Es desde estos presupuesto que es preciso enfrentarse con sus más de 20.000 clichés de Nueva York, ciudad que llegó a conocer con mucho detalle porque durante un tiempo hizo de taxista y recorrió lo bueno y lo malo socialmente hablando. Fontserè es el hombre de la visión directa y respuesta inmediata. El cartel publicitario o anunciador responde a este hecho y éste es lo que lo hace eficaz; es un poco aquello que Eisenstein decía de la cuarta visión, aquélla de la que sólo se dan cuenta los interesados, los que captan el sentido profundo de la comunicación. Estas mismas personas resultan incómodas porque a través de ellas se capta la falsedad del comunicado y, en consecuencia, lo invalidan. Toda su vida de exiliado encontró este inconveniente, pero cuando había alguien que buscaba este hgecho de la eficacia comunicativa, inmediatamente se convertía en amigo suyo. Éste fue el caso de su relación con Cantinflas, de su contacto con Dalí, de algunas de sus posibilidades de desarrollo en el emporio norteamericano.
POSEÍDO POR LA ESTÉTICA. Pero en su propio país de origen siempre molestó porque, decían, desconocía la estrategia de la comunicación. Tal vez por esta banda se debería buscar el sentido principal de su fotografía, que equivalía a verdad y discurso además si bien, por lo que fuese, acostumbraba a querer acompañar las fotografías con textos o grabados de época aclaraores. No porque cada pieza autónoma hiciese falta sino porque así quería evitar el argumento de una lectura equivocada de la realidad y de sus imágenes.
Fontserè hizo también viñetas de cómics; esta práctica le parecía que contenía en el trazo de la raya, en la imagen dibujada la totalidad inequívoca del mensaje. Su mirada tendría que acompañarlo; era un ser humano poseído por la estética.