La justicia como virtud supone la medida, el orden, se basa en la racionalidad. El hombre justo se encuentra en armonía consigo mismo. Para Kant, la violencia es la expresión exacerbada de una "inclinación patológica"; la violencia particular se deriva de una actitud mágica de la conciencia que cree que modifica el mundo (como dice Sartre). ¿Cómo confiar en esta violencia particular para denunciar una injusticia, cuando es, en sí misma y por ella misma, totalmente desmesurada? En este sentido Platón pudo escribir que era mejor sufrir la injusticia que cometerla; el que siente la injusticia como tal se ve animado por una exigencia de justicia, está más cercano de ésta que el que, por ignorancia, comete la injusticia (Gorgias).
b) ¿Puede la violencia colectiva ser útil, incluso necesaria para denunciar una injusticia? Toda teoría revolucionaria ha tenido cuidado en diferenciar revuelta de revolución: la revuelta es espontánea, inmediata, irreflexiva e ineficaz; la revolución pretende ser reflexiva, dirigida, efectiva y aspira a la condición de "guerra". Ahora bien, la guerra no es la violencia desordenada, anárquica. La guerra se basa en un derecho escrito (derecho de resistencia a la opresión, preámbulo de la Declaración de los Derechos Humanos) y se atañe a una legislación precisa que prohibe la violencia particular. La revolución, como la guerra, no es más que un "medio político" junto a otros medios, el último medio.
c) La violencia puede erigirse como símbolo de la fuerza, este concepto adquiere una dimensión claramente metafísica en el discurso de Nietzsche. El conflicto metafísico entre fuerzas activas, creadoras de valores, y fuerzas reactivas, impotentes pero inteligentes y astutas, anima la voluntad de potencia diferenciada y diferenciadora. Este conflicto que adopta la forma del círculo perfecto, el círculo vicioso, está presente en todo el discurso de Nietzsche quien, animado por el deseo de método, utiliza símbolo e interpretación: la violencia se convierte en el elemento simbólico donde podemos interpretar las fuerzas. La fuerza reactiva se expresa en una violencia mediocre, una violencia de grupo (pero la cantidad no implica necesariamente calidad). La violencia activa se concibe sobre el modelo artístico de la creación. En resumen, la justicia es una finalidad que sigue siendo indefinible, y aún así es necesario hablar de ésta sin llegar nunca a determinarla. Su relación con la violencia es muy a menudo exclusiva, pero su relación con la fuerza está siempre presente; lo que se ha desplazado es sin duda el sentido de la "violencia": ¿Ha sido necesario dramatizar el concepto de fuerza al haber perdido fuerza el concepto de justicia?
¿Pero cómo gestionar la violencia?
Frente a la violencia cabe diversas actitudes. Vamos a destacar aquí cuatro actitudes principales cuyo objetivo es o bien reprimirla, o bien limitar su aparición, o bien dejarla expresarse, o bien finalmente controlarla.
1. En muchas sociedades tradicionales, de las que Emile Durkhein dice que viven solidaridades mecánicas y que es posible calificarlas de sociedades fusionales, la obsesión de la violencia conduce a reprimirla de forma casi sistemática y a introducir la aparición de cualquier diferencia. De este modo la educación y la vida social tradicional presionan a los individuos para que no surjan personalidades originales y, por consiguiente, creativas. Pero este dinamismo contenido surge por otros lados, lo que conducirá a una represión todavía más firme, más asfixiante; de esta forma estamos atrapados en el engranaje de la violencia. Y esta represión llega a romper, en gran parte, el dinamismo vital de dichas sociedades. Así, pueden sobrevivir pero no desarrollarse. ¡Se trata de un callejón sin salida!
2. El mundo oriental, el budismo en particular, es muy consciente del peligro que supone la violencia. Así, en lugar de reprimirla se ha organizado para limitar su aparición.
3. Otros piensan que la violencia debe expresarse libremente. En la línea de Hegel, que hizo de la violencia "la comadrona de la historia", los marxistas pensaron que no se debe enmascarar los conflictos de clase. Sin embargo, a partir del momento en que se deja el terreno libre a la violencia, ya no es posible controlarla y limitar sus efectos. Puede destruirlo todo a su paso y hacer que las sociedades se desvíen hacia formas de fascismo o de totalitarismo que pretenden, por encima de todo, establecer el "orden" y la "unidad".
4. En su conjunto las sociedades tienen más bien tendencia a controlar la violencia. Han instituido sistemas sociales o prohibiciones destinadas a regular la competencia, a limitar la rivalidad y, por consiguiente, los riesgos de violencia. Después, se desarrolla el derecho, que sustituye progresivamente a la animalidad. Es aquí donde encuentra su lugar el diálogo. Se sitúa en la línea del esfuerzo de la razón y de la palabra para controlar la violencia y precisar las reglas de una vida "democrática" y de una cohabitación fraternal. Pero, en ningún caso, el diálogo, las diferentes formas de resistencia frente a la injusticia pueden tener por objeto negar, contener o camuflar la violencia.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la Carta de las Naciones Unidas planteó algunas reglas comunes para canalizar (con un éxito muy variable) el recurso a la fuerza. Pero, como dicen algunos, las reglas se limitan en lo fundamental a la "paz negativa", a la ausencia de guerra. Al no tener por objeto ni reducir los desequilibrios económicos y financieros, ni aliviar los conflictos étnicos y religiosos, la Carta no le otorga a Naciones Unidas los medios de construir la "paz positiva". Ahora bien, la separación se hace insostenible, menos por razones ideológicas que por la propia fuerza de las cosas. A medida que se mundializan los intercambios económicos, financieros, culturales o científicos, se observa que los crímenes se mundializan, del terrorismo a la corrupción o a los grandes tráficos, pasando por la agresión en cualquiera de sus formas, al igual que se mundializan los riesgos ecológicos pero también biotecnológicos. Las respuestas ya no pueden, en estos casos, limitarse únicamente al derecho nacional.
Todo el mundo sabe, en la actualidad, que corremos el riesgo de perderla. Que la paz no se divide en paz positiva o negativa, sino que debería depender de una comunidad de estados. La interdependencia se ha convertido en una realidad y exige un proyecto común. Ahora bien, la decisión de la Administración de Estados Unidos de colonizar Irak, de hecho, es contraria a este horizonte. Abre una era, inaugura un siglo, hace que nuestro mundo caiga en lo imprevisible.
Hoy en día, y en nombre de la democracia, a pesar de la repudiación espectacular de las opiniones públicas prácticamente unánimes y de algunos gobiernos del mundo, se impone un nuevo mesianismo con toda la fuerza de su hegemonía. Del mismo modo que la fuerza, cuando sale victoriosa, adopta a menudo el rostro del derecho. ¿Es la ONU la primera víctima de esta guerra? ¿Ha perdido su crédito? ¿Podemos prescindir de la ONU? ¿Es necesario reformarla?
En cualquier caso, la Administración Bush pone en tela de juicio la "pertinencia" de esta organización, precisamente porque ésta se ha opuesto a su voluntad. En efecto, G. Bush sólo ha conseguido fragmentar a las grandes instituciones que apoyaban el orden mundial: la ONU ridiculizada, la OTAN marginada, Europa atomizada. Naciones Unidas se basaba en un principio de derecho internacional, precisamente el que ha vaciado Bush.