cual les hunde en un mar de incertidumbre y les lleva a percibir el futuro como un ámbito de riesgo. En una sociedad tal los ciudadanos prefieren un «presente diferente» a un «futuro mejor». En ella, no hay ya mercado interesado en adquirir proyectos a largo plazo de buena sociedad, tanto por la escasez de su oferta ideológica como por el desplome de su demanda. La sociedad moderna habría finalmente sustituido la futurología por el cálculo del riesgo y las pólizas de seguro.
Por otro lado, es también una constatación común la de que las terribles experiencias vividas el pasado siglo han hecho tambalearse la ingenua creencia ilustrada en el progreso como seguro futuro de la humanidad
[ 4 ] . A lo cual se ha sumado la implacable deconstrucción que el pensamiento posmoderno ha llevado a cabo sobre todos los grandes metarrelatos cargados de teoría histórico-normativa (sea el ilustrado, el marxista o el positivista). Todo junto ha hecho que se produzca un verdadero
colapso del futuro como tiempo creador de sentido. El ser humano habita en temporalidades diversas: por un lado, está el
tiempo breve del acontecimiento, la más caprichosa y engañosa de las duraciones, el tiempo de nuestra experiencia mundana. Pero, por otro, está el
tiempo largo, otro tiempo situado más allá de aquel en que se vive, que es el único capaz de crear sentido para el presente
[ 5 ] . Pues bien, el tiempo largo del futuro es el que habría colapsado tanto en el pensamiento como en el imaginario social contemporáneo, de manera que se estaría produciendo, como forma de compensación inconsciente, una vuelta o repliegue al pasado como instancia productora del necesario sentido para el vivir cotidiano.
Desde la interpretación filosófica de la historia se dice, a su vez, que estamos hoy asistiendo a los últimos momentos de la
aceleración de la historia que se inició en la Europa renacentista. Esta aceleración comenzó cuando la idea, originariamente religiosa, de una finalidad externa a la historia misma (el Apocalipsis del tiempo final) se secularizó transformada en una meta de paz y justicia que se realizaba dentro de la historia mundana. Fue esta incorporación de un fin inmanente al proceso histórico la que provocó lo que se ha conceptuado como aceleración de la historia (la «aceleración poscristiana»). Pues bien, habríamos llegado actualmente a una situación en que esa aceleración se ha saturado y ha surgido la disociación más absoluta entre experiencias y expectativas
[ 6 ] : resulta que el espacio de la experiencia se empobrece y el horizonte de expectativas se agota. Si hubo un tiempo en que las aceleraciones de la historia fueron saludadas con alborozo (como «locomotoras de la historia» las consideró Marx en su aparición como revoluciones), ahora viviríamos en una aceleración continua que pierde todos sus referentes y nos sume en un presente dilatado que se aparece como tiempo condensado
[ 7 ] .
Este entrecruzamiento de ideas, constataciones empíricas y reflexiones produce impresiones que, aunque en parte contradictorias, denotan la misma perplejidad ante el tiempo actual: «El futuro no es ya lo que era», dice D. Innerarity
[ 8 ] . Y en cambio M. Cruz sentencia: «El pasado no es ya lo que era»
[ 9 ] . Probablemente, es el tiempo mismo el que no es ya como era, o como pensamos que era.