En cuanto a la otra cuestión, a la de carácter estructural, cabe señalar que el proceso de democratización se desarrolló como un ejercicio de reforma institucional y actitudinal, ceñida a compromisos entre élites, pero muy pocas veces se ha interpretado como un fenómeno estructural. En esta dirección las interpretaciones de la democratización que expusieron Barrington Moore Jr. (1966), Luebbert (1997), Rueschemeyer, Stephens y Stephens (1992), Collier (1999), Acemoglu y Robinson (2006) no han formado parte del mainstream a la hora de pensar los procesos de cambio en la región. En esta literatura, a diferencia de la transitología, el elemento clave en la formación de nuevos regímenes son las coaliciones establecidas a través de un largo proceso histórico, y las democracias -a diferencia de otros regímenes excluyentes- son fruto de grandes coaliciones sociales donde las clases sociales más desfavorecidas obtienen algún tipo de activo. Tal como exponen Rueschemeyer, Stephens y Stephens (1992: 5-7), históricamente la democratización representa el debilitamiento de las clases altas y el fortalecimiento de las clases trabajadora y media, y por ello los mismos autores enfatizan en su obra que "no fue el mercado capitalista, ni los capitalistas, sino las contradicciones del capitalismo las que hicieron avanzar la causa de la democracia".
La ausencia de este enfoque puede interpretarse de varias maneras. Por un lado, por la poca disposición a enfatizar el rol de las bases y del conflicto en los procesos de democratización, y, por el otro, debido a la dificultad de interpretar el cambio como el fruto de una alianza social transversal que beneficiara a grandes colectivos. Sobre el primero de los temas -el de ignorar el conflicto social- no está claro por qué la literatura al uso no lo trató, ya que en dichos procesos la "política contenciosa" fue una parte fundamental, y así lo exponen MacAdam, Tilly y Tarrow (2000: 149) al señalar que "muchos análisis han atendido de cerca las interacciones de individuos, grupos y partidos en sus estudios de cambio político. Pero en su énfasis en los incentivos individuales y en los pactos entre élites, se ignora la enorme cantidad de política contenciosa que precedió y acompañó cada uno de los episodios de cambio (...) fue el conflicto político en que aparecieron nuevos actores y nuevas identidades, y gracias a ello acontecieron posteriormente transformaciones en la política institucional". Los autores en cuestión sentencian en su obra sobre los procesos de cambio político que "no se puede ignorar la contienda".
Una cuestión más compleja es el tema de cómo analizar las alianzas sociales en los procesos de transición. Si bien la negación y la invisibilización de la política contenciosa en los procesos de cambio de régimen quizás fueron el fruto de cierta arrogancia elitista -y del seguidismo correspondiente de la academia-, la ausencia de un análisis que interpretara el proceso de democratización a través coaliciones socioeconómicas (siguiendo la estela de la literatura estructuralista) puede haberse debido a una cuestión más profunda, a saber, que dichos procesos no fueran más allá de una apertura institucional y una refundación simbólica, y que las nuevas coaliciones que empujaran la democracia no fueran interclasistas en un sentido amplio
[ 7 ] . Sobre ello, autores como Cardenal (2002: 137) han señalado que en casos como El Salvador, la democracia que se estableció a principios de los años noventa se puede interpretar a partir del declive de la economía agraria y del auge de una nueva economía dominada por el comercio, los servicios y, en menor medida, la industria vinculada a la maquila. Pero esta combinación de intereses emergentes -comercio, servicios y maquila- no parece ser precisamente una base sólida para la inclusión de amplios colectivos en la arena política ni la base para generar políticas que induzcan a una mayor cohesión social. En este sentido, es preciso cuestionarse cómo interpretar, a finales del siglo XX, las alianzas interclasistas y la naturaleza de los actores que deberían confeccionarlas. El hecho de que en este período los recursos de las clases altas tuvieran una naturaleza menos fija que en el pasado
[ 8 ] , supuso que éstas tuvieran menos temor a las posibles políticas redistributivas que se pudieran ofertar desde gobiernos de izquierda; y todo ello a la vez que las mismas élites aconsejaban moderación a los que proponían políticas redistributivas, pues éstas podrían suponer la fuga de los recursos movibles y una señal para que los homólogos forasteros no invirtieran en el país (Boix, 2003).
Además, el impacto de la década perdida y las políticas neoliberales posteriores sobre el tejido social -que supusieron un intenso proceso de informalización y precarización de amplios sectores- dieron al traste con la posibilidad de articular actores políticos basados en amplias y robustas coaliciones de carácter popular que pudieran ser vistos como aliados apetecibles a disposición de las élites "progresistas" y, con ello, abanderar una propuesta sustantiva de democratización basada en políticas públicas que generaran una mayor equidad -tal como ocurrió en los procesos de inserción de amplios sectores populares en las arenas políticas latinoamericanas durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado, y de los que da cuenta la obra de Collier y Collier (1992). Probablemente por ello, las democracias nacientes, arrulladas por un total dominio ideológico del neoliberalismo
[ 9 ] , nunca respondieron a las expectativas generadas. Y por la misma razón la literatura, tal como se indica en el epígrafe que sigue, se centró en el análisis de los pasivos que acarrearon los nuevos regímenes.
LOS REGÍMENES REALMENTE EXISTENTES
El rápido desencanto y las democracias con adjetivos
La contienda electoral argentina de 1983, que fue la primera después del tenebroso período de la Junta Militar, se resolvió con la victoria de la Unión Cívica Radical (UCR) de la mano de Raúl Alfonsín. Una de las razones por las que Alfonsín ganó (y se impuso a la caleidoscópica formación justicialista) fue por la eficaz campaña que desplegó, cuyo eje era el de proclamar las bondades que conllevaba la democracia. El eslogan que utilizó la UCR decía que "con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura...". Ciertamente, el líder radical ganó, pero su mandato no cumplió las expectativas generadas y menos aún la propositiva promesa electoral: la inflación galopante que generó su gestión bloqueó su proyecto de gobierno, que terminó antes del período estipulado. El caso que hemos expuesto, sin embargo, no fue excepción en la región, sino más bien la regla. Con ello rápidamente muchos de aquellos ciudadanos que lucharon por la consecución de la democracia se dieron cuenta de que el nuevo sistema político no necesariamente suponía mejores condiciones de vida para la mayor parte de la población.