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El Ciervo 644 El Ciervo

La Logse es un desastre

por Enrique Moreno Castillo
El Ciervo nº 644, noviembre 2004

Número de páginas: 4
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Lo único que en el sistema actual puede animar a un alumno a que estudie y aprenda es el resultado final de la ESO: obtener el título a los dieciséis años. Pero para un chico de doce lo que ocurrirá cuando tenga dieciséis es parecido a lo que supone para un hombre de 30 lo que le sucederá cuando tenga 90. Por eso se crea una primera diferencia social muy visible: los alumnos de familias con cierto nivel cultural o al menos con algo de buen juicio, que transmiten a sus hijos la necesidad del estudio, y los que proceden de familias con más despreocupación en este terreno, los cuales van a las aulas obligadamente pero con el convencimiento de que allí no vale la pena hacer nada.
Naturalmente, el ideal de cualquier enseñanza sería que el incentivo fuesen los contenidos culturales mismos. Todo profesor desearía que los alumnos se entusiasmaran por el interés intrínseco de los saberes que intenta transmitirles. Y sin duda, la tarea pedagógica consiste en conseguir que resulten lo más atractivos e interesantes posible, y en contagiar el entusiasmo y la pasión que, en su caso, pueda sentir el profesor por aquello que enseña. Sabemos también que si el deseo de aprobar es el único aliciente de una asignatura árida y tediosa, no será suficiente para mover a los estudiantes. Pero montar toda una enseñanza partiendo de la base de que todos los profesores sabrán convencer a todos los alumnos para que se apasionen por todas las asignaturas es algo destinado al fracaso. Pensar que unos chicos de doce, trece o catorce años van a realizar un esfuerzo de aprendizaje y van a imponerse una disciplina de estudio por puro y desinteresado amor al saber es sencillamente delirante.
Los estudiantes entran en los institutos para cursar la ESO. Unos tienen una formación previa mejor y otros peor. Unos vienen animados por cierta curiosidad o inquietud cultural, gracias a sus familias, a sus anteriores maestros o a lo que sea, y están decididos a sacar partido de la enseñanza. Otros no tienen ningún deseo de hacerlo. Algunos están interesados en acabar la ESO y en proseguir estudios superiores; otros contemplan el final de la ESO y el cumplir los dieciséis años como la liberación de una condena.
Pues bien, se ha organizado una enseñanza en la que todos estos alumnos, juntos y al unísono, deben asistir a las clases, pero, como hemos visto, no tienen obligación alguna. Si trabajan y se esfuerzan, bien. Si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo. Si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer. Nada en su trabajo y en su comportamiento ofrecerá, propiamente, resultados. Hagan lo que hagan, no pueden ser expulsados, porque esta enseñanza es obligatoria y no son ellos ni sus padres los que han decidido su presencia en las aulas, sino la administración, representada, visiblemente, por los profesores. Es decir, que estamos educando a los ciudadanos desde los doce a los dieciséis en la más absoluta irresponsabilidad. Se habla más que nunca de la transmisión de valores; pero sabemos que las ideas y las actitudes morales no se transmiten por adoctrinamiento, sino por contagio. El que los alumnos sean educados en la solidaridad, el espíritu crítico y las actitudes democráticas, no es sino un piadoso deseo si estos valores no están emanando de las formas de vida colectivas y de las estructuras organizativas de los centros de enseñanza. Y en este sentido nuestra enseñanza está montada sobre dos "valores": la indolencia y la impunidad.
Si quieres, no aprendes
Si el alumno, desde los doce años, decide que no va a atender un segundo en clase, que no va a abrir un libro, que no va a hacer los deberes ni una vez, y que no va a aprender nada, seguirá pasando de un curso a otro como si tal cosa. No es de extrañar, pues, que muchos tomen esta decisión. Supongo que cualquier lector ajeno al mundo de la enseñanza podrá imaginarse lo que representa encontrarse en cuarto curso de la ESO con un hombretón de diecisiete que no ha asimilado en absoluto los contenidos de las matemáticas, de las lenguas ni de la historia desde primer curso.
En cuanto a los comportamientos, ocurre lo mismo, sólo que el problema es mucho más grave. De hecho, el mensaje que el sistema educativo transmite a los alumnos de ESO es que respetar al prójimo es moralmente mejor que no hacerlo, pero que la elección es cosa suya. Si decide, por el contrario, insultar a los profesores, amenazar a sus compañeros, boicotear la clase, destruir el material escolar o dedicarse directamente al robo y a la intimidación, qué le vamos a hacer. Claro que se le pueden proponer consideraciones de orden ético, se pueden comunicar los hechos a sus padres, incluso se le impondrán pequeños castigos simbólicos que probablemente no le dará la gana de cumplir. En cualquier caso, lo importante es esto: nada de lo que haga tendrá consecuencias para él, aparte de que irá consiguiendo cada vez mayor protagonismo. En definitiva, para educar a nuestros futuros ciudadanos hemos creado un territorio sin ley que, por razones obvias, es generador de violencia. La vida diaria de los institutos se ha convertido en una sucesión de incidentes, pequeños delitos, actos vandálicos, groserías. Quienes desempeñan cargos directivos han quedado casi al margen de toda tarea pedagógica, sobrepasados por los asuntos disciplinarios. Por otra parte, la mayoría de los profesores se ha resignado a recibir un trato humillante, o bien a actuar con una dosis de violencia verbal que los convierte en perpetuos energúmenos, cosa tampoco demasiado agradable.
Por mi parte, debo confesar que lo que más me descompone es tener que admitir que a cualquier compañera que intente poner un poco de orden en la clase se le pueda responder "que si no dejas de joder te vamos a romper el coño" o que cualquiera de nosotros pueda ser amedrentado con insultos y amenazas equivalentes. (No es necesario que los que defienden el sistema actual se interroguen sobre si hechos como éstos suceden realmente; basta que se pregunten si, a partir de los principios que propugnan, podrían no ocurrir). Con este panorama, cualquiera comprende que el oficio de profesor de enseñanza media ha pasado de ser algo complejo y laborioso a ser sencillamente horripilante.
Pero esto no es lo peor. A pesar de todo y por la maravillosa capacidad de supervivencia de la especie humana, aún hay quien en estas circunstancias enseña algo, hay quien aprende, hay alumnos que parecen encontrar en el estudio un medio de mejora; con muchos más obstáculos de lo que sería deseable, en medio de conflictos innecesarios y, desde luego, dejando en la cuneta a muchos que, en circunstancias propicias, conseguirían bastante más. Hay sin embargo un pequeño porcentaje de alumnos que no aprenden absolutamente nada. La ideología que rodea a la ESO gira en torno al principio de que el sistema debe concentrar todas sus energías sobre los más desfavorecidos en el terreno intelectual, de que hay que buscar las causas del fracaso escolar de cada individuo y atacar el mal en su raíz. Los psicólogos y los psicoterapeutas tienen aquí su lugar fundamental en la enseñanza. Y este deseo de sacar del atolladero a los que se encuentran en una situación inicial adversa no merece sino la más fervorosa adhesión.
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