Existen dos fenómenos que parecen explicar la casi nula relación entre felicidad y dinero: la adaptación o habituación y la comparación social: nos acostumbramos demasiado rápido al dinero y nos comparamos con personas más afortunadas. El hecho de que las personas nos acostumbremos rápida e inevitablemente a lo bueno se conoce como rueda de molino hedonista e implica que cuando se consigue un objetivo las expectativas aumentan y para seguir siendo felices necesitamos conseguir un nuevo objetivo, que a su vez quedará superado por uno nuevo cuando lo alcancemos.
Los fenómenos de comparación social han quedado demostrados en numerosos estudios. Los deportistas que ganan la medalla de bronce, por ejemplo, están más satisfechos que los que ganan la medalla de plata, porque los primeros se comparan con todos los deportistas que no ganaron medalla, mientras que los segundos lo hacen con el que ganó el oro.
El amor, entendido en el sentido amplio de las relaciones personales, es el único de los factores tradicionales que tiene importancia a la hora de ser feliz. Existe un claro componente social en la felicidad; la mayoría de las personas dice tener un estado anímico mucho más bajo cuando están solas que cuando están acompañadas. Las experiencias más positivas que las personas manifiestan suelen tener lugar cuando están con gente a la que quieren.
Ed Diener y Martin Seligman, dos investigadores de la Universidad de Pennsylvania, midieron los niveles de felicidad en una muestra de 222 personas. Tomaron al 10 por ciento más feliz y trataron de averiguar qué tenían estas personas que las diferenciaba de las escasa y medianamente felices. Encontraron una variable que sobresalía por encima de todas las demás: las buenas relaciones con otras personas. Las personas muy felices tenían una vida social rica y satisfactoria; pasaban menos tiempo solas y compartían gran parte de su tiempo con amigos y familiares.
Muchos estudios han demostrado que el matrimonio guarda una estrecha relación con la felicidad, aunque no es el matrimonio en sí, sino un matrimonio feliz el que condiciona la satisfacción con la vida. Los matrimonios infelices son causa importante de malestar y los niveles de felicidad en estos casos son inferiores a las personas solteras o divorciadas. Lo que importa es la calidad de la relación afectiva.
Aunque fuéramos capaces de modificar todas las circunstancias externas de nuestra vida no notaríamos un gran cambio, pues juntas probablemente no supongan más del 8-15 por ciento de variación en el nivel de felicidad. Parece que, en general, las circunstancias externas no son demasiado importantes a la hora de alcanzar la felicidad, y que debemos buscarla en otro sitio, pero ¿dónde? En nuestro interior, en ese conjunto de circunstancias o variables internas que podemos controlar de forma voluntaria. Este es el factor que más poder explicativo presenta en relación con la felicidad: las variables internas o psicológicas, es decir, nuestra personalidad.
Dentro de las variables psicológicas que parecen relacionarse con la felicidad, hay una, la extroversión-introversión, que se muestra consistente en diferentes estudios y para diferentes países y culturas. Las personas extravertidas tienden a reírse y divertirse con más frecuencia y se sienten más felices que las introvertidas en muy diversas circunstancias y situaciones. Se ha demostrado que incluso las personas introvertidas son más felices cuando actúan de manera extrovertida. En su estudio, William Fleeson, de la Universidad Wake Forest, descubrió que todos los participantes (fueran extrovertidos o introvertidos) decían sentirse más felices cuando adoptaban patrones de comportamiento extrovertido. Estos resultados revelan que las personas tienen la capacidad de aumentar sus niveles de felicidad simplemente cambiando su forma de comportarse; no importa si una persona es tímida por naturaleza, puede esforzarse por tener conductas extrovertidas y aumentar así su felicidad. Como todos los rasgos de personalidad, la extroversión-introversión depende de la herencia genética y del aprendizaje temprano, sin embargo, las personas no están constreñidas a comportarse siempre de la misma manera en función de su personalidad. Lo que importa no es el rasgo de personalidad, ser o no ser extrovertido, sino comportarse de forma extrovertida.
Además del conjunto de factores externos e internos que inciden en la felicidad, no hay que olvidar el peso de la genética. Existe un rasgo de personalidad, la afectividad positiva, que es en gran medida hereditario y se mantiene relativamente invariable a lo largo de la vida. Aproximadamente la mitad de la puntuación de una persona en los test de felicidad está relacionada con el resultado que obtendrían sus padres biológicos en caso de que también hubieran respondido a ese cuestionario. La afectividad positiva determina un rango fijo de la felicidad que hace que sea poco probable que una persona cambie su nivel de felicidad de forma drástica. Sin embargo, es posible aprender a vivir en el extremo superior del rango de afectividad positiva, es decir, aprender a ser lo más feliz que permite nuestra herencia genética.
Se han derramado ríos de tinta tratando de encontrar la fórmula que, de una vez por todas, conduzca al ser humano hasta la felicidad, pero hasta la fecha ninguno de estos intentos ha tenido éxito. Lejos de tratarse de una receta mágica, si pudiéramos embutir la felicidad en una ecuación matemática, podría quedar enunciada de la siguiente manera: F = R + C + V donde F es el nivel de felicidad duradera, R es el rango fijo, que implica la importancia demostrada en las últimas décadas de la herencia genética, C se refiere a las circunstancias externas que rodean al individuo, y V representa las variables internas o de personalidad.