Esa paradoja se ensancha si interfiere en ese proceso de aprendizaje continuo un tipo de lectura digital que aboca a una experiencia a menudo incontrolada y caótica. No es que esa clase de lectura sea en sí misma mala o denostable, entre otras cosas porque será inevitable, pero convendría embridarla y compaginarla con la lectura tradicional, para que los índices de comprensión y, en definitiva, las capacidades cognitivas esenciales, siguieran desarrollándose con normalidad.
5. Existen proyectos europeos de gran calado (Adore-Project
[ 10 ] ) que pretenden desentrañar las causas de la dificultad lectora de muchos de nuestros jóvenes para practicar políticas capaces de rectificar esa propensión. España apenas está representada, no se sabe si por falta de medios, de interés o de suficiencia, incapaz quizás de percibir que las dificultades lectoras son un problema que excede en límite de las fronteras de cualquier país, cuyas causas profundas suelen ser comunes, y cuyas estrategias de reparo, en consecuencia, pueden ser solidaria y globalmente orquestadas. Aprender, también, de lo que llevan haciendo hace ya muchos años organizaciones como el National Literacy Trust
[ 11 ] en el Reino Unido o la Stiftung Lesen
[ 12 ] en Alemania o, por qué no, la International Reading Association
[ 13 ] en los Estados Unidos, sería un trabajo, sería parte de un buen plan estratégico.
6. Es urgente que comprendamos qué está ocurriendo con los jóvenes lectores que, en gran medida, leen casi exclusivamente en pantalla
[ 14 ] , fragmentariamente, siguiendo rastros dispersos y descoyuntados. ¿A qué tipo de cerebro y de compresión, de capacidades cognitivas, está dando lugar ese tipo de lectura? Sabemos que, tarde o temprano, la plasticidad misma del cerebro y el estímulo recurrente de nuevas partes del cerebro -más relacionadas, en la lectura digital, con el lóbulo frontal y la capacidad y velocidad de procesamiento- conducirá a la conformación de un cerebro que ya se llama digital, pero no existen estudios sobre su evolución, sobre las consecuencias que acarreará, sobre la imperiosa necesidad de alfabetizar doblemente, es decir, conservando los hábitos lectores tradicionales -que son el sostén de las capacidades cognitivas que nos constituyen propiamente como homo sapiens- y añadiendo las que se deriven de los nuevos medios digitales, embridándolos de manera que los jóvenes las adquieran ordenadamente.
7. Las bibliotecas escolares siguen siendo un desierto inculto, un espacio desvinculado del resto de las áreas de conocimiento y de la actividad docente. La Ley de la Calidad de la Educación
[ 15 ] no hizo nada para remediarlo, y en lugar de convertirse en el corazón de un eje transversal que la atravesara desde todas las asignaturas para convertirse en el espacio privilegiado de trabajo e indagación, siguen siendo lo que son, páramos marchitos
[ 16 ] , islas penitenciarias más que oasis de conocimiento. ¿Cómo caben pensar que un joven que no pudo adquirir el hábito lector en su entorno familiar lo adquirirá alguna vez en su vida si lo único que conoce es un tipo de lectura mecánica y obligatoria, prescrita y desganada, que es la que suele propiciarse en la escuela? ¿Cómo pretendemos que un joven aprenda a construirse su propia opinión sobre las cosas, a labrarse un juicio propio y crítico si procede, a ser capaz de formarse una opinión propiamente política sobre los asuntos de la vida pública que nos conciernen a todos si nunca se fomentó el hábito de acudir a la biblioteca escolar a buscar información y contenidos, si nunca se le enseñó a utilizar la biblioteca y los libros como el principal recurso informativo, si nunca maduró su criterio en las condiciones en que debe crecer para ser lo suficientemente solvente? Apelar a la madurez cívica o al comportamiento democrático es tan vacuo como un canto al sol en este caso.
8. Los profesores (sobre todo de secundaria), no tienen una formación específica para la enseñanza de la lectura porque se presupone que la fluidez y las competencias necesarias se adquieren en la educación primaria en bloque, sin resquicios. Todas las evidencias apuntan, sin embargo, a que los diferentes ámbitos de conocimiento troncales requieren de diferentes pericias lectoras -no es lo mismo un texto literario que un enunciado matemático, simplificando-, y los profesores deberían ser sistemáticamente asesorados y preparados para que practicaran esa formación continuada.
Se trata de que cada área de conocimiento del currículum de secundaria caiga en la cuenta que genera un tipo de textualidad absolutamente original -cómo se comunica un contenido, cómo se escribe, cómo se compone, cómo debe interpretarse y leerse- que debe ser enseñada, una textualidad para la que no son suficientes los conocimientos adquiridos en la etapa primaria. Los profesores de esas áreas específicas deberían, en consecuencia, caer en la cuenta que en esta etapa del aprendizaje es perentorio que se hagan cargo explícitamente de la enseñanza de la lectura y la escritura asociada a sus respectivas áreas de conocimiento. ¿Dónde está la movilización del Ministerio de Educación y las respectivas administraciones autonómicas para proporcionar esta formación específica?
9. En el año 2004 la National Endowment of the Arts Survey
[ 17 ] de los Estados Unidos, realizó una encuesta a nivel nacional sobre las prácticas lectoras de sus ciudadanos, y las conclusiones fueron sintetizadas en un título conciso y extraordinariamente significativo: "La lectura en peligro "
[ 18 ] . Por nuestros pagos no parece que a nadie inquiete demasiado esta posibilidad, aunque no alcanzo a entender de dónde procede ese optimismo asambleario que suele suceder a la celebración de Ferias del Libro populares, por donde transitan, precisamente, los no lectores, o los lectores reticentes que buscan algunas piezas más o menos clónicas y públicamente contrastadas, pero que no son propiamente lectores o no encuentran el empuje suficiente para poder convertirse en uno de ellos.
10. Algunos países occidentales con mejores resultados en los balances de PISA, han puesto en marcha este año campañas nacionales de fomento de la lectura de gran calado, con medidas de largo aliento. Inglaterra
[ 19 ] y Alemania
[ 20 ] ya lo han hecho, y yo espero que aquí no tardemos demasiado. ¿Cabría pensar en una campaña de fomento de la lectura global, en un Año de la lectura más allá de celebraciones espurias, pegadas de carteles y festivales poéticos, un Año dedicado, sobre todo, a trabajar el andamiaje casi siempre invisible y políticamente poco gratificante de la promoción básica de la lectura?
Observar la lectura es uno de los trabajos más interesantes que nos aguardan, y solamente esperamos, impacientes, a que conozcamos las primeras iniciativas.