Si para algunos el Estado, independientemente de sus fundamentos y de sus medios, es un Estado del Príncipe, para otros se trata de un Estado de clases que requiere un contrapoder social para neutralizar su violencia. Mihail Bakunin no duda en considerar que "el Estado es el mal", pero un mal históricamente necesario. El Estado no es la sociedad, sólo es una forma histórica de ésta, tan brutal como abstracta. "Históricamente nació, en todos los países, del matrimonio de la violencia y del pillaje, en resumen de la guerra y la conquista... Ha sido, desde su origen, y sigue siendo todavía hoy en día, la sanción divina de la fuerza bruta y de la iniquidad triunfante".
Independientemente de cuáles sean las actitudes que se pueda tener respecto al Estado, éste es -y seguirá siendo- un factor de regulación de las violencias o de las desviaciones que la sociedad pueda engendrar. Se habla de Estado de Derecho. Efectivamente, el derecho aparece para organizar y gestionar los conflictos que atraviesa la sociedad. Si la gramática es la ley de una lengua, el derecho es la gramática de una sociedad, nacional o internacional.
Pero ¿de dónde viene la ley? ¿Quién la hace y a quién sirve de hecho? ¿Cuál es su valor?
La filosofía clásica considera que el derecho es una consecuencia de la razón: dicho de otro modo, en el sujeto razonable preexistiría una prefiguración de lo que debe ser, de las relaciones justas a establecer. El derecho se derivaría de la ley racional que todo hombre lleva en sí mismo. Pero las vicisitudes que experimentan las leyes y los derechos, variables en función de los tiempos y los lugares, conducen a pensar que la ley y el derecho son una creación continua que evoluciona al mismo tiempo que las sociedades. De este modo, el derecho se limitaría a confirmar situaciones de hecho.
¿Debemos entonces rechazar el derecho como valor, como exigencia de justicia? No, pero la historia y la vida nos enseñan que un ideal, aunque sea imaginario, nunca se realiza por sí mismo, a menos que recurramos a una justicia divina, ya que es necesario que haya fuerzas sociales capaces de luchar -hasta arriesgar la vida si es necesario- para obtener y vencer la resistencia de los que se oponen a ello. La fuerza puede y debe estar al servicio del derecho, de lo contrario sólo es un deseo piadoso. Estas fuerzas existen. La cuestión de Irak ha puesto de manifiesto, y demuestra cada día, que estas fuerzas existen, a pesar de las tendencias guerreras y violentas que se manifiestan aquí y allá. Sobre todo porque la guerra está siempre firmemente determinada por factores complejos inherentes a la situación política en la que se decide.
La guerra, para Carl Von Clausewitz, es un acto político. Pero la guerra tomaría el lugar de la política a partir del momento en que fuera provocada por ésta, la eliminaría y seguiría sus propias leyes como elemento totalmente independiente. En cierto modo, la guerra es un pulso regular de la violencia, más o menos dispuesta a relajar sus tensiones y a agotar sus fuerzas; dicho de otro modo, llega a su objetivo de una forma más o menos rápida, pero que sin embargo dura siempre lo suficiente como para ejercer una influencia sobre ese objetivo en el transcurso de su evolución, para orientarlo en un sentido u otro. Por consiguiente, afirma Clausewitz, si consideramos que la guerra es el resultado de un designio político, es natural que este motivo inicial del que se deriva siga siendo la consideración primera y suprema que dictará su conducta. La guerra no es sólo un acto político, sino un verdadero instrumento político, una búsqueda de las relaciones políticas, una realización de éstas por otros medios
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Ahora bien, para Raymond Aron, si la política entre los Estados ha seguido siendo política de poder, las armas de destrucción masiva no han modificado el empleo de la fuerza de ésta o, para ser más rigurosos, las condiciones en las que se despliega la amenaza y se lleva a cabo efectivamente el empleo de la fuerza. Las armas termonucleares combinadas con los ingenios balísticos introducen tres datos. El primero es el orden de magnitud de la potencia destructiva que posee el arma termonuclear. El segundo dato es la permanencia y el carácter casi instantáneo del peligro. Por lo que respecta al tercero, cuando Clausewitz escribía su libro (De la Guerra), definía la victoria absoluta como el desarme del enemigo, a partir de lo cual el vencedor estaba en condiciones de fijar libremente la suerte del vencido, y por tanto, si así lo decidía, de matarlo. En lo sucesivo, la población de un Estado beligerante podría verse exterminada antes del fin de las hostilidades. Ninguna arma, clásica o atómica, en el actual estado de la técnica, protege a la nación de la muerte. En este sentido, ya no es necesario desarmar a un pueblo para aniquilarlo
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Pero si la guerra constituye, según Clausewitz, un elemento político y los medios de conducirla son cada vez más destructores, como afirma R. Aron, ¿cómo podríamos interpelarla? La guerra como instrumento de afirmación del derecho, siendo perfectamente conscientes de que la política o la guerra funcionan según una lógica de relaciones de fuerzas y que el derecho, también, se hace en condiciones de negociación donde el más fuerte impone a menudo su voluntad. ¿Cómo gestionar entonces el dilema del derecho de la fuerza y de la fuerza del derecho?
Es chocante que a medida que se mundializa, el derecho se ve confrontado a condicionantes para determinar el sentido de la internacionalización del derecho. En efecto, aparece una contradicción entre la internacionalización ética, que supone el apoyo activo de los estados, y la globalización económica, que a menudo se traduce por su impotencia, y ocurre lo mismo entre la idea misma del universalismo, que supone solidaridad, distribución y lucha contra la pobreza, y la sociedad de mercado, marcada, por el contrario, por un crecimiento de la competencia y de las desigualdades.
Es evidente que debería haberse facilitado la conciliación mediante la indivisibilidad de los derechos fundamentales, que estaban inscritos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero el principio se ha debilitado con el tiempo. Y los Estados Unidos de América están poniendo en cuestión determinados principios jurídicos que han regido las relaciones internacionales a lo largo de las seis últimas décadas en nombre de una voluntad de potencia imperial.
Justicia y violencia
Por otra parte, si el estado de paz entre los hombres no es un estado natural, como decía Kant en su "proyecto de paz perpetua", sino que se trata por el contrario de un estado de guerra, una apertura de hostilidades o una amenaza permanente de hostilidades, y si ese estado de paz debe destituirse, habría que constatar que si bien la violencia es una modalidad, una expresión de la fuerza, puede resultar necesaria para denunciar una injusticia, o para asentar una nueva forma de justicia.
a) Pero no puede tratarse de una violencia demasiado particular. ¿Cómo justificar, incluso con el abogado más hábil, el crimen abyecto, inspirado por los móviles más bajos y difícilmente universalizables? La ley moral anterior sigue siendo esclarecedora. "Actúa de manera que puedas erigir la máxima de tu acción en ley universal". Desde la antigüedad, toda la tradición filosófica condena implícitamente o de manera muy explícita esta violencia sufrida, la reacción inmediata y afectiva que revela en mayor medida debilidad que fuerza. La dialéctica platónica se esfuerza por demostrar que el tirano caprichoso y violento es víctima de su temperamento (Gorgias). Esta violencia es pasión ( pathos ), tormento sufrido por el alma y es necesario un esfuerzo real de razón ( logos ), una lógica para dominarla.