A todas las personas que he entrevistado les he preguntado por qué una mujer se dedica a la prostitución. Todas me han dicho que por necesidades económicas. "Ninguna te dirá que lo hace por gusto", me dijo Blanca, una prostituta de 65 años. Las posibilidades laborales de una mujer inmigrante irregular -y la mayoría de las prostitutas lo son- están muy limitadas. Más allá del servicio doméstico de todo tipo, hay pocas oportunidades. La prostitución ofrece más dinero y un horario laboral compatible, por ejemplo, con hijos pequeños. La prostitución implicaría por tanto la decisión de la mujer que la ejerce, entre las pocas posibilidades que tiene a mano. Este es el argumento más repetido entre las mujeres que aspiran a la legalización: si una mujer decide ser menos pobre y quiere utilizar para ello sus "facultades sexuales", no debemos prohibírselo, sino ayudarla, dicen.
Mercè Meroño, coordinadora del servicio Àmbit Dona de la ong Àmbit Prevenció, cree que "es una decisión; de las cosas que puedes hacer, escoges esa. No estamos en una situación ideal y gracias a un trabajo como ese se puede tirar adelante una familia; es una vía de autonomía para muchas mujeres". Por ello, para Meroño se trata de un trabajo más: "Si quitamos la paja, qué queda: un acuerdo entre dos personas adultas".
Lourdes Perramon es una religiosa de la orden de las Oblatas que dirige el centro El lugar de la mujer en el barrio del Raval de Barcelona. Es uno de los testimonios más impresionantes que he recogido: "No es cuestión de corroborar una teoría -dice Perramon. La sociedad es compleja y es difícil elaborar una sola teoría. Hay que dar apoyo a todas, tanto a las que lo quieren dejar como a las que quieren continuar". Las prostitutas que acoge Perramon utilizan el verbo "trabajar" con naturalidad: "Voy a trabajar", dicen, con lo que así ellas deben verlo. Otras ven su labor como algo más que sexo: "Hacemos de psicólogas", le dicen a Perramon. Unas de las prostitutas con quien he hablado, Blanca, dice: "Les tenemos que escuchar a los clientes sus cosas personales, sus vivencias. Yo les digo lo que haría en mi caso. Les vas conociendo cada vez más [se refería a clientes asiduos]. A lo mejor es algo que no se lo comentan ni al vecino. El acto sexual es a veces lo que menos importa".
¿Pero la prostitución es un trabajo como cualquier otro? Esta es la pregunta más difícil que deben responder las partidarias de la legalización. "No lo es, dice Lourdes Perramon. Es más difícil separar el ámbito personal del trabajo. Quien no es capaz de distinguir se ‘siente sucia'. Quien en cambio distingue, pues muy bien: hacen un papel y se quedan tan tranquilas. Depende de la manera de ser, de los valores, de las creencias".
Las connotaciones de la palabra "puta" como insulto gravísimo para una mujer perjudican sin duda las aspiraciones sociales de las mujeres que se dedican a la prostitución: "El peor insulto para una mujer es ‘puta'; para un hombre es ‘hijo de puta'. Este es el trasfondo que funciona. Con ‘maricón' hemos cambiado el chip. Con puta hay que hacer lo mismo", cree Perramon. Sin ánimo de comparar, el cambio de actitud social ante la comunidad gay es algo que he oído a menudo. Dice por ejemplo Blanca: "No aceptan a las trabajadoras sexuales de toda la vida y en cambio se aceptan los matrimonios de gays y lesbianas y les dan derechos que no tenemos nosotras. Somos muy modernos para aceptar esto, pero prehistóricos y falsos a la hora de aceptar el trabajo sexual como algo normal".
Por todo esto, el estigma que lleva encima una prostituta es enorme. Nos cuesta imaginar cómo una persona que se dedica a eso pueda tener aparte su vida personal. Isabel Holgado es antropóloga y coordina la ong Licit: "¿Quién es la guapa que se saca el estigma y va al INEM y dice que trabaja de prostituta?" Por esto y por el gran número de inmigrantes sin papeles que hacen de prostitutas, el proceso de legalización de este trabajo en Alemania y Holanda ha tenido "escasísima respuesta", según Holgado. "Como dicen ellas, hay que tener familias muy pequeñas para decir por ahí que trabajas de esto".
La legalización ofrecería, además de derechos laborales y sociales a todas las prostitutas que lo desearan, sobre todo un camino para mejorar la imagen de las personas que se dedican a ello. ¿Pero seguiría siendo algo indigno? "¿Quién es nadie para decirles qué es indigno? ¿Qué es la dignidad de la mujer? ¿La pobreza, vivir mal toda la vida, es digno?"
No es un trabajo
Los partidarios de la postura contraria apuestan por encaminarse hacia la desaparición de la prostitución. Lourdes Muñoz es diputada del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados y forma parte de la Ponencia que ha oído decenas de charlas sobre expertos en prostitución. A finales de septiembre debe presentar sus conclusiones. A la pregunta de Isabel Holgado si es más indigna la prostitución o la pobreza, Muñoz responde con otra pregunta: "¿Nuestro modelo de país es que la pobreza se resuelva con prostitución? Es una profesión degradante y sería mejor que se dedicaran a algo más digno". Precisamente, otras actividades íntimas con las que las personas pobres podrían comerciar están prohibidas: "Para que la gente desafortunada no deba hacerlo, no se puede comerciar con óvulos, órganos, úteros de alquiler".
Los argumentos de los partidarios de avanzar hacia la desaparición son teóricos, con argumentos de proyección internacional. El Protocolo de Palermo contra las mafias de la inmigración, que España ha firmado, es uno de los más citados. Ahí se dice que la necesidad económica de una persona se considera ya como algo que obliga a prostituirse. Así, la suma de mujeres que se dedican a la prostitución obligadas por mafias más las que lo hacen obligadas por sus necesidades económicas, suma un 95 por ciento. Así queda uno de los grandes argumentos de este lado: "Un 95 por ciento de las personas que se prostituyen lo hacen forzadas".
El segundo gran argumento de este bando es que la prostitución es un trabajo indigno. La escritora y periodista Gemma Lienas se pregunta en su libro: "¿Qué haríamos si una hija nuestra a los 18 años nos dice que quiere ser prostituta? ¿Si es un trabajo como otro, cómo le diremos que no puede ser?"
Uno de los modelos para quienes preferirían ver desaparecer la prostitución es Suecia. Allí se ha optado por la abolición de este oficio mediante la penalización de los clientes. Así disminuye la demanda sin hacer sufrir más a las más indefensas. Sin embargo, Lourdes Muñoz reclama "nuestro propio modelo". En España, según el Instituto Nacional de Estadística, el 27 por ciento de los hombres entre 18 y 49 años reconocen que han ido con prostitutas alguna vez en su vida. Serían quizá muchos nuevos delincuentes.
El modelo que se propone desde el Partido Socialista es un plan con tres puntos básicos: primero, más medios policiales y judiciales para luchar contra el tráfico de mujeres. Segundo, un plan de reinserción para las mujeres que quieran dejar esta práctica (en Italia dan una renda temporal de reinserción y a las sin papeles se les conceden los papeles unos meses para que busquen un nuevo trabajo legal). Y tercero, atacar la demanda: una campaña para disminuir la demanda desde las escuelas. "Hay que cambiar la actitud de los varones jóvenes", dice Muñoz. El perfil de cliente cambia de hombre casado de 40 a 60 años a jóvenes de 20 o 25, que ven la prostitución como una oferta de ocio nocturno más.