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El Ciervo 647 El Ciervo

Mi episodio favorito del Quijote

por VVAA
El Ciervo nº 647, febrero 2005

Número de páginas: 4
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Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Así de contundente, así de expeditiva, así de discreta se presenta la hermosa pastora Marcela en el capítulo 14 de la primera parte del Quijote. No hay discurso más teatral y más sentido en todo el libro. No hay discurso más autobiográfico. Marcela aparece, sorprendiendo a todos, justo en el momento en que el pastor Ambrosio se dispone a seguir leyendo versos y lamentos de su buen amigo Grisóstomo, que yace tendido sobre unas andas a la espera de su sepultura. Grisóstomo ha muerto de amor, ha muerto por un amor no correspondido. Y por eso, a los ojos de todos, la hermosa Marcela, causa y efecto de este amor, asombra y enfada a un tiempo. Y ella aparece, teatral (subida sobre una peña) con sólo un propósito, el de contar "su" historia, su particular punto de vista: "y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos".
Así la hermosa Marcela habla y habla, y no deja de lanzar verdades a los asombrados espectadores, entre los que se encuentran Don Quijote y Sancho. Yo nací libre les suelta a mitad de su parlamento. Y entre el canto a la libertad que entona la hermosa Marcela se van filtrando ecos de la soledad, de esa soledad que ha debido elegir para poder ser libre: "Los árboles d'estas montañas son mi compañía, las claras aguas d'estos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura". Y más adelante dibujará con dos pinceladas su vida cotidiana: "La conversación honesta de las zagalas d'estas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene". ¡Qué lejos está Marcela, allí, subida en una peña, de los mundos maravillosos que Grisóstomo y otros pastores le anuncian en sus versos y en sus cartas! Yo nací libre... y para seguir siendo libre Marcela debe vivir en el mundo que se ha inventado, el mundo pastoril más alejado de los cánones del género, ya que en él no existe ni una grieta por donde el amor pueda colarse. Y así, Marcela es libre por vivir sola en su mundo pastoril; y así Alonso Quijano es libre por vivir, convertido en don Quijote de la Mancha, en su mundo caballeresco; y así Cervantes es libre por vivir en sus libros esa vida que el tiempo y los años le habían arrebatado de manera tan cruel a lo largo de su biografía. Un libro, como el Quijote, le permite a Cervantes ser libre mientras escribe, libre mientras va dejando correr la pluma para regalarnos tesoros como el siguiente: "El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera".
Yo nací libre. Marcela, don Quijote y Cervantes unidos por una frase, por un discurso. Terminado el parlamento, ese genial parlamento subido en una peña, la hermosa Marcela "volvió las espaldas y se entró en lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba". Todos quedaron en silencio, todos admirados tanto de su discreción como de su hermosura. Sólo don Quijote es capaz de hablar y lo hará para defender a Marcela, para defenderse a sí mismo y al propio Cervantes: "Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía". Y así debe ser: no hay mayor tesoro que la libertad.
En defensa de la poesía
Francisco J. Díez de Revenga
Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Murcia
Para un estudioso y lector fiel de poesía, como es mi caso, quizá no haya otro episodio en el Quijote que me produzca más satisfacción que aquél en el que leemos las palabras que don Quijote dirige a don Diego de Miranda, que se incomoda ante la pasión de su hijo por la poesía frente a otros estudios más provechosos (2ª parte, capítulo xvi). Tras reconvenir al hidalgo sobre la responsabilidad de los padres en la educación de los hijos, y aconsejarle "que siga aquella ciencia a que más le viere inclinado", pues, "aunque la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien la posee", le ofrece su famosa defensa de la poesía: "La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella ha de servir a todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar, la volverá oro purísimo de inestimable precio".
Cavilaciones sobre la poesía aparecen en otros lugares de la obra de Cervantes, que, como es sabido, quiso ser ante todo poeta, e ironizó, en versos famosos, sobre la gracia que no había querido darle el cielo. Así, se dice en La Gitanilla: "La poesía es una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, retirada, y que se contiene en los límites de la discreción más alta. Es amiga de la soledad, las fuentes la entretienen, los prados la consuelan, los árboles la desenojan, las flores la alegran, y, finalmente, deleita y enseña a cuantos con ella comunican". Y en El Licenciado Vidriera: "admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía, porque encerraba en sí todas las demás ciencias: porque de todas se sirve, de todas se adorna, y pule y saca a la luz maravillosas obras, con que llena al mundo de provecho, de deleite y de maravilla".
Quien así opinaba, siguiendo las más clásicas corrientes de la preceptiva de su tiempo, no podía, en manera alguna, ser un mal poeta, tal como se ha sostenido. A pesar de los graves errores de preceptiva que Menéndez Pelayo señaló a Cervantes en sus Ideas estéticas, y puestas las cosas en su sitio en la magistral monografía de Edward C. Riley, a nosotros nos emociona oír al viejo escritor, ya con 68 años, aceptado su fracaso como el poeta que quiso ser y no pudo ser, y verlo elaborar, con las más hermosas palabras que se han escrito en español con este propósito, una definición tan lozana, tan limpia, tan sabia y tan justa, y tan llena de admiración, de la poesía como arte que ennoblece.
Cuando no pasa nada
Martín de Riquer
Catedrático emérito de la Universidad de Barcelona
La verdad es que me resulta muy difícil escoger una sola escena. La más divertida es seguramente la de los sucesos de la venta. Es muy dinámica, todo el mundo se mueve, tiene una fuerza extraordinaria. La visión general de los sucesos, con sus palizas a oscuras y las peleas, es una magistral definición de un tumulto.
Aunque a mí las escenas que más me gustan son aquellas en las que no pasa nada y sólo conversan Don Quijote y Sancho. Hablan con una gracia magnífica.
Y no me gustaría olvidar la carta de Teresa Panza a su marido, Sancho Panza, con aquella frase final espléndida: "La fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas".
Las malas armas
María José Vega
Profesora de teoría de la literatura de la Universidad Autónoma de Barcelona
Número de páginas: 4
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