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El Ciervo 666-667 El Ciervo

¿La prostitución es un trabajo?

por Jordi Pérez Colomé
El Ciervo nº 666-667, Septiembre / Octubre 2006

Número de páginas: 2
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Desde abril a julio, una Ponencia sobre ‘la prostitución en nuestro país' de la Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer y de Igualdad de Oportunidades del Congreso de los Diputados ha escuchado a multitud de expertos en prostitución. En las próximas semanas publicará sus conclusiones. Jordi Pérez Colomé plantea en un reportaje las principales opciones sobre la prostitución, que podrían resumirse en legalización o abolición.
Beatriz me recibe en su piso y me lleva al salón. Hoy es sábado y no ha tenido ningún cliente. Beatriz es una negra brasileña que tiene otros dos nombres. Uno es su nombre real, Juan -Beatriz es travesti-, y el otro es Sara, que utiliza en su trabajo y con el que se anuncia, como travesti, en El Periódico. (Beatriz es el único nombre verdadero de los tres que utilizo.)
Beatriz tiene este piso donde vive y trabaja entre semana, y otro que es su casa y en el que pasa los domingos. Los dos son de alquiler y paga por ellos más de 1.500 euros. Beatriz convivió con un italiano durante unos quince años -"casada", dice ella, aunque dos hombres no pudieran hacerlo entonces- que murió el año pasado de repente. Tenían su empresa y a ella se dedicaban en cuerpo y alma. Para recuperarse anímica y económicamente, Beatriz volvió a la prostitución, que ya había practicado en Brasil cuando se fue de casa y aún era menor de edad. Beatriz es una piadosa creyente y recuerda cada mes a su marido con una misa en una iglesia de las Ramblas de Barcelona. Le pregunto cómo va a tratar con el párroco y a las misas, y me dice que como Juan, vestida de hombre.
Cuando Beatriz cuenta estas cosas es una persona normal que explica sus problemas. Pero cuando habla de Sara lo hace con una voz más dulce y habla de ella en tercera persona: "Sara tiene 27 años, siempre tiene 27 años" (Juan tiene algunos más). Sara es un personaje bien definido: "Cuando me pongo la peluca, la minifalda y me maquillo soy Sara, que es una pobre inmigrante sin papeles e indefensa. Cuando le abro la puerta a un cliente le doy un besito en la mejilla -el besito es muy importante-, les gusta mucho encontrarse con una jovencita humilde y sin recursos". Beatriz ríe a carcajadas mientras me explica cómo es Sara con los clientes. Para redondear el personaje, Beatriz se ha inventado a "la gorda", que sería la propietaria del meublé y explotadora, a la que Sara le daría todo el dinero que gana. Así saca también alguna propinita: "Toma estos 20 euros para ti, escóndetelos", le dice algún cliente. "Sí, mi amoorrr", contesta Sara. Beatriz, cuando habla como Sara, acentúa su ya fuerte tono brasileño y lo saltea con expresiones como "claro cariño" o "sí mi amor". Compruebo todo esto cuando le llama un cliente y le dice que ahora no puede hablar porque "hoy es el cumpleaños de la gorda" y tiene que estar con ella. Cuelga el teléfono -"adiós, cariño"- y ríe. Aprovecha que tiene el móvil en la mano para enseñarme unos mensajes escritos que le envían algunos clientes. "¡Mira este qué dice!" Nos reímos un rato con las invenciones atrevidas y un poco toscas de los interesados.
EL CLUB y la calle
Beatriz trabaja por su cuenta, en su casa y consigue los clientes a través de los anuncios clasificados del periódico y de una página web. Este es un tipo de prostitución selecto, casi el más selecto. Los dos modelos en cambio más comunes son el club y la calle. Ambos tienen sus ventajas e inconvenientes. En los clubes hay más seguridad para las chicas -aunque si surge algún problema parece que el propietario suele ponerse de parte del cliente. Los inconvenientes son que las chicas no pueden negarse a nada y que deben compartir sus beneficios con el jefe. Por lo que parece, sin embargo, el trabajo en los clubes depende en buena medida del carácter y rigidez del dueño.
