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Revista Cidob d'Afers Internacionals 64 Revista Cidob d'Afers Internacionals

Estados Unidos e Israel, de la alianza a la simbiosis

por Ferran Izquierdo Brichs
Revista Cidob d'Afers Internacionals nº 64, diciembre-enero 2004

Número de páginas: 9
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La política de Estados Unidos hacia Oriente Medio está marcada por dos dimensiones esenciales, el petróleo y la relación con Israel. Durante el período de Guerra Fría, la importancia geoestratégica de la región y el control de los recursos energéticos la situaron en un plano de gran importancia, pero el fin del conflicto bipolar demostró que la relación de Estados Unidos con Oriente Medio no se fundamentaba tan solo en la competencia con la URSS. A pesar de la transformación del marco sistémico, tanto el control de la región como de sus recursos continuaron siendo un objetivo básico en la política hegemónica de Washington. Los pilares más fiables para mantener su influencia sobre la región son las propias fuerzas militares, la OTAN e Israel. Para poder desplegar el ejército y colocar bases militares, Estados Unidos precisa de alianzas con países de la zona. Por esta razón, la aproximación a los regímenes árabes fue uno de los objetivos de la política estadounidense desde principios de siglo, siguiendo las presiones de las compañías petrolíferas. Sin embargo, a partir de 1948, la creación del Estado de Israel introdujo un factor de tensión en la región que se trasladó a las relaciones de los actores de Oriente Medio con Estados Unidos.
Las alianzas con los Estados árabes siempre han estado sometidas a esta tensión, lo que las hace poco fiables a largo plazo. Durante mucho tiempo el Gobierno de Washington intentó solucionar la disyuntiva entre Israel y los aliados árabes manteniendo las alianzas con los dos, apoyando a los gobernantes amigos y actuando como puente entre las distintas partes implicadas en el conflicto árabe-israelí. Para que esto fuera posible no se podía dudar en el momento de ayudar a las dictaduras conservadoras, ya que un Gobierno árabe pasivo ante Israel sólo puede permanecer en el poder con mecanismos autoritarios. Dicho de otra forma, una democracia árabe nunca haría la paz con un Israel que mantenga la ocupación de territorios árabes y se vería obligada a impulsar la solidaridad activa con los palestinos.
El mayor éxito de esta política fue la paz de Camp David entre Israel y Egipto. En los años noventa, el fin de la Guerra Fría y la guerra del Golfo de 1991 ampliaron las alianzas de Estados Unidos con los regímenes árabes. Los gobiernos de George Bush y Clinton potenciaron al máximo esta política de asegurar la doble relación con Israel y los estados árabes aliados, un marco de relaciones que respondía a los equilibrios entre el grupo de presión proisraelí y el grupo de presión del petróleo. Sin embargo, tanto el primer Bush como Clinton tropezaron con una piedra que se convirtió en un muro insalvable: la intransigencia israelí en el proceso de paz con los palestinos.
Este fracaso llevó al Gobierno de George W. Bush a buscar una solución que los sionistas y neoconservadores estadounidenses ya defendían desde la guerra de 1991. Si se tiene que escoger entre la alianza con Israel y las alianzas con estados árabes, la elección de cualquier político con ambiciones en Estados Unidos será Israel. Si esta elección introduce elementos de inestabilidad en los lazos con los árabes, se tiene que controlar de una forma directa la región y los recursos energéticos. Esto significa que se tienen que potenciar los otros instrumentos de poder, principalmente la presencia militar propia estadounidense y la alianza político-militar con Israel. Los atentados del 11 de septiembre y la implicación de un número considerable de saudís en Al-Qaeda reforzaron este análisis, ya que se demostraba que ni siquiera Arabia Saudí se libraba de la inestabilidad y que no era totalmente fiable. Los pasos siguientes fueron el control de Irak y, a renglón seguido, una "Hoja de Ruta" para afrontar el conflicto palestino-israelí cuyo diseño e inicio de aplicación responden sobre todo a los intereses de Israel y su política de ocupación.
La simbiosis entre la política israelí y la política exterior estadounidense hacia Oriente Medio es el producto de una larga evolución que tiene sus raíces en la emigración de un gran número de la población europea de religión judía hacia Estados Unidos, huyendo del antisemitismo europeo y de la pobreza, en el Holocausto; en el papel estratégico de Israel como aliado de Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría; en la creciente influencia del grupo de presión sionista en Washington y en la identificación de buena parte de la opinión pública estadounidense con Israel.
