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El Ciervo 647 El Ciervo

Mi episodio favorito del Quijote

por VVAA
El Ciervo nº 647, febrero 2005

Número de páginas: 4
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En el Renacimiento se generaliza el uso de la artillería, de invención reciente, y nace lo que podríamos llamar la "guerra moderna". Huelga considerar aquí las incalculables consecuencias políticas y económicas de este hecho, pero sí es oportuno reparar en sus efectos puramente literarios. A los escritores irenistas, las modernas máquinas de artillería, más eficaces y mortíferas, les procuraron nuevos argumentos para extremar la condena de la guerra. Los elogios de la virtud militar y de la grandeza heroica dieron cuenta muy pronto de su invención y difusión, y distinguieron así las "armas nobles", como la espada y la lanza (que son las del honor), de las armas sin virtud, "innobles" o artilleras, como los arcabuces, falconetes o lombardas. El género épico, en fin, que exalta la gloria militar, es quizá el mejor testigo de cómo se modificó el concepto de heroísmo. La cuestión no podía ser ajena a Don Quijote, que, en tiempos artilleros, aspiraba aún al honor y a la virtud de las buenas armas. Pero antes de considerar cómo se manifiesta esta cuestión en el texto de Cervantes, soldado en Lepanto, conviene trazar una breve historia de la censura literaria de las "malas armas", para leer mejor la reescritura que propone la novela cervantina de esta idea común.
Las letras humanistas coincidían en atribuir al diablo la invención de las armas de fuego, y en concederles el infierno como patria. La idea ha dejado rastros en la lengua coloquial, pues aún hoy se dice que "las carga el diablo", y es ubicua en el primer tercio del siglo xvi, cuando el escándalo moral de la artillería estaba alimentado por la novedad. Quizá la exposición más célebre y copiosa de este origen infernal sea la de Ariosto, que, en el Orlando Furioso relataba con pormenor la invención del artificio y lo atribuía a las maquinaciones de Belcebú. Pero la misma idea podía encontrarse por igual en Francia, en España o en Inglaterra: Pierre Boaistuau abominará las machines inventées par les diables; el Tesoro de la lengua castellana comenzará la definición de arcabuz afirmando que es "Arma forjada en el infierno, inventada por el demonio", y todavía Milton, en el Paraíso perdido, representará al diablo inventando las armas artilleras y las máquinas de guerra, a imitación del trueno.
El mal de las armas innobles era, sobre todo, de orden moral, porque "matan de lejos", porque acaban con el valor y el honor, o porque parece intolerable que deparen la victoria al certero más que al audaz o al valiente. Cuando Polidoro Virgilio, en el De inventoribus rerum, maldijo la artillería, lo hizo, en primer lugar, por su inmensa capacidad destructiva, por su terrible naturaleza y, sobre todo, porque acaba con el poder de la infantería y el esplendor de la caballería, porque convierte, al cabo, en inútiles el valor y el arrojo. Es ésta una idea que Maquiavelo describe ya como una "opinión común", cuando, en los Discorsi sopra la prima Deca di Tito Livio, se refiere a dos pareceres: al que sostiene que en las guerras del presente los hombres no pueden manifestar su virtud , y al que augura que las armas de fuergo acabarán con las formas y órdenes bélicos y con la disposición de los ejércitos.
Esta opinione universale ha dejado infinidad de huellas en la literatura española. Es artillera, por ejemplo, la guerra que abomina Francisco de Aldana en un soneto célebre ("Otro aquí no se ve que frente a frente"); a esta novedad alude Pedro Mexía, en la Silva de varia lección (I, viii) cuando, tras enumerar las máquinas bélicas de los antiguos, escribe que todo ello era liviano, pues "a todo vence en crueldad la invención de la pólvora y la artillería". Más conciso fue Quevedo, en la Providencia de Dios, cuando escribe que la pólvora ha burlado las defensas de las armas y murallas, ha hecho "que por la puntería diesen más muertes los ojos que las manos" y que pasara la gloria "del valiente al certero". Pero quizá el pasaje más celebrado sobre estas armas innobles sea el que Cervantes pone en boca de Don Quijote en el famoso discurso sobre las armas y las letras (1ª parte, capítulo 38). El lugar es bien conocido, pero conviene reproducir unas líneas que no son sólo una síntesis del pensamiento de sus contemporáneos, sino que, a la vez, lo encarnan en la biografía del personaje de ficción:
"Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y un cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que agora vivimos..."
Por qué somos como somos
Enrique Moreno Castillo
Profesor de instituto
Hay una frase en el Quijote que varias veces me ha llamado la atención. Se encuentra en el capítulo 37 de la primera parte, cuando los personajes están reunidos en la venta. En un momento dado, se sientan a cenar juntos Don Quijote, Dorotea, Luscinda, Zoraida, don Fernando, Cardenio, el cautivo, el cura y el barbero. La atmósfera de la narración se vuelve íntima y acogedora. Entonces a Don Quijote se le ocurre decir: "Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que nosotros somos quien somos?". El significado inmediato de la frase nos hace pensar en la irrisoria propensión del hombre a vivirse a sí mismo de una manera falsa e imaginaria. Quien entrara por la puerta vería a un loco vestido de manera estrafalaria, a un cura de aldea, y a otros personajes de la vida cotidiana; y en realidad no sabría que ese cincuentón enjuto es un valeroso caballero, protagonista de maravillosas aventuras, ni que esa hermosa muchacha es nada menos que la princesa Micomicona, venida de un reino lejano para pedir ayuda contra las asechanzas de un feroz gigante. En su ingenuidad, don Quijote se asombra al pensar lo lejos que está la superficie aparente de las cosas, en la que sólo hay individuos normales y corrientes, de lo que para él es lo verdadero: la vida tal como él la sueña, su propia figura mitificada por su imaginación y su deseo.
La realidad, en la novela de Cervantes, es siempre cercana, concreta, áspera. Por otro lado, sin evadirse nunca de esa inmediatez, todo se prolonga, todas las cosas se abren hacia una perspectiva lejana y recóndita. Y resulta entonces que la frase de don Quijote adquiere otra reverberación. En efecto, el que contemple a los personajes reunidos en torno a la mesa de la venta, el que contemple a cualquier grupo de seres humanos en cualquier lugar, verá sólo gente normal, gente perteneciente a la realidad de todos los días, pues ¿qué otra realidad hay? Todo es vulgar, ordinario, habitual. Pero ¿es cada persona en sí misma cotidiana y normal? ¿Lo más acertado que podemos decir de la realidad es que es común y corriente? ¿No es cada individuo una realidad de valor infinito? ¿No es el estar vivo una aventura más intensa y prodigiosa que las de todas las novelas de caballerías?
Don Quijote es sin duda un loco atiborrado de quimeras. Lo maravilloso es que también es mucho más, pero no además de eso, sino propiamente en eso. La frase que delata la irrisoria presunción de los hombres cuando nos creemos ser algo es la misma que apunta hacia lo más profundo.
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