A la hora de hacer un balance del desempeño de los regímenes democráticos que nacieron en América Latina, se coincide en la pobre capacidad que estos han tenido en generar las condiciones necesarias para ofrecer una vida digna a la mayoría de los ciudadanos. Este magro desenlace, algo diferente al que aconteció con los países del sur de Europa (aunque también divergente entre los mismos países de la región), se ha explicado, por parte de Linz y Stepan (1996), señalando que los resultados de cada país dependían, en gran medida, de tres factores: el punto de partida de los procesos de transición; las características del proceso de cambio; y el papel de los actores externos. En cuanto al punto de partida, la mayoría de los procesos de democratización que se sucedieron en el subcontinente partieron de experiencias culturales y socioeconómicas muy regresivas (O'Donnell, 1997). Si se observa el legado cultural de las anteriores "experiencias autoritarias" (unas más sangrientas que otras), es fácil percatarse de su voluntad de anular cualquier manifestación democrática. En este sentido, el fuerte componente represor y desmovilizador de los regímenes de seguridad nacional supuso una venganza histórica contra la anterior movilización plebeya y populista que desbordó los frágiles márgenes institucionales de los sistemas liberales preautoritarios. Así, el sistemático, continuado y profundo intento de penetrar capilarmente en la sociedad para implantar orden y autoridad despojó a sus habitantes de la condición de ciudadanos. Sobre ello se puede afirmar que no hubo sólo gobiernos extremadamente despóticos, sino también que estos convirtieron a la sociedad en un entorno acusadamente autoritario. Respecto al contexto socioeconómico, el período en que se llevaron a cabo los procesos de transición estuvo marcado por situaciones económicas de profunda depresión, caracterizadas por una precarización acelerada de la frágil clase media. Después de la crisis de la deuda, el flujo neto de préstamos bancarios para la región se detuvo en seco, y la transferencia de capital pronto se volvió negativa. De ello, los países no sólo se vieron obligados a reducir sus importaciones y a aumentar con rapidez las exportaciones, sino a ofrecer "incentivos de precio" para que la oferta pasara del mercado interno al mundial, y a reducir la intervención del Estado en la economía y a suprimir buena parte de los servicios hasta entonces prestados. A medio plazo, el impacto de estas políticas, si bien resultaron algo satisfactorias a nivel macroeconómico, supusieron un incremento de la polarización del ingreso, la erosión de los sectores medios y el empobrecimiento de grandes colectivos (Bulmer-Thomas, 1998).
En cuanto a las características del proceso de cambio -que ya hemos tratado en el epígrafe anterior-, destaca la relevancia de los cálculos estratégicos entre las élites opositoras y del régimen a la vista de las "opciones contingentes" que se presentaron tras la erosión de las dictaduras. Ciertamente, estos procesos pactados, que encarrilaron cambios controlados y tranquilos, conllevaron múltiples lastres para el funcionamiento posterior de la democracia: los amarres, garantías, pactos, borrones y cuentas nuevas así como amnistías, perpetuaron la presencia de múltiples "enclaves autoritarios" en las recién inauguradas democracias (Aguilera y Torres-Rivas, 1998). Ignorar esta premisa supondría pasar por alto -de buena o mala fe- que los regímenes autoritarios tuvieron una raison d'être y unas directrices, así como unos vencedores y unos vencidos. Finalmente, respecto al papel de los actores externos, es importante apuntar que el contexto internacional en que florecieron los regímenes democráticos fue el de la postrimería de la Guerra Fría y el del inicio de un mundo unipolar bajo la hegemonía norteamericana. El desplome del imperio soviético, el aislamiento de Cuba y la derrota en las urnas de la insurgencia centroamericana dejaron sin coartada al discurso antidemocrático
[ 10 ] y en ese paisaje el modelo liberal-democrático apareció no sólo como el único homologable, sino como el único posible. Así las cosas, las debilidades institucionales de las "nuevas democracias" no se debieron sólo a disfunciones de la "ingeniería institucional" ni a la torpeza de las élites. Hubo causas más profundas: por primera vez en la historia de América Latina, se observó la convivencia generalizada de regímenes democráticos con políticas que empeoraban las condiciones de vida de amplias mayorías. Se trata de un tipo de reduccionismo democrático en el que no sólo se puso en cuestión la competitividad efectiva de los procesos electorales o la confección de la agenda que se discute en ellos, sino también la naturalización de situaciones -entre elección y elección- donde imperaba la impunidad, la corrupción pública, la opacidad administrativa y la subordinación del poder judicial al ejecutivo (Vilas, 1998).
Todo lo expuesto hasta ahora no pretende negar los enormes beneficios que supuso la instauración de las democracias representativas en la región, pero también intenta señalar que estos regímenes no aparecieron hasta que las élites domésticas se convencieron de la evaporación de cualquier modelo alternativo que pudiera cuestionar el statu quo, y hasta haber hecho efectiva la desaparición, exilio o desmoralización de aquellos sectores que, en su momento, abogaron por un cambio político radical. Además, es difícil hablar de democratización política cuando ésta no va acompañada también de una democratización de la sociedad, es decir, de una reducción de las profundas fracturas económicas y culturales que cruzan cada uno de los países del subcontinente, que es la región más desigual del planeta. La democracia es un régimen de integración en torno a valores y actitudes compartidas; y la concertación política es una quimera cuando el mercado margina y la cultura discrimina. ¿Es posible en estas latitudes hablar de una democracia que, desafiando la etimología, promueva la exclusión social y política? En todo caso, muchos teóricos empezaron a curarse en salud y optaron por describir estos sistemas como "democracias con adjetivos", hecho que tiene una notable importancia pues, tal como expuso en su día el escritor y pensador catalán Josep Pla, muchas veces son más importantes los epítetos que los sustantivos.
A raíz de todo ello, a lo largo de los años noventa floreció la inquietud de desentrañar cómo funcionaban las democracias "realmente existentes" en América Latina y cuál era su naturaleza. En esta tarea aparecieron dos debates: uno de naturaleza cualitativa y sustantiva sobre las propiedades fundamentales de las democracias, que reflexiona en torno al Estado de derecho, y otro mucho más orientado empíricamente hacia la discusión de conceptos e indicadores sobre " la calidad" de estas democracias.
Sobre el Estado de derecho y la ciudadanía