En definitiva, otra economía es posible cuando se contemplan otras motivaciones, centralidades, finalidades, regulaciones, dimensiones e instituciones que permiten alumbrar otras conductas sociales. No cabe excluir de la sociedad humana comportamientos morales, solidarios o altruistas. El protagonismo de unos u otros dependerá, en gran medida, del tipo de sociedad en que se viva. En sociedades competitivas, los comportamientos egocéntricos suelen tener más éxito que aquellos otros basados en la reciprocidad y la ayuda mutua, pero una sociedad caracterizada por la cooperación tenderá a favorecer los comportamientos altruistas en detrimento de los egoístas. En consecuencia, la inclinación hacia la solidaridad o hacia el egoísmo no es en absoluto algo intrínseco de las personas.
Depende en gran medida de los contextos y de las normas e instituciones con las que nos regulemos. Esto plantea la exigencia de un trabajo colectivo de diseño de esas normas e instituciones, tarea que es eminentemente política y que necesita ensayo y experimentación, además del cultivo de una determinada cultura moral.
De ahí el valor de las experiencias de la economía solidaria, que si bien aún no tienen una gran trascendencia desde un punto de vista macroeconómico, ofrecen en un plano micro valiosas enseñanzas. La economía solidaria replantea el sentido y la finalidad de la empresa como institución social, lo que equivale a repensar sus fundamentos (esto es, cómo se combina el ejercicio de la libre iniciativa con los diferentes tipos de propiedad, con el carácter social del trabajo y las necesidades de la colectividad), sus normas de organización (en relación con la participación en la toma de decisiones y distribución de los excedentes) y sus principios de funcionamiento y responsabilidad (no sólo frente a propietarios y trabajadores, sino también frente a un círculo más amplio formado por proveedores, clientes y, en general, la comunidad en la que se inserta). La democratización de la empresa se contempla, desde esta perspectiva, como base para la extensión de un orden democrático más amplio.
Está por ver en qué medida ese vínculo entre autoorganización del trabajo y democratización de la sociedad es sólido y practicable. Quedan todavía muchas cuestiones por abordar, en especial, repensar el papel del Estado con el fin de que pueda, no sólo impulsar la expansión y articulación de las diferentes experiencias a lo largo de los distintos momentos del ciclo de la actividad económica (las finanzas, la producción, la comercialización y el consumo), sino también favorecer que la economía solidaria se dote de una lógica sistémica de reproducción que permita su desarrollo a lo largo del tiempo como una alternativa al capitalismo.
[ 2 ] Y queda repensar la función del Estado para que, si se lograra lo anterior, la intervención pública no sofoque la vitalidad de una sociedad civil de la que dependen estas prácticasal estar arraigadas en lo más profundo del tejido comunitario.