ESTADOS UNIDOS, LA FUNDACIÓN DE ISRAEL Y EL EGIPTO DE NASSER
Al igual que en el resto de regiones limítrofes con la Unión Soviética, el fin de la Segunda Guerra Mundial supuso el principio de la competencia entre las dos superpotencias por extender su influencia en el Mediterráneo y en Oriente Medio. La tensión entre Moscú y Washington fue en aumento a medida que las potencias europeas perdieron capacidad para intervenir en la región, dándose un proceso de substitución de unos poderes por otros. Este proceso se expresó de forma muy clara en el marco del conflicto árabe-israelí, ya que desde el principio uno de los frentes del enfrentamiento entre los sionistas y los árabes fue la presión sobre las potencias exteriores, principalmente al Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética, para que éstas apoyaran sus reivindicaciones.
La política estadounidense hacia el conflicto en Palestina se acercó a las posiciones sionistas, sobre todo a consecuencia del Holocausto. El presidente Truman, después de dudar y pensar en algún otro tipo de solución, terminó apoyando el plan de partición y las recomendaciones del Comité Especial de Naciones Unidas sobre Palestina (UNSCOP) a la Asamblea General. La Administración de Estados Unidos estaba dividida ante la propuesta de partición. Políticos como Warren Austin, representante de Estados Unidos en Naciones Unidas, o como Loy Henderson, director de la Sección de Oriente Próximo y de Asuntos Africanos en el Departamento de Estado, eran reticentes a la creación de un Estado judío -no aceptado por los árabes y que debería defenderse siempre con las bayonetas-, y a una partición que atacaba algunos de los principios de la Carta de Naciones Unidas y del Gobierno americano. Otros miembros de la Administración de Estados Unidos contrarios a la partición eran el secretario de Defensa, James S. Forrestal -quien creía que sin el petróleo de Oriente Medio fracasaría el Plan Marshall por lo que se debían mantener buenas relaciones con los países musulmanes- y George Kennan, quien opinaba que apoyar la creación de un Estado para los judíos en Palestina no respondía al interés nacional de Estados Unidos, ya que facilitaría la entrada de la influencia comunista en la zona, como así fue. Sin embargo, las presiones de los informes que llegaban desde Europa sobre el Holocausto y la situación de los judíos en los campos de concentración, la influencia de los partidarios del sionismo dentro de la Administración, y la necesidad del voto judío para las elecciones inminentes [ 1 ] fueron determinantes para la toma de esta decisión.
El Estado de Israel recibió el inmediato reconocimiento de facto de Estados Unidos y de la Unión Soviética, que fue el primer país en reconocer el nuevo Estado de iure. El reconocimiento de las dos superpotencias supuso un apoyo fundamental al joven Estado. No obstante, los gobiernos norteamericanos no estrecharían sus lazos con Israel de inmediato, sino en el marco de un proceso que siguió el paso de la dinámica de Oriente Medio y del Mundo Árabe.
La llegada al poder de Nasser fue un revulsivo para todo el conjunto árabe. El pensamiento político de Nasser en su dimensión internacional, expuesto en el libro La filosofía de la revolución publicado en 1954, lo enfrentaba tanto a algunos de sus vecinos árabes como a Francia y al Reino Unido, todavía potencias coloniales [ 2 ] .
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NOTAS
  • [ 1 ] . La influencia de Clarck McAdams Clifford, el consejero electoral de Truman, a favor de la partición, y el peso del voto judío en Nueva York también fueron determinantes en la decisión presidencial (Ovendale 1992: 127).
  • [ 2 ] . Nasser veía a Egipto como el centro de tres círculos: árabe, africano e islámico. Egipto era el centro del mundo árabe, a nivel geográfico, demográfico, religioso y militar, y se convertiría en el centro político. Nasser también creía que El Cairo tenía que ser el puente de comunicación de las nacientes independencias africanas hacia el exterior. Finalmente, la histórica universidad de Al-Azhar le permitía reclamar la centralidad en el mundo islámico. En cada uno de estos círculos el antiimperialismo de Nasser se enfrentaba a Francia y al Reino Unido, que lo vieron como una nueva amenaza en su lucha contra los movimientos independentistas. El círculo panárabe pronto sería el preponderante en la política exterior de Nasser, y el círculo islámico se vería sustituido por la política de no alineamiento (Dessouki, 1986: 84).

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