M. de Riquer: Esto de la naturalidad se debe a la práctica universitaria,
a tantos años de dar clases procurando ser claro. Yo a veces pensaba:
esto que estoy diciendo no es exacto, no es así, pero si explico
la verdad, ¡es tan complicada! Expliquémoslo aunque sea un
poco equivocado, pero que quede claro, que se acuerden. Sacrificarlo todo
a la claridad, esa es la labor didáctica. No te puedes poner en una
cátedra a hacer lucubraciones y referencias que no pueden seguir
los alumnos. Además, si son lucubraciones muy raras seguramente son
mentira.
J. Pérez: Es además una historia universal que persigue
que el lector lea la obra original.
M. de Riquer: Sí, por supuesto, por eso hay antologías
al final de cada capítulo.
J. Pérez: Incluso desde el prólogo se pide que el lector
acuda a la obra original a pesar de que luego no comparta sus opiniones.
M. de Riquer: Sí, sí, porque hay libros que no me gustan
y los he tenido que tratar, con cierto respeto. Hay libros que me entusiasman
y he tenido que moderarme. Lo que pretendo ahí, como en mi libro
sobre Cervantes, es dar a una persona inteligente, de carrera, a un médico,
a un arquitecto, a un ingeniero, los elementos para que pueda leer el Quijote,
y después si quiere interpretarlo Sancho es el materialismo,
don Quijote el idealismo- que se lo haga él, pero yo no se lo diré.
J. Pérez: ¿Por qué?
M. de Riquer: Porque no, yo explico lo que pasa, no hay más cera
que la que arde. Y Cervantes no ha dicho nunca que Sancho sea el materialismo,
y si se lo hubieran afirmado se hubiera quedado de piedra picada. Porque
además no olvidemos que el Quijote tiene interpretaciones diversas.
Cuando salió era un libro de risa, la gente se partía de risa
leyéndolo. Después, los románticos se pusieron a llorar
como sauces llorones leyendo el Quijote, porque veían las
desgracias del idealismo contra la realidad. Es decir, y esto es lo bueno
de la obra maestra, cada época lo interpreta a su modo. Y esto va
sumando interpretaciones. Yo sólo veo lo que dice la obra y dejo
la interpretación a los lectores. La literatura es explicar la obra
literaria, dar pistas para entenderla. Explicar qué es, que no es
fácil.
J. Pérez: ¿Y nuestra época qué interpretación
del Quijote ha hecho?
M. de Riquer: Nuestra época ha hecho interpretaciones del Quijote
manicomiales, como siempre. Fijaos que Shakespeare siempre ha tenido grandes
comentaristas e intérpretes, y una pandilla de locos que han dado
interpretaciones absurdas. Es muy fácil ponerse a decir fantasías
del Quijote.
NO HE TRABAJADO NUNCA
J. Pérez: Siempre dice que el trabajo le ha divertido mucho.
M. de Riquer: Es que yo considero que no he trabajado nunca, porque me
lo he pasado tan bien, y eso no es trabajo. Por ejemplo el estar comiendo
y pensando a ver cuándo se acabará la comida para largarme
y seguir trabajando. El estar angustiado mientras no podía trabajar.
También me he divertido tanto dando clases que tampoco se puede considerar
trabajo.
L. Gomis: Los alumnos parece que también se lo pasaban bien.
M. de Riquer: Los alumnos han seguido con mucho cariño. Nunca,
ni en los momentos más crispados de la vida universitaria, he tenido
ni la más pequeña protesta ni rebelión. Tal vez porque
yo siempre les he tratado con mucho respeto. Y además porque es una
continuidad. El primer día que daba clase a un curso me los miraba,
había 30 o 40 alumnos, y me decía: 'Si dentro de diez años
uno de estos no conoce la literatura mejor que yo, el que habrá fracasado
seré yo'. Porque si el alumno debe ir siempre detrás del maestro
estaríamos aún en tiempos de Aristóteles.
J. Pérez: Según ha dicho los mejores años para ejercer
la docencia fueron entre el 40 y el 60. Sin embargo, usted dictó
cursos hasta 1984. ¿Qué cambios ha habido en la universidad
para que las clases empeoraran?
M. de Riquer: El gran cambio fue la masificación hacia los 60.
En los 40 y 50 tenía quince o dieciséis alumnos, estábamos
todos alrededor de una mesa, con libros, hablábamos, comentábamos,
yo sabía perfectamente cómo se llamaban todos ellos. Aquello
era lo que luego fueron los seminarios, pero entonces era cada clase. Ahora
con 50 o 60, no puedes individualizar o hablar directamente con uno porque
se arma un guirigay extraordinario. Cambió mucho, mucho. Además,
en aquellos años en que teníamos pocos alumnos convivíamos
mucho, hacíamos excursiones, nos íbamos a Montserrat, salíamos
los domingos, y esto contribuía a conocernos mejor.
L. Gomis: El modo de examinar también ha cambiado.
M. de Riquer: A mí me gustaba mucho examinar oralmente. El examen
oral tiene una ventaja sobre el escrito. Si en el escrito no entienden la
pregunta, ya desde el principio escriben un disparate. En el oral puedes
decirle: no era esto, era aquello. Y además una profesión
donde una de las salidas es dar clase, tienes que demostrar que sabes expresarte.
Yo a veces les hacía dar una clase en el curso. Se ponían
en mi tarima y yo desde el final les corregía: 'Más alto,
más claro, no se entiende'. Tenían que cuidar la dicción.
J. Pérez: Para usted, como profesor en una clase, 'no debes demostrar
ni demasiada erudición ni tampoco vulgaridad. Debes dirigirte al
público como si hablaras con un amigo o un pariente, explicando la
obra literaria y siempre intentado contagiar el entusiasmo en el espectador'.
M. de Riquer: Lo principal es el entusiasmo. El alumno debe salir de
tu clase diciendo: 'Caramba, este libro me lo voy a leer'. Recuerdo un día
en el que hablaba del Orlando furioso de Ariosto, y pregunté:
'¿Quién ha leído el Orlando furioso?' No lo
había leído nadie. Y dije: 'Señores, tengo el gran
honor de felicitarles. Les felicito porque aún os queda en esta vida
el placer de leer el Orlando furioso'.
J. Pérez: Durante su juventud, ¿la filología románica
se estudiaba sin tener en cuenta las fronteras de los países?
M. de Riquer: En mi tiempo se estudiaban juntas hasta el Renacimiento,
y desde entonces cada una iba por su lado, cuando cada literatura adquiere
una personalidad nacional. Después también hice una experiencia,
que fue bien pero que no ha cuajado, que consistía en explicar la
literatura al revés. En el primer año, literatura contemporánea,
en el segundo la clásica y en el tercero medieval. Cuando llegaban
les hablabas de una literatura próxima, con la que no tenían
problemas de lengua, no tenían problemas de situación social.
Después la época clásica. Y al final la medieval, un
mundo feudal y distinto. Esto lo experimentamos algunos años, pero
no sé por qué no se continuó. Quizá es muy difícil
introducir una novedad revolucionaria.
J. Pérez: El futuro del catalán también es tema
de debate últimamente.
M. de Riquer: Una cosa está clara, mientras se publiquen tantos
libros en catalán no hay ningún peligro. Más negro
lo tenía en el siglo XVII.
L. Gomis: Si tuviera que dar ahora una clase, ¿qué tema
escogería?