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El Ciervo 630-631 El Ciervo

Conversaciones: Martín Riquer

por Lorenzo Gomis
El Ciervo nº 630-631, septiembre-octubre 2003

Número de páginas: 4
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M. de Riquer: Esto de la naturalidad se debe a la práctica universitaria, a tantos años de dar clases procurando ser claro. Yo a veces pensaba: esto que estoy diciendo no es exacto, no es así, pero si explico la verdad, ¡es tan complicada! Expliquémoslo aunque sea un poco equivocado, pero que quede claro, que se acuerden. Sacrificarlo todo a la claridad, esa es la labor didáctica. No te puedes poner en una cátedra a hacer lucubraciones y referencias que no pueden seguir los alumnos. Además, si son lucubraciones muy raras seguramente son mentira.
J. Pérez: Es además una historia universal que persigue que el lector lea la obra original.
M. de Riquer: Sí, por supuesto, por eso hay antologías al final de cada capítulo.
J. Pérez: Incluso desde el prólogo se pide que el lector acuda a la obra original a pesar de que luego no comparta sus opiniones.
M. de Riquer: Sí, sí, porque hay libros que no me gustan y los he tenido que tratar, con cierto respeto. Hay libros que me entusiasman y he tenido que moderarme. Lo que pretendo ahí, como en mi libro sobre Cervantes, es dar a una persona inteligente, de carrera, a un médico, a un arquitecto, a un ingeniero, los elementos para que pueda leer el Quijote, y después si quiere interpretarlo ­Sancho es el materialismo, don Quijote el idealismo- que se lo haga él, pero yo no se lo diré.
J. Pérez: ¿Por qué?
M. de Riquer: Porque no, yo explico lo que pasa, no hay más cera que la que arde. Y Cervantes no ha dicho nunca que Sancho sea el materialismo, y si se lo hubieran afirmado se hubiera quedado de piedra picada. Porque además no olvidemos que el Quijote tiene interpretaciones diversas. Cuando salió era un libro de risa, la gente se partía de risa leyéndolo. Después, los románticos se pusieron a llorar como sauces llorones leyendo el Quijote, porque veían las desgracias del idealismo contra la realidad. Es decir, y esto es lo bueno de la obra maestra, cada época lo interpreta a su modo. Y esto va sumando interpretaciones. Yo sólo veo lo que dice la obra y dejo la interpretación a los lectores. La literatura es explicar la obra literaria, dar pistas para entenderla. Explicar qué es, que no es fácil.
J. Pérez: ¿Y nuestra época qué interpretación del Quijote ha hecho?
M. de Riquer: Nuestra época ha hecho interpretaciones del Quijote manicomiales, como siempre. Fijaos que Shakespeare siempre ha tenido grandes comentaristas e intérpretes, y una pandilla de locos que han dado interpretaciones absurdas. Es muy fácil ponerse a decir fantasías del Quijote.
 
NO HE TRABAJADO NUNCA
J. Pérez: Siempre dice que el trabajo le ha divertido mucho.
M. de Riquer: Es que yo considero que no he trabajado nunca, porque me lo he pasado tan bien, y eso no es trabajo. Por ejemplo el estar comiendo y pensando a ver cuándo se acabará la comida para largarme y seguir trabajando. El estar angustiado mientras no podía trabajar. También me he divertido tanto dando clases que tampoco se puede considerar trabajo.
L. Gomis: Los alumnos parece que también se lo pasaban bien.
M. de Riquer: Los alumnos han seguido con mucho cariño. Nunca, ni en los momentos más crispados de la vida universitaria, he tenido ni la más pequeña protesta ni rebelión. Tal vez porque yo siempre les he tratado con mucho respeto. Y además porque es una continuidad. El primer día que daba clase a un curso me los miraba, había 30 o 40 alumnos, y me decía: 'Si dentro de diez años uno de estos no conoce la literatura mejor que yo, el que habrá fracasado seré yo'. Porque si el alumno debe ir siempre detrás del maestro estaríamos aún en tiempos de Aristóteles.
J. Pérez: Según ha dicho los mejores años para ejercer la docencia fueron entre el 40 y el 60. Sin embargo, usted dictó cursos hasta 1984. ¿Qué cambios ha habido en la universidad para que las clases empeoraran?
M. de Riquer: El gran cambio fue la masificación hacia los 60. En los 40 y 50 tenía quince o dieciséis alumnos, estábamos todos alrededor de una mesa, con libros, hablábamos, comentábamos, yo sabía perfectamente cómo se llamaban todos ellos. Aquello era lo que luego fueron los seminarios, pero entonces era cada clase. Ahora con 50 o 60, no puedes individualizar o hablar directamente con uno porque se arma un guirigay extraordinario. Cambió mucho, mucho. Además, en aquellos años en que teníamos pocos alumnos convivíamos mucho, hacíamos excursiones, nos íbamos a Montserrat, salíamos los domingos, y esto contribuía a conocernos mejor.
L. Gomis: El modo de examinar también ha cambiado.
M. de Riquer: A mí me gustaba mucho examinar oralmente. El examen oral tiene una ventaja sobre el escrito. Si en el escrito no entienden la pregunta, ya desde el principio escriben un disparate. En el oral puedes decirle: no era esto, era aquello. Y además una profesión donde una de las salidas es dar clase, tienes que demostrar que sabes expresarte. Yo a veces les hacía dar una clase en el curso. Se ponían en mi tarima y yo desde el final les corregía: 'Más alto, más claro, no se entiende'. Tenían que cuidar la dicción.
J. Pérez: Para usted, como profesor en una clase, 'no debes demostrar ni demasiada erudición ni tampoco vulgaridad. Debes dirigirte al público como si hablaras con un amigo o un pariente, explicando la obra literaria y siempre intentado contagiar el entusiasmo en el espectador'.
M. de Riquer: Lo principal es el entusiasmo. El alumno debe salir de tu clase diciendo: 'Caramba, este libro me lo voy a leer'. Recuerdo un día en el que hablaba del Orlando furioso de Ariosto, y pregunté: '¿Quién ha leído el Orlando furioso?' No lo había leído nadie. Y dije: 'Señores, tengo el gran honor de felicitarles. Les felicito porque aún os queda en esta vida el placer de leer el Orlando furioso'.
J. Pérez: Durante su juventud, ¿la filología románica se estudiaba sin tener en cuenta las fronteras de los países?
M. de Riquer: En mi tiempo se estudiaban juntas hasta el Renacimiento, y desde entonces cada una iba por su lado, cuando cada literatura adquiere una personalidad nacional. Después también hice una experiencia, que fue bien pero que no ha cuajado, que consistía en explicar la literatura al revés. En el primer año, literatura contemporánea, en el segundo la clásica y en el tercero medieval. Cuando llegaban les hablabas de una literatura próxima, con la que no tenían problemas de lengua, no tenían problemas de situación social. Después la época clásica. Y al final la medieval, un mundo feudal y distinto. Esto lo experimentamos algunos años, pero no sé por qué no se continuó. Quizá es muy difícil introducir una novedad revolucionaria.
J. Pérez: El futuro del catalán también es tema de debate últimamente.
M. de Riquer: Una cosa está clara, mientras se publiquen tantos libros en catalán no hay ningún peligro. Más negro lo tenía en el siglo XVII.
L. Gomis: Si tuviera que dar ahora una clase, ¿qué tema escogería?
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