Las crisis económicas afectan profundamente al mundo del trabajo, y no sólo porque en el intervalo de una recesión se destruya empleo y se incremente de forma considerable la tasa de paro, sino también porque las estrategias individuales que se adoptan para afrontar las pérdidas de ingreso y bienestar que la propia crisis genera terminan por influir en la valoración, redistribución y organización del conjunto de los tiempos y actividades de la vida de las personas.
El capitalismo (y, en general, el productivismo) ha alentado una concepción del trabajo meramente instrumental y, como consecuencia, un tipo de sujeto trabajador coaccionado por el cumplimiento de los objetivos y ajeno a y despreocupado por los procesos que llevan a esos resultados. Esa representación del trabajo se refleja perfectamente en la visión económica ortodoxa, que apenas dice nada del trabajo como fuente directa de satisfacción. En términos de análisis formal, el funcionamiento del modelo es independiente de quién realice la actividad, de si esta es objetivamente agotadora o manifiestamente liviana, sin importar si en su transcurso se preserva o destruye el entorno social y natural. Tampoco están presentes en esa visión las condiciones y formas de organización del trabajo que, bajo determinadas instituciones y relaciones sociales, afectan al papel del trabajo como fuente de satisfacción humana.
Sólo sustrayéndose de semejante abstracción, y recurriendo a otros enfoques, es posible discernir cabalmente sobre el alcance de lo que significa el trabajo para la comprensión del mundo presente. No hay duda de que la fuerza de trabajo asalariada constituye un componente esencial de la naturaleza y el funcionamiento del sistema económico capitalista. Quien quiera comprender el capitalismo no podrá pasar por encima de esta consideración. Pero para el complejo proceso de reproducción social, el trabajo mediado por el vínculo salarial no resulta suficiente. En este sentido, la aportación del pensamiento feminista se muestra crucial para reconocer en el trabajo algo más que su expresión mercantil bajo la forma de una ocupación retribuida. No solo es un error reducir la noción de trabajo a la del empleo mercantil, sino que además esta impropia asociación ha favorecido que, durante demasiado tiempo, numerosas actividades que resultan centrales para el bienestar de las personas y la reproducción de las sociedades permanecieran ocultas y desvaloradas socialmente.
De la mano de la crítica de la economía política surgen también claves que enriquecen las reflexiones en torno a la noción de trabajo. Marx percibía en el trabajo una dimensión específicamente humana. Parte del supuesto -según señala en El Capital- de que el trabajo pertenece exclusivamente al ser humano: «una araña ejecuta operaciones que semejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en el que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro».1 El trabajo se caracteriza, por un lado, por ser una actividad prospectiva que va precedida por la conciencia de sus fines y, por otro, por su carácter social. Gracias a esos rasgos, el ser humano puede ser capaz de superar los apremios del instinto y de la necesidad biológica más inmediata y crear su propia historia.
Pero también fue Marx quien habló de la alienación del trabajo al señalar que bajo ciertas condiciones sociohistóricas quedaba mutilada esa dimensión propiamente humana. ¿Tiene sentido pensar en algo parecido para el momento actual? Más allá del hecho objetivo de que la mayoría de los trabajadores sigan -también hoy y, en cierta manera, más que nunca separados de los medios de producción, del control de su actividad y de los productos de su trabajo (en cuanto que pertenecen a otro, que manda "desde afuera" y "desde arriba"), ¿podríamos pensar en algo así como una teoría de la infelicidad o de la insatisfacción asociada al trabajo asalariado en la media en que en las sociedades contemporáneas aquel no parece que sea una fuente directa de estimulación y gratificación sino, más bien al contrario, un principio inagotable de malestar y de corrosión del carácter?
Ante este interrogante se suele señalar sin ninguna demora que aquella característica con la que se suele definir a una actividad no alienada, la creatividad humana, está más presente que nunca en las llamadas sociedades de la información y el conocimiento. Es posible, aunque no deja de llamar la atención, cómo a pesar de ello la gran mayoría sigue concibiendo el trabajo como un mero instrumento para conseguir otros objetivos (dinero, fama, poder, etc.), y escasas veces como un proceso que genera su propia gratificación, como algo en que tan importante como los resultados es la recompensa por la buena realización de la tarea. Siendo así las cosas, el referente del trabajador contemporáneo parece estar más cercano da la figura del consumidor (sujeto insaciable sólo interesado por nuevos productos finales) que da la del artesano (para quien la motivación básica es el trabajo bien hecho y su atención se centra en la naturaleza de la tarea o de la actividad que se trae entre manos). Por este carácter instrumental que se le concede al trabajo no debe extrañar que se huya como de la peste de aquellas tareas desprovistas de remuneración y reconocimiento social, que por añadidura suelen ser además las más laboriosas.