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El Ciervo 647 El Ciervo

Mi episodio favorito del Quijote

por VVAA
El Ciervo nº 647, febrero 2005

Número de páginas: 4
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El buen caballero andante
Gustavo Martín Garzo
Escritor
Uno de mis pasajes preferidos del Quijote es el de Sierra Morena. Don Quijote decide imitar a caballeros como Amadís y Orlando que, enloquecidos por los celos, dieron en las mayores locuras y, después de desnudarse casi por completo, se pone a dar saltos y cabriolas por las peñas. Y Sancho le dice:
"-Paréceme a mí que los caballeros que lo tal ficieron fueron provocados y tuvieron causa de hacer esas necedades y penitencias; pero vuestra merced ¿qué causa tienen para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?
-Ahí está el punto -respondió don Quijote- y ésa es la fineza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión."
En ese "desatinar sin ocasión" está contenido todo el Quijote. Pero detengámonos en la palabra "desatino". El diccionario la define como "locura, despropósito o error". Pero aquí tiene una significación muy distinta. Como los gestos absurdos del maestro zen, las locuras de don Quijote tienen el poder de suspender por un momento el principio de realidad, llevándonos a la comprensión profunda e inmediata de una verdad nueva. Su función es abrir una grieta, y, más allá de la lógica, provocar un instante iluminación. Por eso entre los dos modelos que le salen al paso en Sierra Morena, el de Amadís y el de Orlando, Quijote se queda con el del primero. Orlando, enloquecido por la traición de Angélica, se vuelve contra el mundo y quiebra el curso de los torrentes, asola bosques, aniquila el ganado, mientras que Amadís no hace "locuras de daño sino de lloros y sentimientos". Ese es el camino de don Quijote, para quien la aventura no supone nunca una quiebra de lo real, sino su ampliación. De ahí que sea indisociable de la alegría, que supone concebir las cosas no en términos de verdadero o falso sino de posibilidad. Y eso es el desatino para el buen caballero: la condición de lo paradisíaco.
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