La Logse (Ley Orgánica General del Sistema Educativo) es la ley que propugnó el gobierno socialista de Felipe González para reformar la educación escolar y alargar la enseñanza obligatoria de los 14 a los 16 años. El primer año de implantación progresiva de la reforma fue el curso 1993-94. Hace por tanto más de diez años y las primeras conclusiones del cambio pueden ser extraídas. Eso es lo que hace a continuación el profesor Enrique Moreno Castillo que, a partir de su experiencia y de su conocimiento detallado de la ley, nos cuenta el traspié que ha supuesto esta modificación para el futuro de los escolares españoles.
Mi experiencia como profesor de instituto me lleva a hacer un balance francamente negativo sobre la enseñanza actual. Creo que todo lo que ha producido la Logse, juzgado desde un punto de vista de izquierdas, ha sido regresivo y pernicioso, y que la enseñanza secundaria, al menos la pública, se halla en una situación de colapso. (Quiero aclarar que mi conocimiento se limita a lo que ocurre en Cataluña, aunque sospecho que no debe ser muy diferente de lo que pasa en el resto de España). Antes de la implantación de la Logse, la enseñanza pública competía en igualdad con la privada, de modo que muchas personas que hubieran podido pagar un centro privado optaban por enviar a sus hijos al instituto.
Ahora ha cambiado. Mientras los centros públicos deben aplicar a rajatabla las pautas y normas de la ley, con los lamentables resultados que veremos, los centros privados tienen un cierto margen de maniobra que les permite soslayar algunas de sus peores consecuencias. Esto ha producido una deserción masiva de la enseñanza pública por parte de las clases medias y de los sectores intelectuales, los cuales, advirtiendo el desastre, han optado, quizá con resignación, por la privada.
El abismo que se ha abierto entre los dos tipos de enseñanza es cada vez más hondo; la mayoría de la población percibe que la enseñanza propiamente dicha es la privada, mientras que los institutos han pasado a ser centros para clases modestas e inmigrantes, además de para los hijos de esos pocos ciudadanos inasequibles al desaliento que, por principios, persisten en su opción por la pública. Y esto, con ser grave, no lo sería tanto si los institutos pudieran ofrecer una enseñanza digna, objetivo que se ha vuelto imposible.
Es curioso que, aunque parece que la mayoría de la población ha detectado este estado de cosas, el discurso público actúa como si nada pasara y sigue hablando de espaldas a la realidad. Los que tomamos parte de una manera directa en la enseñaza sufrimos esa sensación un poco alucinante de experimentar una determinada situación y, al mismo tiempo, oír opinar sobre ella a políticos y periodistas de una manera que nada tiene que ver con lo que estamos viendo. Nunca se ha hablado tanto de la calidad de la enseñanza, y pocas veces la enseñanza ha tenido un nivel más bajo. Nunca se ha hablado tanto de la transmisión de valores morales en las aulas, y nunca las actitudes y los comportamientos habían llegado a tal extremo de degradación y de envilecimiento.
Por poner un ejemplo concreto de este abismo entre la discusión pública y la realidad, recordemos que, en las últimas elecciones, uno de los contenciosos entre el PP y el PSOE fue el problema de los llamados "itinerarios", que el gobierno anterior pretendía imponer y que el actual ha suprimido. Se trataba de hacer grupos especiales en cada curso con los alumnos menos aprovechados y darles una enseñanza más encaminada hacia salidas profesionales. Los medios progresistas protestaron contra la discriminación que suponía esta medida. Probablemente los itinerarios no iban a resolver gran cosa, pero resulta un poco absurdo hacer de ello un problema cuando, en realidad, no venían más que a dar carta de naturaleza a lo que se viene haciendo desde hace años en la mayoría de los centros y a lo que se seguirá haciendo sin duda en el futuro: distribuir a los alumnos de cada curso en diversos grupos según sus niveles, no por otro motivo que el de hacer que la enseñanza no sea del todo imposible. Los que clamaban contra la discriminación que los itinerarios suponían, hablaban como alternativa preferible de los grupos de refuerzo o de apoyo, que ya existen y que en realidad son prácticamente lo mismo que los itinerarios, por lo que habría que considerarlos igualmente discriminatorios.
La discriminación que tiene lugar entre los alumnos de ESO es gravísima, pero nada tiene que ver con lo que se estaba discutiendo. Se trataba de una pugna entre partidos, en los que cada uno esgrimía una fórmula meramente verbal, sin relación alguna con la realidad. No es demasiado alentador verse convertido en objeto arrojadizo cuando a ninguno de los contendientes, que son en definitiva los responsables de la situación, le interesa gran cosa el contenido de lo que se está dirimiendo, sobre todo si se tiene el convencimiento de que detrás del ruido de la polémica, entre los políticos de todas las tendencias hay una tácita unanimidad: todos defendemos la enseñanza pública, pero a mi hijo ni en sueños pienso mandarlo a estudiar a un instituto; todos defendemos los más extremosos presupuestos de nuestra renovación pedagógica, pero ya me cuidaré de que me hijo disfrute lo menos posible de esas maravillas.
Como se sabe, lo esencial de la reforma instaurada por la Logse consiste en que la enseñanza, que hasta entonces era obligatoria hasta los catorce años, ahora lo es hasta los dieciséis, y en que, además, esta enseñanza obligatoria es la misma para todos los alumnos. La antigua enseñanza hasta los catorce se impartía en los centros de básica; los alumnos que superaban la básica podían seguir el bachillerato, y los que no, podían entrar en las escuelas de formación profesional. Ahora todos abandonan las escuelas dos años antes y entran en los centros de enseñanza media a los doce, para estudiar los cuatro cursos de la ESO.
Según el diseño original, al finalizar el primero de la ESO, todos los alumnos pasan automáticamente a segundo. Si en segundo no alcanzan el nivel adecuado, pueden repetir curso, pero sólo una vez. Finalizada esta repetición, sea cual haya sido su rendimiento, pasan a tercero, curso desde el que se accede también automáticamente a cuarto, el cual, al igual que segundo, sí que es repetible.
Una vez acabada la ESO, los alumnos que aprueben, por así decirlo, y obtengan el título, podrán estudiar bachillerato o formación profesional, de acuerdo con su propia elección. Los que no lo obtengan, finalizarán aquí su vida académica.
Este sistema plantea algunos problemas gravísimos. La enseñanza no sólo ha de ofrecer a los alumnos un conjunto de saberes y hábitos intelectuales, sino que tiene también que crear los incentivos para que los estudiantes se interesen por los contenidos que se les proponen y se animen a realizar el esfuerzo necesario para asimilarlos. La Logse obliga a todos los ciudadanos de doce a dieciséis años a ingresar en las aulas, pero les priva de todo acicate y estímulo. Si el alumno de primero se desinteresa de los estudios y no se esfuerza en absoluto, no importa, pasará de todas maneras a segundo. Si en segundo hace lo mismo, tampoco importa: basta que vuelva a cursar segundo, y durante ese tiempo sí que ya es irrelevante lo que haga, pues el paso a tercero está garantizado. Recuerdo un grupo de segundo que impartí hace un par de años en el que predominaban los repetidores.
Naturalmente, la mayoría no sólo no hacía absolutamente nada, sino que muchos faltaban con frecuencia a clase y algunos ni se presentaban a los exámenes. Lo grave es que, dadas las premisas demenciales del sistema, yo acababa por comprenderlos y estar de acuerdo con ellos. ¿Por qué presentarse a un examen, si de todas maneras se va a pasar de curso?