En 1992 irrumpió en nuestra vida cotidiana un último cambio tecnológico: internet. Transcurrido tan poco tiempo desde su aparición parece imposible imaginar un mundo sin internet, como lo es imaginarlo sin ninguno de la larga lista de cambios tecnológicos del siglo XX: el teléfono, la radio, la televisión, etcétera.
Internet es una tecnología más aunque, eso sí, una tecnología muy particular cuyos efectos en nuestra vida están todavía lejos de concretarse. Suele señalarse, como características de internet, de una parte, la rapidez de su expansión y perfeccionamiento y, de otra «las enormes posibilidades que ofrece en campos dispares que pueden afectar a usos que consideramos propios de nuestra civilización» como señala el profesor de la Universidad Complutense José Manuel Lucía Mejías, autor de un interesante libro titulado: Literatura románica en internet.
Tres son los usos que parecen irse consolidando:
---un sistema de correo y de transmisión de documentos
---un bazar donde comprar y vender
---una forma de almacenamiento y difusión de la información
Todos estos «usos de internet» están dejando su huella en el «sistema de lo impreso». Las ventas a través de las cestas de la compra de las páginas web, las librerías electrónicas, la publicidad digital, las bibliotecas virtuales o los originales electrónicos que multiplican el número de los que llegan a los editores son una buena muestra de ello. Pero sobre todo, internet representa una forma nueva de almacenamiento y difusión del saber y, naturalmente, de los textos que parece no tener límite.
A la desmaterialización del medio se suman las posibilidades que la edición electrónica tiene en la presentación de los materiales textuales, ya que al texto se le puede unir imagen fija o en movimiento y sonido, así como la facilidad e instantaneidad del «transporte».
Se configura así un nuevo proceso de comunicación muy distinto del surgido del invento de Gutenberg: en la red no existe «soporte» ni un «aparato» económico financiero, comercial y profesional de características análogas al del libro.
Y, si es así, de inmediato surge la pregunta ¿para qué los editores?
IV. Las mutaciones en la edición
Los editores que asistimos al Congreso de la Unión Internacional de Editores que se celebró en Buenos Aires, en mayo del año 2000 estábamos todavía bajo la impresión producida por el primer lanzamiento en la red de un libro destinado al gran público. Se trataba de una novela de Stephen King: Riding the bullet que vendió 500.000 ejemplares en 48 horas, aunque, tan breve espacio de tiempo, bastó para que algún «hacker» rompiera la protección digital y lanzara clones de la obra a todo lo largo y a lo ancho de la red.
Más sorprendente, si cabe, fue la sesión dedicada a los e-books en la que intervinieron representantes de las compañías que trabajaban este tipo de soportes. Se nos mostró unos en forma de tablilla, otros como de gafas especiales y finalmente la sesión concluyó con la presentación de la llamada e-ink, la tinta electrónica. Se adujeron a favor de estos nuevos soportes, además de las ventajas del almacenamiento y la capacidad de distribución otros argumentos menos convincentes: desde aliviar el peso que deben soportar las espaldas de los escolares, a su mejor legibilidad en la cama o, incluso, en la ducha. El éxito del e-book de Microsoft parecía imparable y esa compañía vaticinó la venta de 14 millones de estos soportes en el año 2001 lo que, desde luego, no ha ocurrido: ese e-book ni siquiera se llegó a comercializar.
Sin embargo, no es de extrañar que a la vista de los fenómenos que hemos descrito -producidos, conviene recordarlo, dentro del proceso de «globalización» de la economía y del comercio mundiales- la industria editorial haya reaccionado incorporando nuevas funciones a las que tradicionalmente venía realizando.
a) El editor queda obligado ahora a mirar más allá de las fronteras del libro y tomar decisiones que incursionan en el análisis de otros territorios para buscar y procurarse las sinergias y apoyos que le puedan prestar otros medios o para equilibrar la competencia que estos le pueden hacer.
b) El editor aparece como gestor de derechos de autor y, si se me permite la expresión, como «emvasador» y difusor de la información.
Como consecuencia, la edición parece estar tomando una doble dirección:
1. De un lado, la edición multimedia y la búsqueda de sinergias con otros medios reclaman inversiones archimillonarias muy por encima de las relativamente modestas que la producción de libros requiere. Hay, pues, una fuerte tendencia a la concentración editorial en grupos multimediáticos y transnacionales lo que conduce a un cierto proceso de oligopolización de la edición. En España 6 grupos concentran el 78% del mercado. Simultáneamente, también la demanda se concentra y 6 grandes compradores representan el 50% de todas las compras de libros en nuestro país.
2. Pero de otro lado surge un interesante movimiento de editores independientes fundamentalmente en el campo de la literatura, de las Humanidades, y de las Ciencias Sociales que haciendo uso de las herramientas que han aportado las nuevas tecnologías cuelgan en la red sus páginas web, que incluye una cesta de la compra, o informan a sus compradores empleando el correo electrónico a modo de boletín de novedades.
En grupos o independientes los editores se ven cada vez más abocados a tomar decisiones sobre el modo en que va a ser difundido el texto que el autor nos entrega. ¿Papel o edición y difusión electrónica? ¿Ambos simultáneamente? ¿Uno antes que otro?
V. La búsqueda del soporte
El problema se plantea no ya en los límites del libro sino, esa es la novedad, en los límites de internet porque también en internet se da la paradoja de que "sus posibilidades constituyen sus limitaciones".
Internet se caracteriza:
a) Por una capacidad prácticamente sin límites de almacenaje y difusión de la información.
b) Por una completa libertad de acceso a la información y al introducción de datos.
«Pero estas múltiples posibilidades son las que también concretan las posibilidades de internet, ya que la enorme cantidad de información que hoy puede consultarse - y que día a día crece en progresión geométrica- termina por hacer poco operativo este nuevo medio»
(J. M. Lucía,.)
Sin duda las herramientas de búsqueda, como Google constituyen un primer filtro pero insuficiente en la mayoría de los casos. El buscador da una información desjerarquizada o clasificada de acuerdo con criterios no siempre conocidos.
El usuario parece reclamar, cada vez con mayor fuerza, la confiabilidad, la permanencia y la responsabilidad por el mensaje. Precisa de la paternidad del autor, de la responsabilidad del editor y de la permanencia de la palabra escrita, específicas de los libros.
Recientes desarrollos en las tecnologías de protección de los mensajes digitales así como de los avances en el campo de la protección jurídica de los sistemas de protección permiten avizorar soluciones eficientes en un futuro no muy lejano.
Se abren así nuevas formas de «acceso» de las obras especialmente eficientes en el campo de las obras científicas, técnicas o académicas. El investigador puede consultar los textos y «bajarse» el fragmento o los fragmentos que precise para su estudio e investigación.