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Revista Cidob d'Afers Internacionals 87 Revista Cidob d'Afers Internacionals

Introducción: Diversidad de poderes en África

por Albert Farré, Vitor A. Lourenço y Jordi Tomàs
Revista Cidob d'Afers Internacionals nº 87, Octubre 2009

Número de páginas: 5
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El conjunto de textos recogidos en este volumen son el resultado del seminario internacional "La Paz y la Palabra. Procesos de reconciliación posbélica en el África Subsahariana" celebrado los días 27 y 28 de noviembre de 2008 en Barcelona, coordinado científicamente por el Centro de Estudos Africanos del ISCTE de Lisboa y la red de estudios africanos ARDA/RIDA, con sede en Barcelona, y organizado por la Fundación CIDOB [ 1 ] . Este encuentro significaba la segunda edición de un proyecto internacional iniciado en Lisboa en marzo de 2007 con un primer seminario que llevaba por título "Autoridades tradicionais: um universo em mudança", y que fue coordinado por las mismas entidades [ 2 ] .
Aunque todavía no es muy habitual que se hable de las autoridades tradicionales africanas como agentes relevantes en favor de la paz y la cohesión social, éstas representan a menudo un papel invisible pero eficaz en conflictos de diversa índole, como quedó demostrado durante el seminario de "La Paz y la Palabra". Pero vayamos por partes. La presencia de las autoridades tradicionales en el ámbito político africano y sus relaciones con los estados no es un asunto nuevo en las ciencias sociales. De hecho, puede afirmarse que gran parte de la confusión y de los malentendidos que afectan a todo lo que se engloba bajo el término de "tradición africana" tienen su origen en el periodo colonial.
Antes de la penetración de las tropas coloniales en el interior del continente, las sociedades africanas se organizaban únicamente a través de sus propios sistemas de gobierno, cuya tipología abarca un amplio y diverso abanico de posibilidades: encontramos jefes de linaje y de clan, al lado de dirigentes cuya base es más bien el territorio de unos pueblos o comarcas muy concretos; hallamos también líderes religiosos, reyes sagrados y soberanos de grandes imperios, todos ellos acompañados de un séquito de especialistas rituales y demás colaboradores con funciones muy definidas. Todos estas instituciones compartían un dinámico sistema de pensamiento y de acción -con tensiones, alternativas y escisiones, evidentemente- en el que también podían incluirse elementos como el parentesco, la cosmología, el sistema productivo, los derechos y deberes sobre el uso y cesión de la tierra, sobre el acceso a las fuentes y pozos de agua, o sobre el propio tránsito a través de los caminos de un territorio, entre otros.
Entre 1880 y 1920, aproximadamente, la gran mayoría de las sociedades africanas fueron obligadas por la fuerza a tener que aceptar el gobierno de algún país europeo. Incluso aquellas sociedades que se aliaron con los europeos contra otros africanos vieron cómo sus formas de ejercer el poder sobre las personas y el territorio eran sustituidas por otro modelo, el Estado colonial, procedente de Europa. Durante esta fase inicial uno de los retos principales de las potencias colonizadoras fue el de sustituir la administración militar, fruto de la conquista, por una administración civil. Esta nueva administración, además de garantizar la paz conseguida con el uso o la simple amenaza de los ejércitos coloniales, tenía que ser lo suficientemente eficaz para empezar a explotar cuanto antes el potencial económico del territorio africano recién conquistado. Cómo organizar esta administración civil fue una de las preguntas que más debate y polémica suscitó en los medios coloniales de las cinco potencias que por aquel entonces intentaban consolidar su imperio africano: el Reino Unido, Francia, Portugal, Alemania y Bélgica.
En cada uno de estos países, el debate siguió una deriva particular que estaba acorde tanto con sus diferencias políticas internas, como con las diferentes ideas de imperio que querían materializar en su expansión colonial. Sin embargo, tal como ha mostrado Mahmood Mamdani (1996), con el transcurrir de las décadas todos ellos acabaron apoyándose en fuentes de poder que ya existían antes de su llegada para conseguir una administración civil efectiva. Ciertamente, el procedimiento de los nombramientos y de las sucesiones de estos poderes africanos fueron distorsionados por la ingerencia europea, pero también es cierto que los líderes africanos eran conscientes de que encabezaban unas instituciones que poseían una lógica y una razón de ser que no procedía de la conquista europea, y que tenían en los diversos ritos locales un medio de continuar en vigor y de reproducirse.
Según el modelo administrativo adoptado por cada potencia colonial, las autoridades tradicionales escogidas fueron o bien integradas en los escalafones inferiores de la administración colonial, o bien reconocidas oficialmente en su condición de líderes locales mediante la concesión de privilegios y prebendas. En ambos casos, la contrapartida que se esperaba de ellos era su participación en las difíciles tareas de administrar un territorio inmenso, habitado por una población geográficamente muy dispersa y culturalmente muy distante de los europeos. Por el contrario, entre aquellas autoridades africanas que se resistieron a subordinarse al poder colonial, unas optaron por la confrontación abierta y, en general, más pronto que tarde, sufrieron o bien la muerte o bien la deportación a otras partes del imperio; otras, aprovechando la ignorancia inicial de los europeos sobre los entresijos de la política africana, optaron por camuflarse entre la población, autoconfinándose a una especie de exilio interior desde el que, al menos, se mantenían en posición de ejercer una cierta influencia desde la sombra, mientras aguardaban tiempos mejores (Serra, 1997).
LA ALIENACIÓN CULTURAL PRODUCIDA POR EL COLONIALISMO
En todos los casos, el Estado colonial fue un Estado autoritario, que, necesitado de amortizar lo más rápidamente posible los inmensos gastos que comportó la conquista, sometió a la población africana a un esfuerzo físico y tributario extraordinario. No obstante, además de la violencia física, coercitiva, hubo también otra forma de ejercer la violencia tal vez menos visible a primera vista pero no menos importante: fue una violencia añadida que consistía en justificar la violencia física con razones y argumentos falaces que se sustentaban tanto en el humanitarismo de los europeos como en el tradicionalismo de los africanos. Las razones de tipo humanitario argumentaban que la empresa colonial era una contribución europea a la civilización de las razas y culturas inferiores. En este marco mental, el intento de sustituir los ritos locales por el cristianismo, considerada una religión superior, fue, en cierto modo, otra forma de erosionar a los poderes locales africanos Las razones de tipo tradicionalista, por su parte, justificaban la violencia y el autoritarismo del Estado colonial bajo el manto de una supuesta tradición africana, haciendo ver que lo único que hacía el Estado colonial era reproducir el sistema de organización social al que los africanos estaban acostumbrados.
Número de páginas: 5
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NOTAS
  • [ 1 ]

    La dirección científica corrió a cargo de los tres firmantes de esta introducción así como de Fernando Florêncio (CEA-Iscte) y Albert Roca (Universitat de Lleida-ARDA).

  • [ 2 ]

    Las actas de este congreso han aparecido en Caderno de Estudos Africanos, Lisboa, 2009.


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