El demonio del nacionalismo y de la guerra. "En la certeza de que los pueblos de Europa, sin dejar de sentirse orgullosos de su identidad y de su historia nacional, están resueltos a superar sus antiguas divisiones y cada vez más estrechamente unidos a forjar un destino común". En su ensayo sobre El porqué de la guerra, Freud constataba con alarma el predominio de los ideales nacionales sobre cualquier otra idea unificadora, como el de la Sociedad de Naciones. El nacionalismo es ese "narcisismo de las pequeñas diferencias" que reproduce las lógicas imperialistas a pequeña escala y que, en nombre de una identidad sacrosanta, lanza a unos hombres contra otros llenos de aborrecimiento como lo hizo en las dos guerras mundiales. Son las mismas pulsiones destructivas que hemos visto reflejadas en la antigua Yugoslavia. Ser europeo exige, por el contrario, transfigurar lo antiguo que divide en lo nuevo que une. Si las identidades se han definido normalmente contra algo o alguien, la identidad europea tendría que definirse, como ha señalado Ramoneda, contra la guerra civil.
El demonio de la destrucción del medio ambiente. "Europa es consciente de la responsabilidad para con las generaciones futuras y para con la Tierra". Este principio del desarrollo sostenible implica el imperativo ético de no proceder a una sobreexplotación de los recursos que pueda poner en peligro la satisfacción de las futuras generaciones. Para lograrlo es necesario la defensa de valores que alienten niveles de consumo que permanezcan dentro de los límites de lo razonable. Son estos valores los que trata de promover el preámbulo que, de esta forma, enuncia una visión netamente europea del futuro. Tal es la tesis de Rifkin que en su reciente libro, El sueño europeo, destaca cómo los europeos, a diferencia de los norteamericanos, estamos más preocupados por el impacto ambiental y los riesgos ecológicos y sanitarios que podrían acompañar a la introducción de determinadas técnicas como la de los alimentos manipulados genéticamente. Frente a un crecimiento y un consumo rápidos, frente al fast food y la cultura de lo desechable, Europa trata de imponer una cierta lentitud, una regulación de la producción y el consumo que no pretende otra cosa que un horizonte esperanzador.
A modo de conclusión, si bien el silencio sobre el Dios cristiano merece muchos peros, los piadosos deseos enunciados para expulsar a los cuatro demonios que se ciernen amenazadores sobre el futuro europeo no merecen sino un ruidoso sí a la Constitución.