Entre Jesús Sebastián y Pere Escorsa reúnen unos 200 viajes por toda América Latina. Cada mes van varias veces. Su conocimiento es pues de primerísima mano.
Jordi Pérez: En los años 90, en América Latina empieza a haber más elecciones y crece la esperanza de progreso. Pero la gente se impacienta al ver que las mejoras políticas no traen bienestar. Lo que ha llevado a la caída de varios presidentes con revueltas populares en estos últimos años. ¿Qué pasa?
Jesús Sebastián: No es fácil hablar de América Latina como una entidad homogénea, porque hay países de casi 160 millones de habitantes y otros de dos y medio. No sólo la demografía sustenta la diferencia, sino otros factores como la historia nacional, la estructura étnica, la idiosincrasia cultural, los flujos migratorios, las riquezas naturales y la naturaleza de las oligarquías. Aunque sí se puede decir que después de toda una época de dictaduras y de ser uno de los escenarios de la Guerra fría, se generalizó una democratización en todo el continente, en ocasiones meramente formal. ¿Por qué sólo formal? Porque en América Latina la estructura de partidos y el tejido social son muy débiles, lo que se refleja en el momento de la participación política. Las democracias formales se traducen en que el ciudadano eche un voto cada cuatro años. Si la única forma de participación se da cuando se vota, y después no tienes otra forma de participación es poner todas tus aspiraciones en un único punto: si eso falla, no tienes capacidad de respuesta dentro de las estructuras existentes y se generan revueltas.
J. Pérez: ¿Qué papel juegan las desigualdades sociales?
J. Sebastián: Esa es la gran fractura en América Latina: la económica y la distribución del ingreso. El proceso de democratización formal que prácticamente se ha producido en todos los países de América Latina se acompaña de la elección de un modelo económico. Se condiciona a estos países a aceptar las condiciones de una política económica donde se experimenta el modelo neoliberal puro y duro, sin tener en cuenta el coste social. Entre otras cosas porque tienen una importante deuda externa que limita las condiciones de negociación con los organismos financieros internacionales.
P. Escorsa: Cuando estos países llegan a la democracia, el éxito económico no los acompaña. Los productos de exportación básicamente continúan siendo materias primas y no dan el salto a productos más elaborados. Este es un problema gordo. También se dice que los países de América Latina son países de letras, con muchos poetas, escritores, artistas, pero con poca preocupación por la ciencia y la tecnología, en general. Hay que apostar por una industria que no sólo maneje materia prima sino que llegue a productos más elaborados, con una investigación detrás y con más valor añadido. Tenemos algunos casos aislados: Brasil, por ejemplo, apostó en su día por la informática y la aeronáutica pero en general el nivel tecnológico es pobre. Plantearse que las economías vayan bien resulta imposible cuando lo que exportan no tiene suficiente valor añadido, a lo que hay que sumar los problemas de un endeudamiento tremendo. Esto produce como resultado un estrangulamiento que impide el desarrollo. Entonces, si las economías no van bien, el desempleo sigue alto, la inflación sigue bastante elevada, llega el descontento de la gente y las críticas, y nos damos cuenta de que el sistema es muy frágil. Pero esperemos que los gobiernos no se vuelvan más autoritarios.
J. Sebastián: La adopción del modelo económico neoliberal quizá ha conseguido que las grandes cifras cuadren, pero no se ha traducido en bienestar: la pobreza y la exclusión social han aumentado, los indicadores de desarrollo humano no mejoran y las desigualdades aumentan. Brasil es uno de los países donde la desigualdad es más clara, hay dos mundos: el de los 40 millones que tienen un estándar de vida similar al de los países desarrollados, y el Brasil de los 120 millones que sobreviven en condiciones muy precarias. Este contraste es común en América Latina, pero también en otros muchos países en desarrollo y de manera creciente también en algunos países desarrollados.
Una economía cerrada
J. Pérez: ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?
J. Sebastián: América Latina ha sido laboratorio de muchas cosas. En los años 60, la Comisión de Economía Para América Latina (CEPAL), organismo especializado en las Naciones Unidas, elaboró un modelo económico basado en la sustitución de las importaciones: consistía en dejar de ser dependientes de la importación de bienes y servicios a cuenta de las exportaciones de materias primas y pasar a generar una base industrial que pudiera crear valor añadido y sustituir las importaciones por producción propia en lo que fuera posible. Fue la época de la industrialización. Con este modelo de sustitución de importaciones se creó un pequeño tejido industrial en algunos países como Argentina, Chile o Colombia.
P. Escorsa: También en Venezuela.
J. Sebastián: El caso de Venezuela fue más especial, ya que todo giró en torno al petróleo, que fue su fuente principal para generar una industria asociada a la energía. En el resto de países ¿qué pasó? Pues que con la llegada de los regímenes dictatoriales que imponen las políticas liberales y la apertura de los mercados, que son seguidas también luego por los gobiernos democráticos, se constató que la mayoría de estas industrias eran incapaces de competir en mercados abiertos. La industria de estos países produce a unos costes muy superiores que los artículos de Estados Unidos y otros países y, como resultado, se produce el desmantelamiento y la desindustrialización como, por ejemplo, en Argentina.
J. Pérez: ¿Los costes laborales son menores en Estados Unidos que en América Latina?
P. Escorsa: No, los costes laborales son menores en América Latina, pero son mercados protegidos, la calidad de los productos sólo es buena para atender al mercado interior protegido por aranceles, de modo que la industria no está preparada para afrontar la competencia de productos extranjeros mejores.
J. Sebastián: Así esa posible industrialización inicial desaparece y nos encontramos con países donde las demandas de conocimiento y de tecnología son mínimas, ya que el sistema productivo es muy deficiente, no tiene capital para innovar tecnológicamente y no puede competir ni con la producción externa ni con la implantación de las multinacionales. Así pues, la demanda de conocimientos tecnológicos es minúscula aunque en las universidades se desarrolla una investigación autoalimentada por la propia academia, es decir, es una investigación no enlazada con un proyecto nacional o con unas orientaciones para resolver problemas concretos. Por tanto, en América Latina hay una cierta capacidad de investigación pero muy poca innovación tecnológica.
P. Escorsa: Los conocimientos de las universidades no se transmiten a las empresas.
J. Sebastián: El problema es que ni las empresas son grandes demandantes de conocimiento ni existe una cultura innovadora que lo haga posible.
J. Pérez: ¿Es un problema cultural?
J. Sebastián: Sí. He trabajado mucho últimamente con universidades latinoamericanas y he visto su evolución: las universidades quieren tener una mayor relación con la sociedad y con los sectores productivos en particular. Pero eso es difícil si el otro no está interesado, hay un problema de comunicación. En la mayoría de las empresas no hay cultura de innovación o la innovación se produce a través de la compra de maquinaria y la contratación de expertos extranjeros. Las capacidades propias de investigación son poco utilizadas.