Etnia intenta crear centros de formación en parques tecnológicos para que empresas occidentales puedan instalarse en África y encuentren a gente formada e infraestructura. Etnia se autofinancia gracias a su estructura empresarial. Una vez los centros instalados en cada país, será la gente de allí quien los dirija: "Hay que hacer proyectos que se autoalimenten, que crezcan. También hay que pensar en las necesidades para cada país. No podemos calcar el plan de Camerún para Costa de Marfil".
Etnia es una propuesta cautivadora, pero está pensada para que dé frutos en unos años y en algunas regiones. Le pregunto por la inmigración actual: "Es un problema muy complejo, amigo mío. Si no formas a la gente, no les das un mecanismo de realización. Los africanos salen porque el instinto se lo pide. Imagínate cómo si no puedes llegar desde Camerún hasta Marruecos. No sé si has mirado el mapa, pero hay un montón de países y unas distancias enormes. Tienen que dejarse mucho dinero, sin contar las posibilidades de dejarse la vida y las noches que pasan pensando sobre ello, en conciencia. Son gente que, para empezar a moverse, está desesperada".
¿Es la valla una solución? "Yo entiendo que tiene que haber fronteras. Aquí en Europa nos hemos olvidado un poco de las fronteras, pero los africanos necesitamos visados para ir de un país africano a otro. Cada país tiene sus leyes y me parece bien. Pero la animalada que pasó en octubre, es demasiado". ¿Alguna solución? "La inmigración debe estar regulada. Y el mejor sitio para hacerlo es en los países de origen, con nuestras embajadas." (Parfait cuando habla de las embajadas o del gobierno de España, dice siempre "nuestras" o "nuestro".) Esta solución de las embajadas y los visados es la que me han dado africanos y españoles para mejorar la llegada de inmigrantes.
A Parfait le pregunto si tiene alguna otra solución rápida para África: "Profesionalizar las ONG", dice. "Se les tienen que pedir resultados. No podemos dar dinero pensando que están resolviendo la vida de esta gente y no pedir resultados. Quizá sea porque uno se sienta mejor dando sin pedir consecuencias. Es obvio que las ONG no hacen bien su trabajo, porque con todo el dinero que manejan, la situación tendría que haber empezado a cambiar hace tiempo". Le digo que si publicamos esto habrá gente a quien no le gustará. Pero continúa: "¿Por qué alguien de aquí tiene que ir a África un mes y resolver un problema? Lo mejor es que eduquen africanos. Las ONG hacen proyectos puntuales. Ponen un pozo mecánico y cuando se estropea ¡lo cambian por uno manual! La clave es formar la gente de allí." Parfait está muy convencido.
Mejor ayer que hoy
Joey me convoca para la reunión de la ejecutiva de la Asociación de Ghaneses de Barcelona, que celebran los jueves por la noche: "Así verás lo que decimos todos". El día que voy acuden tres miembros de la junta: Joey -que es el vicepresidente-, el tesorero y la secretaria. La reunión tiene que celebrarse en un centro cívico de un barrio de Barcelona, pero todas las salas están ocupadas por otras asociaciones. Así que nos vamos a la tienda del tesorero, donde vende productos "africanos y catalanes", según un cartel.
El tesorero lleva 23 años en Barcelona, Joey, 16, y la secretaria, unos 10. Tanto el contable como Joey están casados con españolas, pero todos quieren volver algún día a Ghana, que se ve que es un país próspero: "Hay muchos españoles viviendo en Ghana", aseguran orgullosos.
Los tres entraron con visados concedidos por la embajada -el tesorero vino de Holanda-, sin riesgos. Al principio, encontraron un poco de racismo. Joey, por ejemplo, trabajaba en un gimnasio: "A los españoles no os gusta trabajar, os gusta disfrutar. Yo hacía mi trabajo mejor y más rápido que mis compañeros y me decían que me fuera a mi país. Había muy pocos negros aquí".
En Barcelona hay apenas 200 ghaneses, pero en Vic -ciudad a 70 kilómetros de Barcelona con una potente industria cárnica- hay una comunidad de unos 1.000, de llegada más reciente. Joey los conoce: "Muchos lo pasan mal; esto no es el paraíso que esperaban".
