El próximo 20 de febrero los españoles votaremos si aceptamos o no la Constitución europea. De los países que han elegido ratificar este Tratado mediante un referéndum, seremos los primeros en hacerlo. En ‘El Ciervo' estamos contentos de que nuestros políticos nos pregunten qué nos parece esta Constitución. Y nos alegra poder votar que sí.
Esta revista, como saben bien sus más antiguos lectores, ha tenido desde sus primeros tiempos en los años 50 una querencia especial por Europa y por lo que representa. Ahora, esta posibilidad de unión política entre los distintos pueblos del continente está cada vez más cerca. Y desde aquí lo celebramos.
Por todo esto, ‘apostamos por el sí'. Y en los artículos que siguen damos nuestras razones para preferir el sí, convencidos de que es el mejor camino para proseguir la construcción europea.
La mayoría de los constitucionalistas conviene en afirmar que toda constitución suele contener tres tipos diferentes de normas. Uno primero que trata de establecer las competencias de las principales instituciones ligadas al legislativo, ejecutivo y judicial. Otro tipo de normas dedicadas a definir las relaciones de los individuos con aquellas instituciones, estableciendo derechos y deberes. Y, por último, un tercer aspecto consistente en el conjunto de valores, símbolos e ideales de la comunidad, recogidos de forma dispersa a lo largo de todo el texto constitucional aunque de forma especial en su preámbulo. Con todas sus especiales características y su desusada extensión, la Constitución europea responde en lo sustancial a este esquema, de forma que su preámbulo nos ofrece la mejor expresión de cómo los redactores de la Convención han concebido el proyecto de Europa.
Con el estilo ampuloso y retórico, con la intención claramente pedagógica de cualquier introducción constitucional, el preámbulo de la Constitución europea exhorta a las futuras generaciones de europeos, orientándoles en los valores que han de inspirar su futuro modelo de convivencia. En los cinco párrafos que lo constituyen, quedan expuestas, a mi juicio, cinco ideas básicas bajo la respectiva forma de un dios al que no se quiere adorar y de cuatro demonios a los que se pretende exorcizar. Veámoslo:
El dios ausente. Quizás haya sido la cuestión más debatida esa de incluir o no la referencia al cristianismo. Su exclusión final consagra a la vez una incomprensible falsedad histórica y un comprensible proyecto de Europa en el que se trata de evitar el más mínimo asomo de un retorno al poder eclesiástico de antaño. Ya en otras ocasiones, con base en libros como El Genio del Cristianismo de Chateaubriand o La Agonía de Europa de María Zambrano, he expuesto en estas páginas lo inconcebible que resulta Europa sin una alusión al cristianismo. Pero también, desde un punto de vista estrictamente constitucional, pienso que la fórmula hallada no hace justicia al carácter integrador de la cristiandad y privilegia, de hecho, una concepción laica del Estado que, además de ser minoritaria en las constituciones de los países de Europa, se hace pasar como neutral. En este sentido, el libro del prestigioso constitucionalista J. H. Weiler, que lleva por título Una Europa cristiana, llega a hablar de una cierta cristofobia que se ha manifestado en la resistencia a incluir la referencia al cristianismo, no por razones estrictamente constitucionales, sino por motivos de tipo psicológico, sociológico o emotivo. La expresión de que a partir de la "herencia cultural, religiosa o humanista de Europa" se han desarrollado valores universales como los derechos del hombre, resulta un poco insidiosa. Ante todo porque el cristianismo queda disuelto en una difusa herencia religiosa y, en segundo lugar, porque al separar lo religioso de lo cultural o lo humanista, se transmite la idea de que la religión debe quedar confinada al ámbito de lo privado, sin trascendencia para la cultura o el desarrollo del hombre. ¿Son esas razones suficientes para decir que no a la Constitución? Evidentemente no. Comparto el análisis realizado por Lorenzo Gomis en el número 642 de El Ciervo cuando afirma que Europa merece un sí y que las cosas no dejan de existir porque no se reconozcan en los textos oficiales. Es más, la Europa laica puede ser un acicate para una depuración del cristianismo del mismo modo que la Francia laica ha dado lugar a un cristianismo, ciertamente minoritario, pero de un gran nivel cultural y espiritual.
El demonio del desprecio. Europa avanzará por la senda de la civilización "sin olvidar a los más débiles y desfavorecidos". Un olvido demasiado frecuente a lo largo de la historia de Europa que ha dejado a su paso masas ingentes de pobres y derrotados. La quintaesencia de Europa, como ha señalado Sloterdijk en su Si Europa despierta, es la de ser un teatro para las metamorfosis del imperio. Desde el Imperio romano, Europa ha estado dominada por ese arquetipo político y su correspondiente pulsión imperialista. Mas lo propio de cualquier imperio, de cualquier Reich, es el desprecio por la debilidad. Ha sido preciso recorrer un largo trecho de quince siglos para que Europa, en 1945, desde la derrota de su última idea imperial, comprendiera el horror implícito en el sentimiento de desprecio hacia lo débil. Así, como también ha subrayado Sloterdijk, Europa se ha convertido en el último foco de revuelta contra la miseria humana. A esa idea programática corresponde esa voluntad, enunciada en el segundo párrafo del Preámbulo, de no olvidar ni al débil ni al pobre porque así se combate la esencia misma de la tentación imperial y sus derivaciones fascistas.
El demonio de la ignorancia. "Europa quiere seguir siendo un continente abierto a la cultura y al saber". Late aquí la certeza histórica de que Europa ha acumulado un patrimonio histórico artístico de una impresionante riqueza. Europa es tierra de museos, ella misma es un museo, un testimonio viviente de la creatividad de sus pasadas generaciones. Ha sido también un continente abierto al saber. Es significativo que los redactores hayan preferido la palabra saber a la de sabiduría. Porque inicialmente Europa estuvo abierta a la sabiduría, es decir, fue filosófica y dio lugar al nacimiento de la filosofía. No se puede desligar el saber científico de la filosofía, pues desde el inicio filosofía y ciencia surgieron y anduvieron juntas en el continente europeo. En La herencia de Europa, Gadamer ha señalado, como lo hiciera antes Husserl, los riesgos específicos que puede implicar una cultura eminentemente científica sobre nuestro mundo contemporáneo. Lo que Europa puede aportar, para dulcificar los excesos del saber científico, es una ciencia que repose en la diversidad de sus tradiciones lingüísticas o, en otras palabras, un cultivo de las ciencias del espíritu o de las ciencias humanas. Europa representa un proyecto de síntesis entre el progreso técnico científico y el progreso social y humano, entre el laboratorio y el café. Por eso dice Steiner que él no puede imaginarse ni una hora de su vida sin esos cafés que uno encuentra desde Lisboa a San Petersburgo y que constituyen la riqueza de Europa.