Si se consigue abrir la mente de un niño que sin esa mediación se hubiera quedado al margen de la enseñanza y de la cultura, el favor que se le ha hecho justifica todos los esfuerzos. Pero ahora pienso en los chicos que llegan a los trece o catorce años y, a pesar de todo, no consiguen llegar al nivel mínimo. No me refiero al alumno mediano, que va aprobando a trancas y barrancas, y que entre suspensos provisionales y aprobados misericordiosos consigue terminar unos estudios secundarios; ni tampoco al que, empujado por el ambiente general, se desinteresa completamente de todo. Hablo ahora de esos dos o tres alumnos que hay en cada grupo que no se enteran absolutamente de nada; que a la hora de cualquier examen sólo pueden presentar un papel en blanco; que no pueden de hecho atender a ninguna explicación o realizar ningún ejercicio porque llevan un retraso de años con respecto a sus compañeros.
¿Sabe usted ruso?
Para hacernos una idea de cómo es la vida de estos muchachos, pensemos que se nos condena a asistir a una conferencia en ruso de una hora. No sabemos ruso y no nos enteramos. Pero a esa conferencia sigue otra y luego otra, hasta cinco o seis, todas en ruso. Imaginemos que al día siguiente ocurre lo mismo y que se nos anuncia que éste va a ser nuestro futuro en los cuatro años sucesivos. Resulta que nuestros compañeros sí que parecen saber ruso, y da la impresión de que se enteran de lo que se les dice y actúan en consecuencia, mientras que nosotros estamos al margen. Algunos de los conferenciantes se dirigen a nosotros con actitud amable y nos dicen que la cosa no tiene importancia, que en el fondo todos somos iguales, pero que a ver si hacemos un esfuerzo por aprender ruso. En algún momento uno de ellos pierde la paciencia y nos echa en cara, con cierta acritud, nuestra ignorancia del ruso. Mensualmente llegarán notificaciones a nuestra casa informando de lo poco que adelantamos. Acaso seamos conducidos ante un cariñoso psicólogo que nos preguntará diversas cosas, especialmente por qué no sabemos ruso, y nos dará un diagnóstico, vago y confuso, pero del que se desprenderá que lo que pasa es que no sabemos ruso. Quizá ocurra que nosotros nos aburramos un poco con esta vida, y se note que estamos distraídos, o acabemos dando muestras de impaciencia, molestando a los que sí se están enterando. Entonces recibiremos una reprimenda, alguien nos pegará un grito.
No creo que haya que hacer excesivos esfuerzos para imaginar la situación de pesadilla en la que se encuentran esos dos o tres alumnos que tenemos en cada grupo y que deben permanecer allí para pasar al curso siguiente porque tenemos un sistema de enseñanza que no discrimina a nadie y ante el cual todos somos iguales.
Ocurre a veces que ese alumno cuyo caso estamos describiendo alegóricamente pero que no estamos exagerando tiene la suficiente madurez psicológica o la mansedumbre como para aceptar con resignación las cosas. Pero no es esto lo habitual; un chico de trece o catorce años sometido a este régimen de vida se sublevará. En primer lugar, por mucho que se le quiera edulcorar la situación, se sentirá inferior y marginado; empezará a despreciarse y a odiarse a sí mismo y empezará a odiar a los demás. Nosotros, desde fuera, vemos su situación como algo contingente y circunstancial, pero para él el centro de enseñanza constituye su universo, es el lugar donde establece sus relaciones, el sistema de obligaciones con cuya medida se le juzga y el ámbito en donde empieza a apoderarse de sí mismo y a constituirse como persona. Es terrible conocer a un alumno que a los doce años es un niño normal y apacible, sólo que incapaz de aprendizaje académico, y encontrarlo dos o tres años después, con la sonrisa torcida, la mirada cínica y completamente maleado. Esos alumnos que han vivido su etapa escolar con el sentimiento de inferioridad, la rebeldía y el odio, están ya asumiendo su condición de marginales; llegarán a los dieciséis años sin haber aprendido nada de lo que se les ha pretendido enseñar y sin saber nada de lo que sí podrían haber aprendido. Como es inviable darles el título, son puestos directamente en la calle, sin posibilidades de acceder a una enseñanza profesional y lanzados a un mundo laboral para el que no tienen preparación. Naturalmente, durante los años de la ESO la mayoría no han aprendido más que a sublevarse contra los profesores, y a vengarse de su situación con pequeños delitos. Estos alumnos marginales tienden a agruparse y a asociarse entre sí, y a constituir bandas. La primera fechoría que normalmente se les ocurre llevar a cabo es intentar extorsionar a los más pequeños. (Pensemos que para un muchacho de doce años, uno de catorce es un adulto temible). El que en casos como estos, en los que se impondría una decisión drástica, el profesorado se vea obligado a contemplar las cosas impotente y medroso, es uno de los hechos más dolorosos de la vida en los institutos.
Ya sé que en algunos otros países de nuestro mismo nivel de desarrollo el panorama es semejante. Esto consuela poco, sobre todo teniendo en cuenta que en España hemos copiado sus sistemas cuando allí ya habían mostrado sus efectos desastrosos. Si no queremos resignarnos a que nuestra enseñanza sea cada vez peor y a que los institutos sean generadores de ignorancia y violencia, es necesario cambiar algunas cosas fundamentales antes de que la situación, como en Inglaterra o los Estados Unidos, sea irreversible. En primer lugar, es necesario crear unos estudios paralelos (no los actuales cursos de refuerzo, llámense o no itinerarios) sino unas enseñanzas profesionales dirigidas a aquellos alumnos que no pueden o no quieren cursar una enseñanza académica, que les ofrezcan unas armas para desenvolverse laboralmente y sobre todo que les sirvan para sentirse reconciliados consigo mismos. En cuanto al resto, estoy convencido de que un alto porcentaje de la población puede cursar con provecho una enseñanza secundaria, con tal de que se plantee de manera organizada y con rigor. Hay que considerar el acceso a la cultura como un derecho de todos, pero no se puede plantear ningún derecho, y menos en relación con la educación, que no lleve equiparado algún deber. No se debe subvencionar con plazas escolares el vandalismo y la delincuencia; los alumnos que cometan infracciones graves o que practiquen un boicot sistemático deben ser expulsados de los centros. Si no se les exige una determinada respuesta, sino sólo un tiempo de estancia, los jóvenes sentirán los colegios como cárceles, y los padres se dirigirán a los profesores no como a quienes colaboran con ellos en la educación de sus hijos, sino como los representantes de una administración que les ha impuesto una obligación que no les incumbe. Y por último, debe considerarse necesario que para pasar al curso siguiente haya que superar un determinado nivel en el anterior. Es absurdo convalidar un año de trabajo y estudio por dos de desinterés y vagancia. La idea de que el alumno debe ir pasando de curso, independientemente de su rendimiento, puede ser válida cuando tiene seis o siete años, pero llevarla hasta los umbrales de la vida adulta es demencial.