En su trato con las religiones inmigrantes, los países europeos, al igual que los Estados Unidos, tienden a replicar su particular modelo de separación entre la Iglesia y el Estado, así como los modelos de regulación de sus propias minorías religiosas
[ 4 ] . El modelo secularista y estatalista francés y la cultura política de la
laïcité requieren la estricta privatización de la religión, eliminándola de todo foro público; al mismo tiempo, presionan a los grupos religiosos para que se organicen en una sola estructura centralizada de tipo eclesiástico que pueda regularse y que sirva de interlocutora con el Estado, siguiendo el modelo tradicional del concordato con la Iglesia católica. El Reino Unido, en cambio, al tiempo que mantiene la consolidada Iglesia de Inglaterra, se ha acomodado históricamente a un pluralismo religioso mucho mayor, y hoy permite más libertad a las asociaciones religiosas para tratar directamente con las autoridades locales y con los consejos escolares a fin de poder ejercer presiones para conseguir cambios en la educación religiosa, la dieta, etc., con escasa apelación directa al Gobierno central. Alemania, por su parte, siguiendo el modelo
multi-establishment , ha tratado de organizar una institución islámica casi oficial, a veces en conjunción con los esfuerzos por parte del Estado turco para regular su diáspora; pero las divisiones internas entre inmigrantes turcos y la expresión pública, así como la movilización de identidades en conflicto (secular y musulmana, chiíta aleví y kurda) en el contexto democrático alemán, han dificultado todos los proyectos de institucionalización desde arriba. Los Países Bajos, siguiendo su modelo tradicional de
pilarización segregacionalista, parecía dispuesta, hasta muy recientemente al menos, a establecer un pilar musulmán separado, estatalmente regulado pero autoorganizado. Últimamente, sin embargo, incluso este país tolerante y liberal está reconsiderando la situación y parece decidido a aprobar una legislación más restrictiva y a establecer unos límites claros a la clase de normas y hábitos no-europeos y no-modernos que está dispuesta a tolerar.
Pero si nos centramos en la Europa Occidental como un todo, sin embargo, existen dos diferencias fundamentales respecto a la situación en los Estados Unidos. En primer lugar, en Europa, en la continental al menos, inmigración e islam son casi sinónimos -excepto en el Reino Unido, donde es posible encontrar una diversidad de inmigrantes mucho mayor procedente de antiguas colonias del Imperio Británico-, ya que hasta hace muy poco la mayoría de los inmigrantes en casi todos los países europeos han sido musulmanes. Además, a pesar de la presencia simbólica de pequeños grupos de europeos conversos al islam, la inmensa mayoría de musulmanes de la Europa Occidental son inmigrantes. Esta identificación de inmigración e islam parece aún más pronunciada en aquellos casos en los que la mayoría de inmigrantes musulmanes tiende a proceder predominantemente de una sola región de origen, por ejemplo de Turquía en el caso de Alemania, o del Magreb en el caso de Francia. Esto conlleva una superposición de diferentes dimensiones de la "otredad" que exacerba las cuestiones relativas a las fronteras, la acomodación y la incorporación. El "otro" inmigrante, religioso, racial y socioeconómicamente no privilegiado, todos tienden a coincidir
[ 5 ] .
En los Estados Unidos, en comparación, los musulmanes constituyen a lo sumo el 10% de todos los nuevos inmigrantes, una cifra que probablemente disminuirá si prosiguen las estrictas restricciones impuestas a la inmigración árabe y musulmana después de los ataques del 11-S. Dado que la Agencia del Censo de los Estados Unidos, el Immigration and Naturalization Service (INS), y otras agencias gubernamentales tienen prohibido recoger información sobre creencias religiosas, no hay estimaciones fiables sobre el número de musulmanes que hay en el país. Los cálculos disponibles, sesgados por diversos intereses, se extienden entre 2,8 y 8 millones de personas. Se puede afirmar con casi toda seguridad que la cifra real se encuentra entre los 4 y los 6 millones de personas. Más fiable es la estimación según la cual entre un 30% y un 42% de todos los musulmanes que hay en los Estados Unidos son afroamericanos convertidos al islam, lo que hace más difícil la caracterización del islam como una religión extranjera, no americana. Además, las comunidades inmigrantes musulmanas de los Estados Unidos son extraordinariamente diversas en términos de región de origen geográfica desde todo el mundo musulmán, en términos de tradiciones islámicas discursivas, y en términos de características socioeconómicas. Como consecuencia de ello, la dinámica de interacción con otros inmigrantes musulmanes, con musulmanes afroamericanos, con inmigrantes no musulmanes pro-cedentes de las mismas regiones de origen, y con sus anfitriones norteamericanos más inmediatos, en función de diversos modelos residenciales y características socioeconómicas, es mucho más diversa y compleja que la que pueda encontrarse en Europa
[ 6 ] .
La segunda principal diferencia tiene que ver con el papel de la religión y con las identidades grupales religiosas en la vida pública en la organización de la sociedad civil. A pesar de las diferencias internas, las sociedades de Europa Occidental son profundamente seculares, determinadas por el conocimiento hegemónico del régimen de secularismo
[ 7 ] . La progresiva, aunque muy irregular, secularización de Europa es un hecho social innegable
[ 8 ] . Es cierto que los índices de religiosidad varían significativamente en toda Europa. La antigua Alemania Oriental es, de lejos, el país menos religioso de Europa, se mida como se mida, seguido a distancia, por la República Checa y por los países escandinavos. En el otro extremo, Irlanda y Polonia son, con diferencia, los países más religiosos de Europa, con unos índices comparables a los de Estados Unidos. En general, y con la excepción significativa de Francia y de la República Checa, los países católicos tienden a ser más religiosos que los países protestantes o mixtos (Alemania Occidental, Países Bajos), aunque Suiza (un país mixto y tradicionalmente pilarizado y comparable a los Países Bajos) se sitúa en el extremo alto de la escala religiosa europea, con índices similares a los de las católicas Austria y España, que, de todos modos, en ambos casos han experimentado unos índices drásticos de deterioro en este sentido.