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El Ciervo 647 El Ciervo

Mi episodio favorito del Quijote

por VVAA
El Ciervo nº 647, febrero 2005

Número de páginas: 4
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Este año se celebra el cuarto centenario de la publicación de ‘Don Quijote de la Mancha'. Los actos de homenaje se sucederán por toda España. Nosotros nos hemos querido añadir a las celebraciones y hemos pedido a unos cuantos excelentes conocedores de la obra que nos cuenten su episodio preferido. Nos ha parecido el mejor modo de revivir el texto de Cervantes.
Un monólogo de Sancho
Rosa Navarro Durán
Catedrática de literatura española de la Universidad de Barcelona
Don Quijote y Sancho acaban de salir del Toboso (2ª parte, capítulo X). El escudero ha convencido a su señor de que se embosque en una floresta cercana mientras él va en busca de los huidizos alcázares de Dulcinea, que no han podido encontrar de noche; él le dirá a su señora cómo queda el caballero andante esperando que ella le dé orden y traza para verla "sin menoscabo de su honra y fama". Don Quijote le da precisas recomendaciones a su escudero para que observe la reacción, los mínimos gestos de la dama -entre ellos, ver "si levanta la mano al cabello para componerle aunque no esté desordenado"-, y pueda luego él averiguar lo que esconde su corazón. ¡Don Quijote se muestra profundo conocedor de la psicología femenina!
Dejamos al caballero sobre Rocinante, quieto, esperando, apoyado en su lanza, y seguimos a Sancho. Nada más salir del bosque, se apea del rucio y se sienta al pie de un árbol. Va a empezar un soliloquio espléndido: esa es la escena que enmarco. En un diálogo consigo mismo, que inicia con un "Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced", se pregunta adónde va, qué es lo que pretende y las posibilidades que tiene de conseguirlo y de salir bien parado de ello. Cualquier resumen o comentario no sólo traiciona, sino que anula la gracia extraordinaria del monólogo de Sancho: hay que leerlo. Acaba imaginándose los palos que le darían los toboseños si se enteraban de que quería "sonsacarles sus princesas". Un expresivo "¡Oxte, puto! ¡Allá darás rayo!" culmina esa parte de su reflexión (tan loca como la orden de su amo); pero le sigue un tranquilizador y sensato razonamiento sobre la imposibilidad de encontrar a Dulcinea en el Toboso (ni en ninguna parte). Y una vez derrumbado el peligroso castillo de naipes que le puso el miedo en el cuerpo, aflora en Sancho el sentido común; echa mano de un refrán, "todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte", y se pone a ello. Parte de un razonamiento impecable: su amo es un loco de atar, y él, que le sigue y le sirve, un mentecato. Si su amo toma unas cosas por otras y piensa que los molinos son gigantes, él le hará creer que la primera labradora que pase por el camino es su señora Dulcinea. Y si don Quijote se niega a aceptarlo, él jurará que así es y acudirá a los mismos encantadores de los que habla su amo para explicar la transformación. Ese cambiante Sancho, que va de la locura e ingenuidad a la sensatez y agudeza, y que acaba siendo un maravilloso tracista, siempre me admira y me divierte enormemente.
Y dicho y hecho: Sancho pone en marcha el encantamiento de Dulcinea, y los hados -o su creador- le proporcionan en seguida el medio para hacerlo: tres labradoras sobre tres "pollinos o pollinas" se acercan por el camino. No tiene más que ir a paso tirado en busca de su señor para empezar su papel de encantador, o de Chanfalla en un nuevo retablo de maravillas. Pero esta es otra escena, que también puede ser una de mis preferidas...¡son tantas! Lo que sucede es que esa resolución de Sancho va a ser decisiva para sus vidas, y para nosotros, sus lectores. No dejen de comprobarlo.
La duquesa y Sancho
Lorenzo Gomis
Poeta y periodista
El duque ya había leído el Quijote cuando se topó con Don Quijote y Sancho Panza en persona y decidió convertirse él también en guionista de la historia. Además de Cide Hamete Benengeli y del propio Cervantes, los duques inventarían nuevos episodios y con la colaboración de sus gentes tratarían a Don Quijote con la ceremonia y respeto debidos a un verdadero caballero andante y harían gobernador a Sancho y le darían la ínsula que el caballero le tenía prometida. Sancho será gobernador antes que emperador Don Quijote. Y durante varios capítulos alternarán en el protagonismo.
La duquesa está encantada con Sancho. Le parece tan discreto y gracioso como su amo, e igual de loco. Y Sancho, al verse tratado como favorito de la duquesa, se crece. Aprovechando las largas siestas del verano, la duquesa invita a Sancho a estar con ella y sus doncellas y le entrevistan largamente. Sancho está además admirado de ver con qué ceremonias y ruegos compiten el duque y don Quijote por cederse la cabecera de la mesa y se atreve a intervenir.
-Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo acerca desto de los asientos.
Don Quijote teme, el eclesiástico que está a la mesa con los duques se impacienta, porque Sancho cuenta el cuento detenidamente a su modo, gracias a la protección de la duquesa, que ha dicho:
-No se ha de apartar de mí Sancho un punto: quiérole yo mucho, porque sé que es muy discreto.
-Discretos días -dijo Sancho- viva vuestra santidad por el buen crédito que de mí tiene, aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste: "Convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero..."
Porfiaban el eclesiástico y don Quijote para que Sancho acortara el cuento y lo rematara, oponíase la duquesa a que lo acortara, porque le hacía placer aunque estuviera seis días y los duques recibían gran gusto con el disgusto del eclesiástico con las dilaciones y de don Quijote, consumido en cólera y rabia. Hasta que el cuento en que hidalgo y labrador porfiaban por sentar al otro en la cabecera acabó cuando el hidalgo, poniéndole ambas manos sobre los hombros al labrador, le hizo sentar por fuerza, diciéndole:
"Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me siente será vuestra cabecera".
Habiendo entendido la malicia de Sancho se puso don Quijote de mil colores y los duques, conteniendo la risa, hubieron de disimular. Y así bajo la protección de la duquesa saca Sancho lo mejor de sí y se acredita de nuevo Salomón por la sabiduría con que resuelve los casos que se le presentan en el gobierno de su ínsula. Y antes se desengaña Sancho de ser gobernador que don Quijote caballero andante. Sólo a las puertas de la muerte volverá don Quijote a ser Alonso Quijano el Bueno, pero unos pocos días bastan para que Sancho vea que no nació para ser gobernador y que más quiere estarse en su libertad a la sombra de una encina en verano y arropado con un zamarro en invierno que acostarse con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda. Sin blanca entró en la ínsula y sin blanca sale, bien al revés de lo que suelen salir los gobernadores de otras ínsulas.
Este es mi episodio preferido y debe de ser para mayores, porque veo que en una edición para niños de 1905 se lo saltan. La duquesa se complació en Sancho y Cervantes en ambos y yo en la ironía de Cervantes en este mínimo episodio.
"Yo nací libre" o el discurso de Marcela
José Manuel Lucía Megías
Profesor titular de Filología románica de la Universidad Complutense de Madrid
Número de páginas: 4
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