La calle tiene en cambio el peligro de la falta de zonas adecuadas y de la seguridad: robos, violaciones, agresiones. Las ventajas son obtener ingresos por cuenta propia, sin horarios ni obligaciones impuestas.
Estas son las dos grandes modalidades de prostitución. El caso de Beatriz es pues especial. Beatriz, en cambio, sí que está en la mayoría en cuanto a su origen: el 90 por ciento de mujeres que ejercen la prostitución en España son inmigrantes. Según la Guardia civil, la mayoría son de Europa del este, seguidas de las latinoamericanas y africanas.
Las estadísticas en el mundo de la prostitución son siempre aproximadas y dependen mucho de quién te las dé. Hay pocas fiables. Casi todas las personas con las que he hablado coinciden sin embargo en que la inmensa mayoría de prostitutas son extranjeras. La aparición de prostitutas extranjeras es reciente, desde hace unos diez años. Y en estos diez años las nacionalidades han cambiado mucho. La gente de Barcelona que trabaja sobre el terreno, cuando les preguntaba por los países de origen, hacían variar su respuesta por meses, como si llegaran con cupos: "En los últimos meses ha aparecido incluso un grupo de chinas", me dijo una.
Otro de los grandes enigmas en prostitución es averiguar cuántas prostitutas lo hacen forzadas. La prostitución obligada, ya sea porque las chicas vienen engañadas o porque directamente se las obliga, está ya penada en nuestra legislación. La policía tiene los medios para perseguir a los culpables. En la práctica, sin embargo, no es tan fácil. Nadie delata a los traficantes porque las chicas temen las represalias contra sus familias en su país y a los policías les cuesta reunir las pruebas para actuar de oficio. Este tipo de prostitución no es por tanto prostitución, sino que se acerca al esclavismo, y por ello este reportaje no hablará de ella. Este es sin embargo uno de los grandes argumentos de las partidarias de la abolición de la prostitución: si no existiera la prostitución, dicen, tampoco existiría la prostitución forzada, dicen. Aunque intentar abolir la prostitución, no significa siempre conseguirlo.
Un mundo dividido
Entre las organizaciones que se dedican a ayudar o estudiar a las prostitutas, hay dos grupos muy bien definidos: las que apuestan por la legalización de la prostitución y que se convierta en un trabajo cualquiera, y las que preferirían verla abolida. Cuando iba a entrevistar a alguien, ya sabía de qué lado estaba. A menudo, sólo la mención del nombre de una mujer -y digo "mujer" porque todas las personas con las que he hablado lo son- del bando opuesto ya provocaba sonrisas socarronas. Es una distinción profunda. Yo hablé sólo con mujeres de Barcelona, pero me dejaron claro que la distinción valía para toda España. El profesor de Derecho Fernando Rey dijo en la Ponencia sobre la prostitución del Congreso que el feminismo español estaba inmerso en una "guerra de trincheras conceptual".
En el bando partidario de la legalización predominan las personas que trabajan con prostitutas sobre el terreno, que les buscan soluciones y que comparten sus problemas. El grupo que prefiere la abolición presenta un discurso más teórico, basado en citar listas de derechos humanos y tratados internacionales. Es quizá la diferencia más sorprendente. Le pregunté a Gemma Lienas, autora del libro Quiero ser puta (Península), que aboga por la abolición de la prostitución, por qué no había incluido ningún testimonio de prostitutas en su obra: "Porque lo encuentro, cómo te lo diría, sensacionalista", me dijo. A continuación, sin embargo, me contó el caso de una prostituta que lo había pasado muy mal. Debo decir que todas las prostitutas con las que hablé -incluida Beatriz- me las proporcionaron las mujeres del bando favorable a la legalización. Pero también debo reconocer que desde el otro bando me citaron en poquísimos casos las palabras de las interesadas, y en algún caso me advirtieron con razón y celosamente sobre el tipo de testimonio que me podían ofrecer las prostitutas con las que me habían puesto en contacto desde el otro grupo.
Sí es un trabajo
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