Mi mayor esperaza es que en la sociedad del riesgo mundial está escondido un nuevo momento cosmopolita que puede ser activado por las generaciones globales. Este momento cosmopolita es diferente al de la antigua stoa griega, el ius cosmopolitica de la Ilustración (Kant) o el "crimen contra la humanidad" (Hannah Arendt), de los cuales surgió la carta de los derechos humanos. La gran diferencia es que se trata de un cosmopolitismo forzado . El riesgo global derriba las fronteras nacionales y nos mezcla con ellas. El otro distante se está convirtiendo en el otro inclusivo. La vida cotidiana se está convirtiendo en cosmopolita: la gente tiene que dar sentido a su propia vida en intercambio con otros de todas las partes del globo. Este momento cosmopolita se está convirtiendo en un elemento clave de la experiencia generacional. Y, a partir de aquí, se puede dibujar y construir un sistema cosmopolita basado en el reconocimiento de la diversidad cultural y de la dignidad del otro. Hasta el momento, en la historia, el cosmopolitismo ha sido estigmatizado como idealismo, y el nacionalismo ha sido elogiado como realismo. Pero ahora es exactamente lo contrario: cosmopolitismo es realismo, porque proporciona la manera más positiva de tratar los problemas globales, que son irresolubles en el ámbito del Estado individual, pero gestionables a través de la cooperación. Con mi interpretación del cosmopolitismo las personas obtienen alas y raíces al mismo tiempo.
Mi mayor preocupación, mirando el mundo desde vuestro punto de vista, ya no es la indigencia metafísica de Beckett, ni la visión de la vigilancia de un Foucault, ni tampoco el despotismo de la racionalidad que alarmó a Max Weber. Como el viejo buen comunismo, ya no existe nada espectral sobre el viejo buen posmodernismo. Lo que me asusta, y quizás también a algunos de ustedes, parece, es que en el siglo XXI los principios fundamentales de la modernidad -como la libertad, la racionalidad, la democracia- se están convirtiendo en algo opcional, están siendo retados y tienen que ser renegociados. Por lo tanto, todo se ha puesto de arriba abajo: lo que para Weber, Adorno y Foucault era una visión de horror -la racionalidad vigilante perfecta del mundo administrado- es, para las generaciones del riesgo global, más bien una promesa. Estaría bien si la racionalidad vigilante mantuviera realmente las cosas bajo vigilancia; estaría bien si realmente sólo el consumo y el humanismo nos aterrorizaran; estaría bien si la posibilidad de colapso de nuestros sistemas pudiera restaurarse con reformas en el marco de los estados-nación y con "ofensivas de innovación tecnológica"; estaría bien si las fórmulas repetidas de más mercado, más tecnología, más crecimiento, más flexibilidad pudieran aliviar a los corazones intranquilos. Pero hay muchas más cosas en juego. Es la tentación y el horror del anti-modernismo; el miedo a que el tejido de nuestras dependencias materiales y obligaciones morales pueda rasgarse, y a que el sensible sistema operativo de la sociedad del riesgo mundial pueda colapsarse. Por supuesto, éstas son sólo mis impresiones. Como dijo Mahatma Gandhi: "sé el cambio que quieres que suceda".
Nota
1. N. de Ed.: El autor redactó este texto a partir de una conferencia que impartió en la London School of Economics de Londres.
Referencias bibliográficas
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