De mi experiencia de la humildad radical de Llorenç da fe algo que un buen día, habiendo yo ya vuelto a Barcelona desde Inglaterra, y siendo él catedrático en la Universidad Autónoma (incongruentemente, de catedrático Llorenç no tenía nada; de maestro, todo) me llama y me pide que componga un prólogo a un libro suyo. Uno de los mejores que ha escrito. Todavía me dura el estupor. ¿Quién soy yo, su aprendiz, su laico discípulo, para prologar un libro suyo? No hay quien lo entienda. Él encantado, enseñándoselo a los amigos y diciendo que había "conseguido" un prólogo mío. Creo que hasta a Roser así se lo dijo. Si no se lo creen, lean su libro Teoría de los géneros periodísticos.
ALEGRÍA, NO TRISTEZA
Lorenzo fue uno de los grandes forjadores del diálogo en un país traumatizado, huérfano de él. Primero, dentro de la esfera democrática, entre diversas interpretaciones ideológicas, creyentes o no, fieles o infieles; simultáneamente, entre la izquierda eclesial y la más conservadora vaticanista; luego, entre Cataluña y España: El Ciervo es una gran revista en castellano publicada en Barcelona, con un gran contingente catalán y distribución internacional. Para colmo, es una revista de poesía, dirigida por el gran poeta de lo sencillo que era Lorenzo. Hace leer la lírica y amarla a quienes jamás la leen. En suma, Lorenzo impuso la mesura, la sensatez, el buen talante hasta contra los hijos de la ira.
Los golpes secos sobre el ladrillo del diestro enterrador retumbaban en nuestro corazón el otro día, mientras desaparecía el ataúd con un ramo de olivo encima, el más bello de los árboles de la creación. El aire fino y frío del Montseny y una campana del pueblo en la iglesia de Viladrau hablaban al unísono de la brevedad de la vida y de la permanencia de lo permanente. Llorenç, a algunos nos invadió la alegría. La alegría, no la tristeza, por la dicha de haberte tenido al lado tanto tiempo. Por la fortuna de haber compartido contigo algunos girones de vida, algunas esperanzas de fraternidad con los humillados y los ofendidos de la tierra. Llorenç, nos hiciste algo mejores. Nunca te diste cuenta. El hombre bueno sabe muchas cosas. Pero nunca sabe del todo que lo es. Aquí nos quedamos ahora los demás un breve tiempo: dinos por favor si lo hacemos medianamente bien. Dínos, Llorenç hermano, cómo hacerlo menos mal.