Nicolas Poussin (Les Andelys, 1594 - Roma, 1665) se encuentra sin ninguna duda entre los más grandes artistas de su siglo, al lado de Rembrandt y de Rubens, de Velázquez y de Bernini. Su carrera se desarrolló esencialmente en Roma. Pintó poco, fue admirado desde 1630 en toda Europa y conoció una gloria que no se ha visto nunca menoscabada. Si bien su obra es de difícil lectura y no se rinde a la primera mirada, Poussin ha sido siempre admirado por los artistas, que han visto en su obra un ejemplo y un modelo. Y en efecto, con el único recurso de su pincel, Poussin supo retratar las grandes emociones humanas, los momentos principales de una vida: la ingratitud, los azares afortunados y desafortunados de cualquier existencia, las circunstancias del amor, la presencia de la muerte, la fatalidad, el desamparo...
Desde 1960, la obra de Poussin ha sido objeto de numerosas exposiciones monográficas, en Francia sobre todo, pero también en Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania. Estas exposiciones han pretendido, todas ellas, comprender mejor la carrera del pintor y del dibujante, estudiar la evolución de su estilo, separar los cuadros cuya atribución era segura de las copias y de las obras que se le habían atribuido erróneamente en el pasado. Se ha intentado así reconstruir una imagen más precisa de un pintor cuya fama desde el siglo XVII ha sido tal que se le había adjudicado un número considerable de cuadros y de dibujos que no le correspondían y que se atribuyen actualmente a hábiles imitadores y a falsificadores o plagiarios.
La exposición Poussin y la naturaleza , mostrada en el Museo de Bellas Artes de Bilbao y expuesta ahora en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, tiene otra ambición. Está consagrada a un solo aspecto, a una faceta de la obra de Poussin; un aspecto, convendremos, esencial: la naturaleza . La naturaleza y no el paisaje.
Un pintor paisajista copia aquello que tiene ante los ojos. Desea plasmar con detalle lo que ve, los accidentes del terreno, el sol que baña las colinas y los pequeños valles, la luz de la mañana o de la tarde, del verano o del otoño. Ciertamente, Poussin, en sus cuadros, no descuida, muy al contrario, estos aspectos de la naturaleza, pero busca algo más. Describe lo que ve, lo que tiene ante los ojos, pero pretende igualmente representar lo invisible, las fuerzas secretas de la naturaleza, su vigor y su brutalidad, su fuerza destructora y sus ciclos regulares. La naturaleza domina al hombre y lo abruma. Es cierto que el hombre intenta domesticarla y domeñarla, en vano. Él solo está de paso; la naturaleza, en cambio, parece eterna. En los cuadros de Poussin, los dramas humanos, los suicidios respectivos de Píramo y Tisbe ( Paysage orageux avec Pyrame et Thisbé , 1651; Frankfurt, Städelsches Kunstinstitut und Städtische Galerie), por ejemplo, parecen anecdóticos en comparación con la violencia de la tormenta en la que se desarrolla la escena. Si el ser humano está siempre presente en los cuadros de Poussin -no se conocen cuadros de paisaje «puro» del artista-, su lugar, ya sea el tema del cuadro religioso, histórico o mitológico, varía según los momentos de la carrera de Poussin, según sus inflexiones y reflexiones. Y es precisamente sobre esta evolución del pensamiento de Poussin donde la exposición Poussin y la naturaleza ha querido poner el acento.
Para empezar, tenemos los primeros cuadros del artista, pintados después de 1624, con la llegada del pintor a Roma. Las escenas mitológicas elegidas por Poussin van acompañadas de cálidas puestas de sol. Después, poco antes de 1640 y del desafortunado viaje a París de 1640-1642, Poussin sitúa a sus personajes en una naturaleza grandiosa que les ayuda a encaminar adecuadamente sus pensamientos. Comulgan con ella en una armonía feliz, en un sincretismo perfecto. Posteriormente, en la década de 1650, las pasiones humanas se desencadenan, mostrándose incontrolables e irrisorias en medio de una naturaleza que las ignora y que prosigue, imperturbable, su curso. Ya sea serena y acogedora o, por el contrario, desatada -en la forma de tormentas, tempestades, rayos o relámpagos-, la naturaleza se escapa al hombre y está ahí para recordarle su lugar, la mezquindad de sus ambiciones. Poussin no la describe nunca de manera meticulosa. Aparece siempre suntuosa, majestuosa.
En esta exposición se ha tenido la oportunidad de reunir las principales obras en las que Poussin se entregó a una densa reflexión sobre las complejas relaciones que el hombre mantiene con la naturaleza, con los elementos, ya sea el agua ( Midas se lavant à la source du Pactole -Midas bañándose en las fuentes del río Pactolo-, ca. 1627; Nueva York, Metropolitan Museum of Art), el cielo y las nubes ( Paysage avec Agar et l'ange -Paisaje con Agar y el ángel-, 1660; Roma, Galleria Nazionale d'Arte Antica) o incluso el sol. Así, en el admirable cuadro Paysage avec Orion aveugle à la recherche du soleil levant (1658; Nueva York, Metropolitan Museum of Art), el gigante ciego trata de recobrar la vista gracias a los rayos regeneradores del sol, que unas nubes le ocultan. Pero son sobre todo Les Saisons (Las Estaciones, 1660-1664), los cuatro cuadros encargados por el Duque de Richelieu poco antes de la muerte del artista -actualmente en el Musée du Louvre gracias al deseo de Luis XIV de agrupar un conjunto excepcional de lienzos del pintor-, las que constituyen el punto fuerte de la meditación del artista sobre el destino humano situado en un entorno unas veces hostil, otras acogedor.
Recordemos que los cuatro cuadros describen a la vez las estaciones del año, las cuatro horas del día, del alba al crepúsculo, y las cuatro edades de la humanidad, de Adam et Ève au Paradis terrestre (Adán y Eva en el Paraíso terrenal, también conocido como Le Printemps -La primavera-) a Le Déluge (El Diluvio, también conocido como L'Hiver -El invierno-) fatal y final. Cada uno de los lienzos representa una etapa capital de la historia de la humanidad. Le printemps , con sus verdes tiernos, marca la esperanza, la confianza en el futuro. El suntuoso verano ( L'été , también conocido como Ruth et Booz ), con sus segadores y el encuentro milagroso de Ruth y Booz, está dominado por los amarillos del trigo. Con el otoño y su pesado racimo de uvas central nos adentramos en el mundo secreto de la cosecha. Finalmente, L'Hiver o Le Déluge , uno de los más bellos cuadros de todo el siglo XVII, describe el fin del mundo, sumergido bajo el oleaje en una lúgubre y opresiva luz gris. Poussin, en este último testimonio, deja planear una duda sobre el futuro del hombre: el arca de Noé, las serpientes, símbolos del renacimiento, ¿salvarán a la humanidad de su destrucción? La ambigüedad de este cuadro es intencionada.