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El Ciervo 640-641 El Ciervo

¿Cómo se imagina usted el cielo?

por Varios Autores
El Ciervo nº 640-641, julio-agosto 2004

Número de páginas: 3
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Vicente Gallego

Quien lo busque, lo pierde

Imaginar el cielo ha llevado a la humanidad por mal camino desde hace milenios. Los comerciales de todas las religiones institucionalizadas que en el mundo han sido se han empeñado en vendernos un paraíso hecho a la medida de nuestras entendederas. Por su parte, los místicos de todos los tiempos y latitudes se han desgañitado repitiendo que busquemos, que no aceptemos nada de segunda mano, que sólo nuestra experiencia de la divinidad puede ser válida y que el único dios verdadero está dentro de nosotros. Imaginar el cielo estimula la mecánica de nuestra mente, que puede seguir proyectando y deseando, y que debe, por consiguiente, seguir sufriendo reveses y desengaños. Si existe un paraíso, desde luego no podemos imaginarlo; y si podemos imaginarlo, ya estamos hablando de algo humano. El hombre, en su ansia de conquista, ha pretendido medir, pintar y domesticar a Dios y, de paso, abrir su casa celestial de par en par para que entren los reporteros y le saquen unas fotos. ¿Cual es el tipo de paraíso verdadero, el de san Agustín, el de Lutero, el de Mahoma, el banquete de Odín de los vikingos? Y lo peor es que somos muy capaces de matarnos los unos a los otros si surge un desacuerdo con respecto a la decoración del recibidor de la casa guardada por San Pedro. Yo no imagino el cielo, como no imagino el amor y no imagino el poema. El amor se manifiesta, el poema se revela, y a veces en la música del verso, al amparo de la carne, hallamos la morada, el instante eterno de cumplirnos en paz. Quien busque conquistar el paraíso ha de perderlo. Dios es rendición, confiado abandono al gran silencio misterioso.
Poeta
 
