Trama & TEXTURAS

La gestión del texto: Edición tradicional y nuevos soportes

por Federico Ibáñez Soler

Trama & TEXTURAS nº 5, Mayo 2008

La Unión Internacional de Editores, que agrupa a los editores de todo el mundo, asegura que anualmente se publican alrededor de un millón de títulos distintos. Es realmente una cifra abrumadora: aproximadamente un título nuevo cada treinta segundos y así año tras año.

Si la multiplicidad de títulos es un signo de la vitalidad del libro preguntarse por su futuro puede parecer carente de sentido. «Los muchos libros» en la expresión acuñada por el escritor Zaid serían la demostración y, al mismo tiempo, la garantía de la pervivencia de un soporte, -el impreso-, que desde su invención en el siglo XV ha tenido efectos de alcance extraordinario. Pero la aparición de nuevas tecnologías y soportes de comunicación, entre otros factores, están produciendo importantes mutaciones en el mundo del libro.

I. El sistema de lo impreso

Como es sabido, el invento de Gutenberg -la conjunción de los caracteres móviles, con una tinta de base grasa y una prensa que combinara las características de las utilizadas para hacer vino y para encuadernar- tuvo una inmediata fortuna. Los lectores no tardarán en advertir sus muchas ventajas: la velocidad, la uniformidad de los textos y el precio. Diderot el filósofo y editor de la Enciclopedia en su Carta sobre el comercio de libro afirmaba en 1714 que: «más allá de la naturaleza y el mérito real de una obra, fue la novedad de la invención, la belleza de la ejecución, la diferencia de precio entre un libro impreso y otro manuscrito lo que favoreció la rápida difusión de la imprenta.»

Es esta una afirmación corroborada por el hecho de que el millón de títulos que hoy en día se publican cuente con el ilustre precedente de los más de 30.000 incunables que aquellas primeras imprentas produjeron en los últimos años del siglo XV.

El invento de Gutenberg fue, desde luego, el de los prismas de metal para moldear las superficies de las letras, la tinta grasa y la prensa de imprimir. Fue la invención de una tecnología y la de un objeto: el libro impreso.

Pero como consecuencia de esa tecnología y de ese soporte surge, a su vez, como ha señalado el sociólogo Robert Escarpit:

1º. Una forma de comunicación entre el autor y el lector que requerirá un soporte, el libro impreso, y que conlleva la aparición de un tercero, el editor, que tiene poder sobre el soporte.

2º. Un aparato económico, financiero, comercial y social que hace posible la producción y difusión del libro y la recuperación financiera de la inversión del editor.

Este aparato esta sometido a las reglas de la economía, es decir, a exigencias extratextuales y convierte al libro en un bien económico afectado por un costo.

A partir de la imprenta aparecen nuevas profesiones y oficios como el autor profesional, el librero, el distribuidor o el impresor relacionados con el libro que constituyen nuevas actividades económicas regidas por sus propias reglas.

De otra parte y desde bien pronto surgieron divergencias entre autores y editores sobre el disfrute de los beneficios económicos de las obras y sobre la facultad de hacerlas públicas de tal o cual manera. Esta relación potencialmente conflictiva dará origen al moderno Derecho de Autor y a la Propiedad Intelectual que se plasmará, a lo largo del siglo XIX, en leyes nacionales, en convenios internacionales en sociedades de autores y de editores. Hijo, pues, de la imprenta es, también, el derecho de autor.

II. El entorno cambiante del libro

Durante cuatro siglos lo impreso experimentó en todos los órdenes un desarrollo formidable y gozó de una situación de monopolio en el campo de la comunicación. En efecto, hasta la aparición de la radio nada podía ser transmitido si no adoptaba la forma de un impreso.

Sin embargo, a lo largo del siglo pasado y muy especialmente a partir de los años 80 la irrupción de nuevos inventos, primero relacionados con la electricidad y luego con la electrónica ha alterado de forma sustancial el panorama del libro. Los desarrollos de los medios de comunicación de masas primero,-el cine, la radio y la televisión-, después los ordenadores y los nuevos soportes, disquetes, CD-Rom y, por último internet, han modificado de tal manera el entorno del libro que no es de extrañar que ya en 1990, dos años antes de la aparición de internet, se alzaran voces preocupadas por el futuro del libro y algunas incluso profetizaron su desaparición pura y simplemente.

Yo mismo tuve la oportunidad de asistir en junio de 1990 a la reunión organizada en Londres por el Financial Times con el lema «The publishing industry in the ninetees» en la que Jerome Robbins, entonces presidente de la Comisión de Edición Electrónica de la American Publisher's Association, aseguró que las nuevas tecnologías acabarían por hacer desaparecer el libro del mercado alrededor del año 2000.

