por Salvador Martí i Puig
Revista Cidob d'Afers Internacionals nº 85-86, Mayo 2009
En cuanto a la cultura política, es difícil pensar que la experiencia de regímenes autoritarios, con un fuerte componente represor y desmovilizador, supusiera un espacio en el que floreciera la "cultura cívica". Efectivamente, la gran mayoría de regímenes que se desmoronaron tenían como característica su desmesurada represividad, así como su naturaleza terrorista y clandestina. En este sentido, muchos de ellos supusieron, en el sentido político, una cierta venganza histórica contra la anterior movilización "plebeya" y "populista" que desbordó los frágiles márgenes institucionales de los sistemas preautoritarios. Así, el sistemático, continuado y profundo intento del Gobierno de penetrar capilarmente en la sociedad para implantar orden y autoridad despojó a sus habitantes -si alguna vez la habían tenido- de la condición de ciudadanos. En ese marco no hubo sólo un Gobierno extremadamente despótico, sino que también convirtieron a la sociedad en un entorno acusadamente autoritario.
Respecto al crecimiento económico y la supuesta emergencia y consolidación de una nueva clase media emprendedora y modernizadora, vale decir que el período en que se llevaron a cabo los procesos de transición estuvieron marcados por contextos económicos de profunda depresión, caracterizada por una precarización acelerada de la ya de por sí frágil clase media de esos países. Uno de los indicadores más significativos de este proceso fue, sin duda, la amenaza del Gobierno mexicano, en agosto de 1982, de no cumplir el pago de su deuda. Ante ello, el flujo neto de préstamos bancarios para la región se detuvo en seco, y la transferencia neta de recursos del Tercer Mundo pronto se volvió negativa. Al reducir el flujo de nuevos capitales los países no sólo se vieron obligados reducir sus importaciones y a aumentar con rapidez la exportaciones, sino a ofrecer incentivos de precio para que la oferta pasara del mercado interno al mundial, y a reducir la intervención del Estado en la economía y a suprimir buena parte de los servicios hasta entonces prestados, residualizando los programas de bienestar. A medio plazo, el impacto de estas políticas (si bien resultaron algo satisfactorias a escala macroeconómica) supusieron un incremento notable de la polarización del ingreso y la erosión de los sectores medios. Así las cosas, los años previos a los procesos de transición no emularon, en ninguno de los casos, al paisaje requerido por las teorías de la modernización. Por otro lado, a escala internacional, la crisis y transformación de las dictaduras no fue producto de la ruptura de la lógica "centro-periférica" que, según los dependentistas, condenaba a los países de la "periferia" a estar regidos por sistemas dependientes y autoritarios. Contrariamente a ello, justo a partir de la crisis de la deuda y el subsiguiente abandono de los modelos de desarrollo "hacia adentro" se iniciaron procesos de profunda integración de las economías del tercer mundo en el mercado internacional, abriendo sus economías y adoptando agendas de ajuste económico elaboradas por entidades financieras internacionales -dando paso así a las políticas del "consenso de Washington".