M. Rovira: Privar de libertad es una forma de muerte, ya que restringimos uno de los principios de la dignidad. Hay una mala profesionalización dentro de los centros, seguramente porque hay un sentimiento de frustración. Yo sería incapaz de trabajar los 365 días del año. Una anécdota que me pasó en la guardia de 24 horas del pasado sábado, de unas 80 asistencias. De esas 80, la única que fue una urgencia, la realicé a un enfermo de artritis séptica a las dos de la madrugada, cuando el funcionario no sabía si despertarme o no para atenderle. Y era necesario porque el chaval estaba a 39º de fiebre. Mientras, las otras 79 asistencias fueron problemas relacionados con medicación psicotrópica o problemas que justificaran la baja en celda para que los presos pudieran quedarse en ella en lugar de salir al patio a pleno sol. Desde un punto de vista sanitario nuestro rol consiste en tutelar la salud del interno, y esto implica la supervisión de las sanciones. En ocasiones te identifican como elemento represor, ya que en tu mano está el disculparlo de cumplir determinadas órdenes regimentales por motivo de salud.
E. Almeda: Tendríamos que distinguir también entre las cárceles pequeñas, generalmente antiguas, y las macrocárceles. Por ejemplo, la Modelo, cárcel de 1904 para 700 presos, tiene hoy recluidos a unos dos mil y pico: siete por celda. A pesar de ello, y lo he visto en mis investigaciones, algunos presos prefieren ir a la Modelo porque tiene la inercia de las viejas cárceles, que funcionan desde hace mucho tiempo, que están en el centro de la ciudad, que facilitan la reinserción y, por sus dimensiones, permiten más contacto entre los mismo internos y se crea un sentido de comunidad. Al contrario, las macroprisiones de la década socialista de los 80, como Quatre Camins, Brians, Alcalá de Guadaira, Topas, Brievas o Soto del Real -con capacidad para unas 1.500 personas- son cárceles con tecnología punta, un control muy riguroso. Aquí no hay contacto entre los carcelarios y los presos o entre los mismos internos.
M. Rovira: La población de internos dentro del centro de preventivos es más dinámica, y también hay una distribución en comunidades en función de su origen, que les permite una mayor sociabilización. Dentro de las galerías de la Modelo están las subpoblaciones de los paquistaníes, de los magrebíes, etc.
Un día en la cárcel
J. Pérez: ¿Cómo es un día en la vida de un preso?
E. Almeda: Al preso primero hay que colocarlo en primer, segundo o tercer grado; la mayoría está en régimen ordinario o segundo grado.
J. Pérez: ¿Los grados dependen del peligro del preso?
E. Almeda: Sí. Pero la mayoría van al ordinario -el segundo. Habitualmente su régimen de vida es el siguiente: se levantan hacia las siete y media, desayunan y después participan en talleres o la escuela -que es quizá lo que funciona mejor-, a muchos presos les sirve para aprender a leer y escribir. Por la mañana hacen también algún programa de toxicomanía o deportes con el equipo de tratamiento. Luego, cada galería tiene su propio patio y comedor. Todo está clasificado.
J. Rubio: Hay que explicar que un preso preventivo -a la espera de condena- no está calificado y consecuentemente, no tiene acceso a las prestaciones de la prisión ni puede acceder a todos los espacios. El preso que cumple una condena en firme, con juicio, pasa a formar parte de la población penada, con su estadística cruda. Entonces tiene ya su baremo y liquidación de lo que ha cumplido y lo que le queda. Recuerdo la primera vez que leí una hoja de liquidación de condena, me recordó un extracto de un banco y decías ¿pero estoy hablando de días de vida de una persona?
J. Pérez: ¿Y la actividad que hace cada cual en la cárcel la escoge el preso?
E. Almeda: No. Lo escoge el equipo de tratamiento. A ver, en una cárcel está el equipo de régimen, que son los que tienen básicamente el objetivo de hacer cumplir la custodia y la disciplina. Y luego está el equipo de tratamiento, cuya finalidad es organizar las actividades y los programas para conseguir la reintegración. Este segundo equipo está formado por un psicólogo, un médico, un criminólogo, un educador social, un trabajador social y un monitor de deportes, y algún otro profesional. Cada uno de estos equipos lleva aproximadamente 200 presos.
J. Pérez: ¿Y el equipo de tratamiento qué hace?
E. Almeda: El médico entre otras cosas receta medicamentos, pero el psicólogo y el criminólogo cogen a cada uno de los presos y por ejemplo les dicen: ‘A ver, tú estas en la cuarta fase de tu condena de segundo grado. Ahora puedes ya salir de permiso, aunque como no has cumplido lo que acordamos -falta de visitas, sanciones disciplinarias, falta de asistencia al taller-, tienes una sanción'.
J. Rubio: Tiempo atrás, cuando no se ganaban tantos votos diciendo que alguien cumpliría toda la pena, existía una condonación de la pena, mediante la que por cada día que cumplías condonaban dos. Con la aprobación del código el año 96, se restringió esta situación y se transformó en la fórmula: ‘Cuanto más activo seas, más te condonaremos', aunque parece ser que no fue acompañado de un incremento de las actividades. No hay mucha oferta de actividad y además están alejadas de la realidad social.
J. Pérez: ¿Y a partir del 96 cómo se hace la reducción de pena?
J. Rubio: Existen una serie de trabajos y cursillos con los que uno parece ganar créditos. Pero no tantos como antes.
E. Almeda: Y eso que es un código penal aprobado por los socialistas en el 95. Los delitos contra la salud pública pasaron de seis a nueve años. Así, el pequeño tráfico de drogas que en muchos casos cometen las mujeres está mucho más penado.
Nueve años para la mula
J. Rubio: Comparativamente hablando la pena que se aplica en un caso de tráfico de drogas, en función del tipo y cantidad de drogas, es comparable con la que conllevaría un homicidio. Este es el caso de las personas que son detenidas, por ejemplo, en el aeropuerto con droga en el interior de su organismo, también conocidos como bolilleros.
E. Almeda: También se les llama correos o mulas, que son en muchos casos mujeres colombianas que llevan dos o tres kilos de droga a otro país por dinero, y que tienen que enfrentarse a nueve años de cárcel. Mientras sigamos siendo incapaces de crear un castigo más humano que las cárceles, deberíamos imponer un derecho penal mínimo sólo para los delitos en que de momento, por nuestra falta de conocimiento, no encontremos soluciones.
J. Pérez: ¿Así que a un asesino en serie le caen diez años y a una mula, nueve?
E. Almeda: Sí, y eso que para la mula, normalmente, ese es su primer delito, es madre soltera, huye de la necesidad; simplemente necesita el dinero para su familia o para pagar una deuda, y le han ofrecido una cantidad elevada de dinero. Ella es el último eslabón en la cadena pero es a la que detienen con los chivatazos. En Barajas, los policías la están esperando y a su lado se cuela otro con la maleta llena de droga, que es el verdadero alijo que entra.
J. Rubio: Uno de los últimos casos de derecho penal que llevé fue el de un chico colombiano que venía con 900 gramos de bolas de cocaína en el cuerpo. Y el propio policía hablaba con él muy educadamente diciéndole: ‘Tú eres el último mono; sabemos que antes o después de ti ha pasado uno con bastante más de lo que tú llevas'.