Con su experiencia, les pido si recomendarían a un familiar suyo que viniera a España sin visado, saltando desde Marruecos. Los tres coinciden en que si tienes un poco de dinero y puedes montar un pequeño negocio es mejor quedarte en Ghana. Y los que vengan, que lo hagan sólo para buscar ese capital inicial. Uno apunta que la mejor solución es que la embajada española dé más visados en origen. Pero la secretaria pone reparos: "Aunque den 100 visados siempre habrá más que quieran entrar".
Acuerdan que la mejor manera de venir es la agrupación familiar. Me hablan del caso de un compañero que hacía poco había pagado 4.000 dólares para que una agencia ghanesa consiguiera un visado de agrupación en la embajada española. Este visado se consigue sólo con el dinero y un billete de avión de ida y vuelta. Esto de la agencia y los 4.000 dólares suena a poco legal. Se lo pregunto, pero levantan los hombros, sonríen y callan. Una vez aquí el pariente, se queda. El billete de avión de vuelta lo pierde. "Lo importante es entrar", confirman. "Una vez aquí ya te buscas la vida". Por lo que veo, todos los emigrantes que se "buscan la vida" conocen los entresijos de las leyes de inmigración mejor que nadie.
Hablan también de las célebres mafias con naturalidad. Dicen que les comen el coco a los que quieren venir. De los acontecimientos de la valla, dicen que el único problema fue que querían saltar muchos de golpe, y que ahí se equivocaron.
Me intereso por lo que creen de la labor de las ONG. El vicepresidente me dice: "Mira, yo tengo 50 años. Cuando era muy pequeño, en Ghana y en Costa de Marfil había fábricas de dos grandes ONG -son dos entidades que todos conocemos, pero no voy a poner el nombre aquí porque no tengo modo de comprobarlo- de donde entraban y salían hombres blancos continuamente. Como mucho, trabajaban ahí una docena de negros. ¿Cómo van a ayudar a un país de 20 millones de personas como Ghana?" ¿Y nunca entrasteis a ver qué hacían? "Qué va. Nadie se atrevía".
Acabamos hablando de sus familias. Todos descienden de familias hipernumerosas: uno son catorce hermanos -de padre polígamo-, otra nueve y otro "sólo" cinco. ¿No será tanta gente un problema para la economía? No. "En Ghana o tienes al menos cinco hijos o no eres nadie". Para que una mujer sea respetada, tiene que haber pasado por muchos partos: "Así sabe qué es sufrir y entiende mejor la vida". Un hombre que se pretenda tal no puede serlo sin al menos cinco hijos. Les pregunto por qué. No lo saben, pero es así. De hecho, la secretaria tiene sólo tres, pero ha tenido dos abortos -uno de gemelos: "Entonces fue cuando dije basta. Ya he cumplido." Y es muy respetada, al menos por sus compañeros de junta.
Cabo Verde va bien
En el monasterio de Poblet estudian cuatro novicios caboverdianos. Que les fuera a encontrar un periodista de Barcelona, les pareció extraño. Pero cuando empecé a preguntarles por los problemas de África parecía que aquello no iba con ellos: "Cabo Verde va bien", se defendían. De hecho, un día los cuatro novicios -que se llaman Adilson, Fernando, Bemvindo y Lizito- fueron a recoger manzanas a una finca cercana al monasterio. Para ayudar. Parece que alguien preguntó quiénes eran aquellos jóvenes -tienen todos unos 20 años. Y un hombre contestó de buena fe: "Son africanos". Uno de ellos lo oyó y ahora lo cuenta irritado: "No somos africanos. ¡Somos caboverdianos!" Y es que con la mitad de la población emigrada, con una buena relación con Portugal -la ex metrópoli- y con apenas conflictos étnicos, Cabo Verde resulta un lugar africano privilegiado: "En Cabo Verde no se refleja mucho la imagen de África", cuenta Lizito, que es el más joven y el que más ganas tiene de hablar.