Salvador Giner
Las pasiones durarán poco
La manía de preguntar a sus lectores es una de las facetas más atractivas de El Ciervo . Hete aquí que una revista a la que le faltan varias cosas pero a la que le sobran ideas cae en el noble vicio de enterarse de lo que la gente piensa. A veces, sin embargo, sus intrépidos directores se ponen un poco difíciles. Este año, rodeados como estamos de cataclismos nos lo ponen más difícil todavía. Uno esperaba alguna pregunta sobre la tortura, el terrorismo, el hambre. O por lo menos sobre el infierno, que tan bien emulamos los mortales, para envidia del mismo Lucifer. Pues no. Preguntan sobre la celestial morada. Y se quedan tan tranquilos.
A no dudarlo algunas de las respuestas que reciba nuestra cerval revista dirán que no es posible imaginar de veras el cielo. Es demasiado sublime para ser entendido. En todo caso los fieles de alguna de las religiones predominantes no lo tienen mal del todo: sus textos sacros son bastante explícitos, aunque lo que dicen suele ser algo abstracto. Según varias Escrituras, el cielo es un sitio (por decirlo en pobres términos humanos de imaginario lugar) tan sublime que faltan palabras para describirlo. Con el mayor respeto hacia ellos, les recuerdo que los de más roma inteligencia tenemos dificultades para comprender el asunto, al menos en los términos en que nos fue enseñado en nuestros años mozos por nuestros mentores en materia de religión teológica, o bien en materia de religión ideológica.
A pesar de esas dificultades de comprensión que jamás logré superar, resulta que lo tengo bastante fácil para responder a la encuesta. No voy a aumentar el habitual montón de los "no sabe/no contesta". Albricias. Como politeísta convicto y confeso, como pagano de estricta desobediencia, puedo explicar a los lectores de El Ciervo sin problemas epistemológicos ni teológicos de envergadura cómo imagino la celestial morada. Sólo me preocupa una cosa, que tras esta declaración pública de conocimiento cierto el consejo de redacción de mi revista me expulse sin miramientos del consejo editorial.
No se fíen ustedes de los politeístas como yo: no todos decimos lo mismo. (Convendrán conmigo, empero, en que esa es una de las ventajas del paganismo.) No obstante compartimos más o menos algunas cosas y tal vez eso permita que me haga entender. Por ejemplo, todos los paganos le tenemos bastante respeto a Zeus. A Afrodita se lo tenemos unos mucho y otros menos. Por mi parte desde que me enteré por Quevedo de que Plutón tenía unas zahurdas excelentes, empecé a tenerle un cierto afecto al cielo pagano. Ya ven que la tolerante variedad de nuestro panteón permite el disenso sin aspavientos ni persecuciones. Pero no piensen que somos relativistas ni descreídos, sólo creemos de modos distintos entre nosotros. Así que, por favor, un respeto. En lo del cielo estamos bastante de acuerdo todos.
So pena de contar lo ya conocido, les diré que el cielo que se imagina un buen pagano es, por lo pronto, un sitio bastante sólido: con valles, ríos, montes y ciudades. (Eso sí, sin telefoninos, ni internet, ni aeropuertos, ni corridas de toros. No hay horrores.) Tan sólido que si ruerit coelum, multae caperentur alaude, es decir, para los que no sepan latín, que si se cayera el cielo muchas serían la alondras atrapadas por su peso. En otras palabras, los paganos nos lo imaginamos palpable. Precisamente por ello nos asaltan dudas sobre lo del Valle de Josafat, porque nos gusta pisar suelo, tierra firme. Nada de cuerpos flotantes entre nubes.
El cielo de los politeístas es entretenido: no está libre de humanas pasiones, a las que los dioses no son ajenos, de modo que la conspiración, los concubinatos, las traiciones y hasta las puñaladas traperas son bastante corrientes. Ello tiene algunos inconvenientes, pero dos ventajas. A saber, una, que al ser todos inmortales poco duran esos males. Se curan las heridas, se cambia de concubino -o de concubina-, se muda uno de vocación: el pescador se hace zapatero, el pintor se hace poeta. La segunda ventaja, que se sigue de esta, es que no hay lugar para el tedio. No me digan que no es eso sensacional. Si a ello le añaden que no hay que pagar hipotecas, sufrir muertes indignas (en el cielo la eutanasia está permitida, pero no hace falta), presenciar o sufrir constantemente la barbarie, ni enfrentarse con la pobreza, convendrán conmigo en que el nuestro es un cielo excelente. Se parece mucho, pero que mucho, al mundo humano: pero sin sus extremas, imperdonables miserias.
Les invito a ustedes a que se conviertan al paganismo. Para empezar podrán elegir el cielo que prefieran, mientras sea comprensible, con hechura humana, y sin demasiada, insoportable barbarie. La cosa tiene todas las ventajas: en el cielo pagano, hasta tenemos algunos que, porque así lo han deseado, se han dedicado a imaginar, serena y libremente, el otro cielo.
Catedrático de Sociología
 
Raúl Guerra Garrido
Un hotel de muchas estrellas
El lugar es como un hotel de muchas estrellas y, lógicamente, no sé por qué me parece lógico pero me lo parece, está pintado de azul.
El vestíbulo es amplísimo y no obstante acogedor. El recepcionista es un joven chino, un tanto hierático, que viste un impecable frac gris perla y me recibe junto a los tres únicos objetos que amueblan tan vasto espacio: un contenedor, una papelera y un olvido. No habla mi idioma pero su pálida voz es la de la telepatía, nos entendemos sin necesidad de intérprete. Me saluda por mi nombre de pila y me va indicando el protocolo a seguir.
En el contenedor he de depositar la chatarra: reloj, móvil, llaves, calculadora, magnum, prótesis... En la papelera lo obvio: deneí, tarjeta de crédito, tarjetas de visita, billetes, bonobús, foto de la novia... En el olvido los números que me configuraban: teléfono, matrícula del coche, documento de identidad, fecha de nacimiento, acceso al domicilio, veinte dígitos de una cuenta corriente... Lo hago con sumo gusto.
Número de páginas: 3
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