En política exterior, las repúblicas, por separado, han orientado y buscado la cooperación con potencias regionales y mundiales; y con organizaciones internacionales que supliesen los "déficit de seguridad" apuntados (Atabaki y O'kane, 1998). Así, las cinco, que se han insertado de forma progresiva en el marco del multilateralismo de ámbito universal, forman parte de Naciones Unidas, del sistema institucional de Bretton Woods (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) y de la mayor parte de organismos de la ONU. En el plano regional se muestra una mayor actividad en cooperación, ya sea por iniciativa propia o promovida por otros actores (Bremmer y Bailes, 1998), no exenta de complejidad y de dificultad. En este sentido, todas forman parte de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), espacio de cooperación política promovido desde Moscú, que integra a doce de las ex repúblicas soviéticas (no participan las bálticas), y en materia de seguridad militar, a excepción de Turkmenistán (que proclamó su neutralidad en política internacional), Ucrania y Moldova, firmaron el Tratado de Seguridad Colectiva (Tashkent) en 1992. Dicho Tratado (del que en 1999 se retirarían Azerbaidzhán, Georgia y Uzbekistán) ha permitido la presencia militar de la Federación Rusa, de forma permanente en Tadzhikistán con un doble objetivo, asegurar el control y la defensa de la frontera más incierta de la CEI, la que tiene con Afganistán, por un lado, y la estabilidad del Estado tadzhiko, por otro. En esa línea y para consolidar sus relaciones de seguridad en 2002 se decide, sobre la base del Tratado, crear la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC)
[ 19 ] , que se convierte en la primera organización formalizada de seguridad en la posguerra fría. Sin embargo, en los últimos años, Kazajstán, Uzbekistán y Kirguizistán han reorientado sus políticas de seguridad y defensa militares hacia otros actores que también aparecen como "garantes" frente a las amenazas. Es el caso de Estados Unidos y la Alianza Atlántica, a través de la participación en el Consejo de Cooperación Euroatlántico y de la Asociación para la Paz, a la que Tadzhikistán ha sido el último Estado en incorporarse en 2002. En materia de seguridad, ha habido, desde el 11-S, una clara "relocalización" de Asia Central, desde la periferia al centro, en los intereses estratégicos de Washington y de otros actores, que no sólo afecta al escenario geopolítico, sino que también otorga a las repúblicas cierto margen de acción y de maniobra que repercute en las relaciones regionales. Así, Uzbekistán ha mantenido una política constante para establecer, promover o participar en espacios de cooperación que contrarrestasen la influencia rusa en la zona y que le asegurasen cierto liderazgo como ha sido el caso del GUUAM (foro político-económico que agrupa a Georgia, Ucrania, Uzbekistán, Azerbaidzhán y Moldova), que aparece como una agrupación de "contrapeso" al poder ruso y da indicios de los intentos del Gobierno de Tashkent de "diversificar" sus relaciones en el marco de la CEI
[ 20 ] . Por su parte, Kirguizistán, Tadzhikistán y Kazajstán (Estado que puede ser considerado el gran rival de Uzbekistán) han hecho frente común a la posible supremacía uzbeka, y han favorecido iniciativas en las que actores regionales ejerzan el liderazgo, la mencionada OTSC, o reforzando su cooperación bilateral con Estados Unidos (gobiernos kazajos y kiguizo).
En materia económica, se han vinculado con otros estados de la CEI, a través de agrupaciones subregionales como la Comunidad Económica Euroasiática (CEE), creada en 2001 por Kazajstán, Kirguizistán, Tadzhikistán, Rusia y Belarús; o la Organización de Cooperación Centroasiática (OCC), establecida en 2001, por las repúblicas centroasiáticas, excepto la turkmena.
Fuera del ámbito ex soviético, las cinco se han incorporado a la Organización de Cooperación Económica (OCE), espacio producto de la Guerra Fría, donde cooperan con Irán, Pakistán, Turquía, Azerbaidzhán y Afganistán (mundo musulmán no árabe), así como también a la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), el "interlocutor" del mundo islámico, especialmente después del 11-S. Hay que mencionar la participación de las repúblicas en uno de los espacios del nuevo regionalismo (foros flexibles, heterogéneos y escasamente burocratizados), como es el caso de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS). En la OCS hay que destacar, por un lado, los estados que la integran, es decir la participación junto a las repúblicas centroasiáticas (menos Turkmenistán) y Rusia de China, un actor significativo para el área y que hasta entonces había mantenido una política de aislamiento. Por otro lado, la agenda de la OCS, que incluye cuestiones y litigios fronterizos (chino-kazajo y chino-kirguizo), y temas como terrorismo, separatismo y tráfico de drogas.
Las políticas de cooperación constituyen, a su vez, como se analiza más adelante, la ocasión para la intervención y la formulación de políticas de potencias como Rusia, Turquía, Irán y Estados Unidos. Intervenciones que pueden ser leídas, también como manifestaciones de una lógica neoimperialista, en el caso ruso; de una estrategia panturquista, en el turco; de un movimiento panislamista, en el iraní; o de una voluntad hegemónica mundial, en el estadounidense, siendo Asia Central el espacio de aplicación y de confrontación de esas políticas.
ASIA CENTRAL Y LOS ACTORES INTERNACIONALES
Potencias
Como zona de "gran juego", Asia Central es una generadora de políticas (Ferdinand, 1996) por parte de los actores internacionales, especialmente estados y organizaciones internacionales en el marco de la Nueva Europa
[ 21 ] y del sistema internacional (Karam, 2002), situación que se profundiza a partir del 11-S, ya que permite que se produzca un "reacomodamiento" de políticas de esos actores. Las potencias regionales constituyen el primer grupo de actores que se aborda. Para las principales potencias -Federación Rusa, Irán y Turquía- el complejo Cáucaso-mar Caspio-Asia Central constituye su "zona natural de influencia". Para Rusia, subrogadora en algunos ámbitos del poder
de la Unión Soviética, Asia Central se inserta en su diseño de política exterior dentro de lo que se conoce como el ámbito del "extranjero cercano" o zona de vital influencia (Dawisha, 1995). Los objetivos que Moscú persigue en este ámbito son: el afianzamiento de una zona de influencia que ponga freno a la expansión de otras potencias regionales (Irán y Turquía); la preservación de una situación de dominación económica (control de recursos, por ejemplo); hacer frente a eventuales amenazas exteriores (fundamentalismo islámico); y proteger los derechos de los rusos residentes en los países que conforman el área del extranjero cercano, la actual CEI. Para el ejercicio de su política hacia la zona, la Federación ha utilizado "instrumentos" tales como la creación de un sistema de solidaridad militar (Tratado de Tashkent, que no ha dado los resultados deseados); la percepción común de las "amenazas" a la seguridad y a la estabilidad en el área, esencialmente el fundamentalismo islámico (la idea de Moscú es que Asia Central se convierta en una zona tampón); y una política económica activa con las repúblicas (Tinguy, 2001) especialmente desde la llegada de Putin al poder (por ejemplo, el establecimiento de la CEE en 2001). En sus relaciones con las distintas repúblicas se puede destacar una estrecha vinculación con Tadzhikistán, la presencia militar de rusa lleva a hablar de un "protectorado", con Kazajstán (comparte frontera) y Kirguizistán hay unas relaciones "privilegiadas" por la presencia de minorías rusas; por último, con Uzbekistán y Turkmenistán las relaciones han sido cada vez más distantes y difíciles.