E. Almeda: Las mulas, una vez detenidas, pasan a prisión preventiva. Les dan la sentencia firme al cabo de un año y medio y, como no conocen a nadie para aprovechar los permisos de fin de semana, no salen hasta al cabo de cinco años, excepto en los casos en que alguna asociación -normalmente de monjas- se ocupa de ellas. Tras los nueve años, si acreditan que tienen novio o novia, que trabajan y que está empadronada en un barrio, el juez puede hacer la vista gorda y dejarle cumplir aquí la libertad condicional. Pero a la mayoría las expulsan. Es decir, estamos pagando 1.800 euros al mes durante nueve años para que luego las expulsen.
J. Rubio: El extranjero cumple dos condenas: primero en prisión y luego otra por ser extranjero. Y eso que uno de los principios del código penal es no permitir la doble condena. O sea que no sólo los metemos en prisión por el delito que han cometido, sino que como han entrado de forma ilegal los expulsamos, lo que constituye dos condenas.
E. Almeda: Hay que aclarar que en los casos en que la pena es menor de seis años, te expulsan directamente y no te meten en la cárcel. Pero si es mayor, como en el caso de las mulas, te meten en la cárcel y luego te expulsan.
J. Pérez: ¿Pero si las expulsan directamente, al llegar a su país van a la cárcel?
E. Almeda: No. Las extranjeras presas representan el 22 por ciento de la población reclusa, de estas el 90 por ciento son colombianas, el resto ecuatorianas y alguna filipina.
J. Pérez: Es decir, casi todas las presas extranjeras son mulas.
E. Almeda: Todas. Los hombres en cambio son sobre todo magrebíes y latinoamericanos. En los hombres no hay mulas, sino que son traficantes ilegales que ya ‘trabajan' aquí.
La droga en España
J. Delás: A mí me gustaría hablar de cuando la droga ya está en España y cómo se trafica en nuestras ciudades. Porque el tráfico de drogas a pequeña escala está tolerado. Es decir, en todas partes hay algún barrio o zona identificadas donde los camellos venden sin problemas. Estos venden a personas adictas que necesitan unos 30 euros diarios para obtener la dosis de droga. Así que toleramos la compraventa de droga sabiendo que ese dinero procede de limosnas, prostitución o, en la mayoría de casos, delincuencia. Así que podemos acabar diciendo que los traficantes son terapeutas, porque si ahora hicieras una redada y todos los vendedores desaparecieran, se crearía un caos: los adictos no tendrían droga. Desde un punto de vista realista, la suma de recursos que tenemos más el tráfico tolerado de drogas da como resultado el statu quo actual. Y esto es muy fuerte.
M. Rovira: Es cierto que hay una cierta tolerancia con la droga. Sobre todo para evitar los conflictos: si toleramos los vendedores nos evitamos problemas con los drogadictos. Algo parecido sucede en los centros penitenciarios. Del mismo modo, hay también un rechazo desde el asociacionismo vecinal contra la aparición de nuevos centros de rehabilitación. En Barcelona hubo un caso en un barrio dónde el Ayuntamiento quiso instalar un centro de seguimiento de toxicomanías. Los vecinos se rebelaron hasta llegar a tapiar la puerta. Como resultado se limitó el centro al tratamiento de la adicción al alcohol y al tabaco. La decisión municipal incial era acercar el centro rehabilitador y de tratamiento a la población con problemas de droga. El alejarlo de su residencia es poner más trabas a la difícil rehabilitación. La clave es integrar. El enfrentamiento a las asociaciones de vecinos hace perder votos a los responsables del distrito.
J. Pérez: Pero es mucho más barato que mantener a un preso.
E. Almeda: Sí, pero si tú no lo explicas, la gente siempre preferirá tenerlo encerrado. Una vez con unos estudiantes hice una encuesta. Explicábamos lo caro que era encerrar a alguien en la cárcel y lo barato que era mantenerlo en un piso tutelado. La mayoría de los encuestados se replanteaba sus opiniones.
J. Pérez: Sí, pero si les decías que el piso tutelado estaría en el mismo rellano que el suyo, ¿qué decían?
E. Almeda: Pues les decía que en Richmond Park, el barrio rico de Londres, donde votan a los conservado res, algunas familias acogen a un chico o chica que cumple una medida alternativa, como trabajos para la comunidad: ayudar a pintar la casa, arreglar el jardín comunitario. Por eso también en España estamos en el año de la catapún. Falta sensibilidad.
J. Pérez: ¿Cuál sería la solución para recuperar los guetos donde se trafica?
J. Delás: Requiere un esfuerzo presupuestario. Cuando alguien publica que hay una gran lista de espera de prótesis de rodilla o de cataratas, la Administración corre a subsanarla. Pero como de las listas de espera de los drogadictos nadie se queja, pues no se arreglan. ¿Y qué se hace? Pues mantener el statu quo. Si analizamos la política de drogas en España de los últimos quince años seguirá en gran parte igual. Y no se soluciona debido a la falta de presión social. La solución pasa pues por el aumento de la inversión en el aspecto social.
J. Pérez: ¿Pero cómo haces que un drogadicto acuda al centro?
J. Delás: Pero el problema es que si hoy alguien decide que está harta de drogarse y ve como su solución el tratamiento debe saber que la lista de espera superará el mes, como mínimo. Pero encerrarlo en la cárcel tampoco es solución. Hace dos años, alquilar una inyección en prisión costaba 12 euros pero eso implica que antes la aguja la ha utilizado otra persona. Esto supone un riesgo muy elevado en transmisión de enfermedades como la hepatitis C, altamente contagiosa.
M. Rovira: Aquí nos encontramos con un problema de prevención y también es un papel importante sanitario penitenciario el diseñar e implantar pro gramas preventivos. Hay que evitar que el preso salga de la cárcel encima con otras patologías.
J. Pérez: ¿La única solución para que alguien abandone las drogas es que un día se levante y diga: ‘quiero dejarlo'?
M. Rovira: Por supuesto.
J. Rubio: Yo que soy fumadora sé que no sirve de nada que alguien me diga que debo dejarlo. Tiene que salir de mí. Debemos ir de abajo arriba. A mi hija de 11 años quiero poder enseñarle lo crudo que es la droga. Si tú vas a una reunión de padres y los únicos temas que aparentemente preocupan son la organización de los aspectos lúdicos y festivos, me parece patético. Los padres tienen que preocuparse de enseñar los aspectos duros de la vida a sus hijos, en su beneficio. Hay vídeos que un niño de seis años no puede ver, pero uno que ya empieza la Eso, ¿por qué no? Desde el principio nos tienen que enseñar a todos.
E. Almeda: Hay que hablar con la gente del barrio. Tenemos unos políticos que no están preparados para dialogar, para explicar a la gente el problema que tenemos.
M. Rovira: Es mucho más complicado. Imponer un programa diseñado en cualquier despacho es mucho más fácil que recoger cuáles son las necesidades. Como ocurre por ejemplo con el conflicto de los `sin papeles'. Con dificultad se acercará a un centro cuando tiene otros problemas más emergentes y urgentes, en muchas ocasiones su problema con la droga es de reciente debut en nuestra sociedad de acogida.
J. Rubio: El problema central es que todo el mundo sabe que existe la delincuencia pero cuando se trata de debatir nos quedamos en la superficie. Hay temas que no son gratos, v precisamente por eso la sociedad quiere encerrar y olvidar a los presos v; si es posible, tirar la llave.