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Revista Cidob d'Afers Internacionals 73-74 Revista Cidob d'Afers Internacionals

Identidad dura e identidad blanda

por Hassan Rachik
Revista Cidob d'Afers Internacionals nº 73-74, Mayo / Junio 2006

Número de páginas: 5
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Frente a la identidad colectiva blanda, basada en ideas imprecisas y asumida por una categoría social de contornos difusos, cabe oponer la identidad colectiva dura asumida por un grupo social estructurado cuya élite produce y difunde una ideología sistemática. El objetivo de este artículo es abordar un esbozo de la identidad dura. Los principales rasgos analizados se refieren a la clasificación unívoca y exclusiva que impone, caracterizada por los conceptos naturales, homogeneizadores y purificadores, imperativos y totalitarios en los que se basa.
Palabras clave: identidad cultural, etnicidad, comunidad, tradición, interculturalidad
Las identidades colectivas implican estructuras sociales y sistemas ideológicos tan complejos y heterogéneos que resultaría artificial abordarlos en bloque. Existen diferentes formas de asumir una identidad colectiva. Algunas, por decirlo de algún modo, son duras y pesadas de llevar, otras son blandas y ligeras. El peso de una identidad colectiva puede apreciarse tanto en el plano sociológico como en el plano ideológico. Varía, en primer lugar, en función del grado de estructuración de los grupos sociales en cuestión. Por ejemplo, en una comunidad tribal, o en cualquier comunidad organizada en torno a bienes colectivos y que cuenta con instancias colectivas de toma de decisiones, asumir la identidad del grupo al que se pertenece implica obligaciones y derechos políticos. En este caso, la dimensión práctica de la identidad colectiva es más importante. Pertenecer a un grupo, asumir o reivindicar la identidad del mismo, implica derechos (acceso a los bienes colectivos) y obligaciones políticas (participación en la financiación y en la gestión de dichos bienes). Ser extranjero supone estar excluido de la vida política del grupo. La residencia, con independencia de su duración, no implica necesariamente el acceso a los bienes colectivos. La identidad práctica no se expresa en un discurso abstracto y sistemático, se reivindica, se negocia, se discute en el marco de contextos sociales y políticos concretos.
En una tribu del Alto Atlas, una de las manifestaciones de la exclusión de los extranjeros se produce durante el reparto ritual de una vaca sacrificada a un santo local. Únicamente los cabezas de familia miembros del grupo tienen derecho al reparto de carne. Para ilustrar los usos prácticos de una identidad política, voy a resumir una fase del ritual al que asistí en 1988 y en el que un extranjero fue adoptado por la asamblea del pueblo. Tras haber elaborado una lista de los derechohabientes (aproximadamente sesenta), algunos asistentes preguntaron si no se había omitido a ningún cabeza de familia. Un joven cabeza de familia propuso añadir el nombre de un habitante, a lo que se opuso inmediatamente el organizador encargado de elaborar la lista. La razón invocada era que no se trataba de un miembro del pueblo. En efecto, nadie discutió el hecho de que era originario de una ciudad a la que su madre, originaria del pueblo, había emigrado al casarse. A la muerte de sus padres, nuestro extranjero se instaló, unos doce años antes, en el pueblo de su madre donde había heredado bienes inmuebles. Durante todo ese tiempo, quedaba decididamente excluido del reparto de los sacrificios y de las reuniones de la asamblea del pueblo. El joven cabeza de familia que apoyaba la integración del extranjero hizo un largo e interesante alegato. Invocó únicamente argumentos políticos. Recordó los diferentes casos en los que el extranjero era considerado miembro del grupo (contribución a gastos colectivos, pago de multa como consecuencia de la violación de una obligación colectiva, en este caso la limpieza de los canales de riego, etc.). Resumió todo ello con ironía, diciendo "si la cosa se pone fea, lo contáis", reprochando de este modo a la asamblea su posición ambigua. Ésta lo integraba cuando se trataba del pago de obligaciones y lo excluía en cuanto era cuestión de la concesión de derechos. El debate dio lugar a opiniones divididas, si bien el número de personas favorables a la integración del extranjero iba aumentando. Hubo que esperar, no obstante, al reparto de la carne para conocer la decisión definitiva: el extranjero obtuvo, por primera vez, el lote de carne que consagró de forma ritual su nueva condición política (Rachik, 1992: 129-147).
La identidad tribal tiene un fundamento político, y por ello no es inmutable. En función de los contextos, es posible adquirirla o perderla. La condición de extranjero es la que ilustra claramente la naturaleza y el contenido político de la identidad tribal. Existen numerosos procesos a través de los cuales un extranjero se integra en el grupo de acogida. Las reglas de adopción y de asimilación de los extranjeros son diversas y dependen de la apertura del grupo social de acogida, de su tamaño y también de la condición social del extranjero. En ocasiones, extranjeros residentes desde varias generaciones no se integran nunca en el grupo social. En todos los casos, integrarse en un grupo y llevar su nombre constituye un proceso político, siendo accesorio el fundamento cultural. Un extranjero puede proceder de una tribu vecina, hablar la misma lengua, compartir la misma religión, las mismas costumbres que el grupo de acogida, pero esto no es suficiente (Gellner: 60-63; Rachik, 2002: 117-158; Rosen, 1984: 53-57).
La identidad colectiva en las comunidades restringidas que disponen de estructuras de toma de decisiones es, ante todo, una condición política que implica un sistema de deberes, de derechos y de privilegios. En una ciudad, las personas que pertenecen a una tribu, a una región, a un país, siempre pueden identificarse en relación con sus grupos de origen. Pero en la medida en que se limitan a invocar sus orígenes por separado, en la medida en que no se conocen entre sí, mientras no están organizados de forma continua, constituyen una categoría social más que un grupo social estructurado. En ese caso, la referencia a la identidad será laxa y las personas afectadas la utilizarán en mayor medida como un sistema de clasificación y accesoriamente como un recurso o como referencia para resolver cuestiones prácticas privadas (préstamos, matrimonio, intercambio de servicios, etc.). De hecho, desde el punto de vista de las ideas, las identidades colectivas se reducen a un inventario de rasgos culturales, a estereotipos.
Partiendo del estudio de Geertz (1979) relativo al zoco, consideremos someramente el uso de las identidades colectivas en una pequeña ciudad marroquí. En su opinión, la principal características del zoco es la escasa credibilidad de la información. Lo considera como un concurso de informaciones. En un zoco, ignorar lo que otros saben supone una desventaja. La información sobre el precio, la calidad, el peso de las mercancías no es creíble. De este modo, los diferentes elementos del zoco puede valorarse en función de su eficacia como medio para buscar una información creíble. Muestra cómo el recurso a la nisba constituye el medio que permite a las personas acceder a una información creíble.
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