Durante unos días del mes de octubre, varios centenares de inmigrantes subsaharianos intentaron saltar la valla que separa Marruecos de Ceuta y Melilla. La desesperación del intento hizo que nos preguntáramos por qué ocurría eso y si había alguna solución para al menos impedir las muertes en la frontera. Los inmigrantes eran subsaharianos, así que hemos hablado con personas de esa región para conocer su opinión. También hemos consultado con algunos expertos en inmigración españoles. La secretaria de Inmigración de la Generalitat, Adela Ros, ha respondido también a nuestras preguntas.
Para hacer este reportaje he hablado con un director de cine senegalés, un ingeniero beninés, cuatro novicios caboverdianos, el comité de dirección de una asociación de ghaneses y una enfermera guineana. Cada cual me ha dado su opinión sobre el futuro de sus países y la inmigración africana. Todos han coincidido en dos cosas. Primero, prefieren que no se hable de África como de un único lugar: cada país tiene sus características y aunque para nosotros sean difíciles de distinguir, para ellos son esenciales. Segundo, les disgusta que sólo sintamos pena de los africanos. Antes que compasión, se decantan por el respeto. No quieren tanto nuestra caridad -el que recibe caridad siempre queda en una posición inferior- como un trato de tú a tú. Por estos dos motivos he empezado este reportaje especificando los países de origen de cada uno de los que ha hablado conmigo. A continuación, los matices de sus opiniones y sus esperanzas.
De pobrecitos, nada
Cuando le dije al director de cine senegalés Moussa Touré que quería entrevistarle porque preparaba un reportaje sobre inmigración y África, me miró extrañado: "¿Ya serás capaz? No es tan fácil escribir sobre toda África", parecía querer decirme. Entonces le hice la primera pregunta, sobre si estaba de acuerdo con lo que me había dicho otro africano:
-¿De qué país era? -respondió. No era, claro, de Senegal, así que lo que había dicho el otro africano no le servía.
Moussa acaba de rodar un documental sobre la inmigración maliana en un pueblo cerca de Barcelona. El mismo Moussa hacía las preguntas mientras filmaba: "Tienes que saber cómo son los malianos para saber qué tienes que preguntarles. Por ejemplo, ellos me decían que los catalanes son cerrados; pero yo les contestaba: ‘También los malianos sois los más cerrados de África del Oeste'. Y ellos lo admitían. Así es como puedes averiguar algo. No es tan sencillo". Moussa me recita a continuación una detallada lista de los caracteres de cameruneses, senegaleses, malianos o nigerianos, que no anoto y ahora no recuerdo.
Moussa Touré es alto, recio y lleva un gorrito de colores, que le da un toque musulmán, su religión. Le pregunto si cuando un senegalés sale de su casa para venir a Europa sabe que se juega la vida en la travesía: "Cuando uno emigra sabe que puede morir. Pero se van para sobrevivir. ¿Sabes qué es sobrevivir? Cuando uno tiene hambre, cuando necesita dinero, y sabe que el dinero está allí, va hacia allí, no hay otro remedio. Haya los riesgos que haya". Esta necesidad hará que siempre haya inmigración: "Yo lo he preguntado en mi documental y tanto gente de aquí como los malianos me han dicho que nada detendrá la emigración. Los políticos hacen como si pudieran pararla, pero el pueblo sabe que es imposible".
Lamento entonces en voz alta el destino trágico de los senegaleses, que deben arriesgarse tanto para conseguir mejorar. Pero a Moussa no le gusta que diga "pobres senegaleses". Él vive en Dakar con su familia y no lo cambiaría: "Cuando llevo unos días en Europa, ya quiero irme. Aquí la gente se preocupa demasiado". (Todos los africanos con los que he hablado -sin excepción- quieren volver algún día a sus países, y algunos llevan 20 o 30 años aquí.) Moussa dice que ellos están mal, sí, pero aquí tampoco podemos presumir: "Nosotros los africanos nos tenemos que apañar. Sabemos que hay gente más fuerte que nosotros, que pone vallas más altas para que no pasemos. Pero los españoles tenéis a Estados Unidos, que os pone problemas". Quizá exagera, le digo: un español no se juega la vida cuando va a Estados Unidos. Se pone serio: "Está bien, no te la juegas, pero un español tiene ya el hábito de circular libremente, sin barreras, lo lleváis en lo huesos, así que si un día te paran, te hierve la sangre. Cuando tienes tanta libertad, sólo que te quiten un poco, es como si te mataran."
A Moussa le disgusta que miremos con pena a sus compatriotas: "Yo digo a menudo que está bien mirar a los demás, pero miraros vosotros también. Déjanos hablar de ti. Un africano puede decir: ‘Está bien, vosotros me miráis saltar la valla, es triste; pero ahora yo os voy a decir algo: id a Estados Unidos y veréis cómo os cachean en la frontera'. De acuerdo, con eso no arriesgas tu vida, pero cuando te tocan tu libertad es como si lo hicieran. Puede darte pesadillas".
La formación es la clave
El ingeniero beninés Parfait Atchadé lleva seis años en España. Dirige Etnia, que es una empresa con sede en Barcelona cuyo objetivo es crear centros de formación técnica en África. Parfait nació en Benín hace 31 años y creció en Camerún. Estudió en La Salle -"mereció la pena, allí el sistema educativo es más estricto que aquí"- y luego pudo ir a Canadá y España, donde tuvo que repetir sus estudios por falta de convalidación.
Para Parfait, el mayor problema de África es el desorden, la falta de organización. Y el segundo, la formación. Estos dos grandes problemas hacen que el fatalismo esté instalado en África. "Hemos heredado bastantes cosas que no están en función de nuestras necesidades. Imagínate que a una abuela que siempre ha bailado la sardana, llegan un día y le hacen bailar funky. Y no le explican por qué. Vivimos en África con un proyecto que no sentimos nuestro". Pone otro ejemplo: "No es que el sistema sea malo, es que no está adaptado a las necesidades de África. En España, en verano, nadie trabaja. ¡Pero es que en África siempre es verano! Tenemos que sentarnos para pensar. No es tan sencillo arreglarlo".
Quizá, le sugiero, el dinero que llega desde Occidente y los famosos Objetivos del Milenio de Naciones Unidas para eliminar la pobreza puedan ser un camino: "Más que en el Milenio, creo en la persona. No se cumplirán nunca esos Objetivos. Fíjate cuántos años llevamos hablando del 0,1, del 0,2 o del 0,7 por ciento de cooperación. La política nunca va a hacer nada. La política es una bestia. Hay que olvidarse un poco de ella y ponerse a andar, porque el camino será largo". Está claro que los dirigentes africanos tampoco ayudan: "Son peones de Occidente y además son nuevos ricos, que son los peores. Y tienen todo el dinero aquí. Y desde aquí, como si no lo supiéramos, pedimos democracias para África: ¿cómo vamos a instaurar democracias con las tasas de analfabetismo que tenemos?".
A pesar de estas quejas razonadas, Parfait es partidario de olvidarse del pasado y ponerse a trabajar: "Creo que ha llegado el momento de dejar de observar y analizar el pasado. Tenemos que empezar de nuevo". ¿Cómo? Parfait cree mucho en su proyecto, Etnia (www.etnia.org), y parece que con motivos. Para explicarlo pone un ejemplo de cómo se hacen las cosas hoy. "Camerún necesita una carretera del norte, donde están las minas, al sur, la costa. Muy bien. Pedimos dinero al Banco Mundial y se construye la carretera. Pero cuando se termina, el 99,9 por ciento de los que han llevado a cabo el proyecto se vuelven a Occidente."