Al despreciar a Naciones Unidas, al dividir el campo de las democracias, al decidir solos sobre la muerte de un régimen -ellos que se han acomodado a tantas tiranías- y al decidir, contra la opinión de los pueblos y de la mayoría de los estados, que únicamente la fuerza podía desarmar a un país que consideraba peligroso, Estados Unidos hace que esta perspectiva se repliegue. Sustituyen el frágil esbozo de una paz de la ONU por la brutal evidencia de la Pax Americana . Al exportar la modernidad y la democracia por las armas, corren el riesgo de suscitar más odios y resistencias que conversiones.
MÁS ALLÁ DE LOS MANIQUEÍSMOS
¿Cabría observar que este nuevo descubrimiento -o nacimiento- del mundo que se denomina "mundialización", produce, además de la proliferación desconocida de nuevas tecnologías de la comunicación y el libre intercambio, una determinada forma de "absolutización de la política"? Hasta qué punto estamos asistiendo a un nuevo modo de funcionamiento de los imaginarios políticos y religiosos? ¿Cómo se puede recurrir a una determinada "esperanza intercultural" en un mundo donde las voluntades de poder de lo trágico interfieren en los impulsos de lo comunicacional, y donde las tendencias del mal y las diferentes formas de nihilismo invaden el ámbito perceptivo de lo cotidiano?
Ciertamente la historia genera sus propias astucias. A pesar de los extremismos, las estrategias de negación del Otro, la historia, con su complejidad y sus paradojas, se encarga de hacer estallar los falsos dualismos que no responden en absoluto a la experiencia de lo humano y de desvelar la arrogancia de los que proclaman la guerra de las culturas y de las religiones, o que dividen el mundo en comunidades vinculadas a la religión, el mito, el arcaísmo, la inmovilidad y la alienación, y comunidades que creen en la modernidad, la ciencia, la razón, el movimiento y la liberación. Este maniqueísmo según François Laplantine, que "va acompañado la mayoría de las veces de un maniqueísmo moral y que lleva a adoptar posiciones políticas, se remite al exorcismo puro y simple"
[ 14 ] . En efecto, asistimos a firmes irrupciones de lo simbólico, en nombre de lo religioso, o de lo sagrado, de una parte y de otra, utilizando lenguajes diferentes, pero que convergen en una voluntad "de absolutización de la política", de propaganda diaria, para que nos inclinemos ante la consigna de seguir, a pesar de la mediocridad del espectáculo, el ritmo de los actores, "porque la política está en vías de convertirse en el único objeto de nuestra pasión o de nuestro odio, porque es el espacio de una seriedad absoluta que no tolera en absoluto la mínima la fantasía, porque ordena una nueva redistribución de los valores, porque todo lo que no es ella -el arte, el amor, el sentido festivo- debe parecer estarle sometido, es necesario, como observa Laplantine, denominarla religiosa en el sentido estricto del término"
[ 15 ] .
El actual contexto permite fácilmente observar cómo lo religioso surge en la política, lo tradicional en lo moderno, y los fantasmas en los debates supuestamente racionales. Es cierto que lo religioso y lo político poseen, cada uno, su propio modo de presencia y de manifestación, pero estos dos códigos culturales, a partir de los cuales se despliega la imaginación de los hombres, imponen, a veces con una brutalidad inesperada, sus lenguajes en la denominación y los juicios que unos y otros formulan respecto a los acontecimientos y sobre todo respecto a la identidad y la alteridad.
En las situaciones de tensión, el imaginario hace irrupción y se impone en las instancias de debate y de acción, ya sea en nombre de la religión, de una identidad de género, de un dogma, o de un principio político, etc., las zonas de sombras y de extrañeza que subsisten -o que existen- inevitablemente en el interior de cada uno y en el interior de las comunidades surgen a veces con violencia, generando el mal y el sufrimiento. ¿Por qué asistimos a nuevas formas de barbarie? ¿Se puede pensar el mal, ya sea generado por el integrismo mercantil o por el fanatismo político y religioso?
El mal que nos interpela aquí es el mal humano tal y como se expresa en el odio del otro, en la voluntad de perjudicar al otro, de querer destruirlo. Pero, la paradoja radica en el hecho de que la persona que odia sabe que odia. El mal se hace también por crueldad y brutalidad. El mal, cuando se practica en nombre de la civilización o en el corazón de ésta, se llama barbarie. Con independencia de que sea dulce o dura, la barbarie, en nombre del progreso de la religión se convierte en terror. ¿No se organizan acaso actos de guerra, de colonización, de esclavitud y de explotación en nombre de las ideas de la modernidad y de la democracia? El filósofo Hans Jonas se preguntó, después de la Segunda Guerra Mundial, sobre la idea de Dios ante los horrores perpetrados contra el hombre por el hombre. ¿Supone el mal la idea de Dios o la idea del hombre, incluso si actúa en nombre de Dios? ¿No pone en tela de juicio el mal, como brutalidad y barbarie, la idea de lo humano? ¿Podríamos sorprendernos, como afirma Mitchel Maffesoli, del retorno firme de oleadas delirantes de diversos fanatismos, de formas explosivas de terrorismo?
Sin duda alguna, el mal, cualquiera que sean sus formas y sus modos de expresión, altera las categorías de la inteligibilidad, excede los códigos y las exigencias conceptuales. Constituye la experiencia del límite. El integrismo mercantil o el fanatismo religioso que hacen su aparición en la escena del mundo trascienden todos los límites del pensamiento, de lo humano y de la cultura.
Para responder al mal, según Paul Ricœur, hay tres posibles respuestas: la ignorancia frente al porqué del mal; posteriormente la queja que traduce el sentimiento de escándalo (ante los campos de concentración nazis o la tragedia palestina, etc.); y finalmente, la creencia en Dios, a pesar de la presencia del mal, ya que Dios, para esta respuesta, es la fuente de todo lo que es bueno en la creación, incluida la indignación contra el mal. En este sentido Ricœur piensa que "necesitamos grandes símbolos para estructurar este espacio oscuro de la maldad que no se deja analizar ni en términos jurídicos ni en términos políticos o incluso morales". El declive de la política, a pesar de la tendencia a su absolutización, permite "excesos de la victimización". Todo el mundo "se presenta como víctima de otra persona, en lugar de como responsable". Por ello, los imaginarios explotan y las emociones se movilizan; a pesar de la fuerza que se expresa en nombre de los símbolos, a menudo antiguos, existe, como lo observa Ricœur, un "defecto de simbolización", debido fundamentalmente a la "desnudez" y a la debilidad del discurso político.
Frente a esta espectacularización del mal y de la violencia, ¿habría que hacer un llamamiento a la retirada del cuestionamiento y del pensamiento? Seguramente no, ya que los fantasmas aterrorizadores consideran que una diferencia, cualquiera que ésta sea, sólo puede ser una alienación o un peligro, y que la alteridad o la interculturalidad se niegan de una forma casi delirante, cuando en realidad lo humano está constituido por una dialéctica en donde se solapan la identidad y la alteridad, la razón y su contrario, la vida y la muerte, "escamotear el hecho bruto de nuestra ambivalencia, de la disonancia y de la discontinuidad trágica sobre la que se elaboran nuestras experiencias, de la imperfección inevitable de nuestra relación con el otro en beneficio de una concepción monolítica del mundo totalmente positivada por signos, es, en mi opinión, como lo afirma Laplantine, pasar absolutamente al margen de la existencia. Es negarse a dejar que suene en nosotros esa música interior que, sin embargo, constituye el encanto de nuestra vida"
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