Con independencia del valor profético de la predicción de Robbins es interesante constatar que reflexiones como las suyas y las de otros muchos, a menudo inspiradas en el ensayo que obtuvo una gran resonancia La galaxia Gutenberg de MacLuhan, se fundamenta en la constatación de la aparición en escena de ciertos fenómenos que configuran lo que se ha dado en llamar «el entorno cambiante del libro».

Señalaremos cuatro de estos fenómenos:

1. La pérdida del monopolio del libro.

2. La pérdida de las fronteras del libro.

3. El alargamiento de la cadena del libro.

Consideración especial merece un cuarto punto al que le hemos dado un apartado propio:

4. La desmaterialización del soporte: Internet.

1. La irrupción de las nuevos media en lo que ha sido el territorio exclusivo del libro ha quebrado, como ya hemos mencionado, su monopolio. Ello ha tenido, a su vez, varias consecuencias:

a) El libro debe competir con los nuevos soportes para ganarse el tiempo y la decisión de gastos de los consumidores; la competencia se establece no ya de unos libros con otros sino de los libros con otros medios, TV, cine, DVD, internet etc.

b) El sector del libro se ha visto lanzado a un entorno más amplio, al de las industrias culturales. Ahora forma parte de un hipersector en el que se incluyen los creadores, los productores, los distribuidores y los difusores de todo tipo de bienes culturales, incluidos los medios de comunicación.

2. De otra parte, la propia naturaleza del libro parece estar mutando. Si bien el libro es un producto reconocido y recomendable universalmente, hoy sus fronteras con otros soportes se difuminan, se solapan y hasta se confunden.

No se trata solo de que determinados soportes nuevos se identifiquen como libros, es que periódicamente se anuncia la aparición de nuevos soportes, los llamados libros electrónicos, e-books o rocquet book, de los que más tarde, tendremos oportunidad de hablar, que esperan sustituir al libro que conocemos en, al menos, una parte significativa.

3. Un tercer fenómeno a considerar es el alargamiento de la cadena del libro. En efecto, el libro ha dejado de ser «un producto final». Ahora puede ser copiado e incluso reproducido en otro soporte o con otro aspecto.

Las fotocopias, el scanner, y en general los procesos de digitalización permiten utilizaciones secundarias incluso terciarias objeto, a su vez de la actividad económica de otras empresas. Los datos referidos, por ejemplo, las fotocopias son realmente abrumadores. Según uno de los últimos informes, en nuestro país se fotocopiaron 3.493 millones de páginas de material protegido lo que representa apenas el 9,2% del total de fotocopias.

Finalmente, autores y editores se ven alejados del último usuario tanto más cuanto más nuevos eslabones se van añadiendo a la cadena del libro.

III. La desmaterialización del soporte: Internet

En 1992 irrumpió en nuestra vida cotidiana un último cambio tecnológico: internet. Transcurrido tan poco tiempo desde su aparición parece imposible imaginar un mundo sin internet, como lo es imaginarlo sin ninguno de la larga lista de cambios tecnológicos del siglo XX: el teléfono, la radio, la televisión, etcétera.

Internet es una tecnología más aunque, eso sí, una tecnología muy particular cuyos efectos en nuestra vida están todavía lejos de concretarse. Suele señalarse, como características de internet, de una parte, la rapidez de su expansión y perfeccionamiento y, de otra «las enormes posibilidades que ofrece en campos dispares que pueden afectar a usos que consideramos propios de nuestra civilización» como señala el profesor de la Universidad Complutense José Manuel Lucía Mejías, autor de un interesante libro titulado: Literatura románica en internet.

Tres son los usos que parecen irse consolidando:

---un sistema de correo y de transmisión de documentos

---un bazar donde comprar y vender

---una forma de almacenamiento y difusión de la información

Todos estos «usos de internet» están dejando su huella en el «sistema de lo impreso». Las ventas a través de las cestas de la compra de las páginas web, las librerías electrónicas, la publicidad digital, las bibliotecas virtuales o los originales electrónicos que multiplican el número de los que llegan a los editores son una buena muestra de ello. Pero sobre todo, internet representa una forma nueva de almacenamiento y difusión del saber y, naturalmente, de los textos que parece no tener límite.

A la desmaterialización del medio se suman las posibilidades que la edición electrónica tiene en la presentación de los materiales textuales, ya que al texto se le puede unir imagen fija o en movimiento y sonido, así como la facilidad e instantaneidad del «transporte».

Se configura así un nuevo proceso de comunicación muy distinto del surgido del invento de Gutenberg: en la red no existe «soporte» ni un «aparato» económico financiero, comercial y profesional de características análogas al del libro.

Y, si es así, de inmediato surge la pregunta ¿para qué los editores?

IV. Las mutaciones en la edición

Los editores que asistimos al Congreso de la Unión Internacional de Editores que se celebró en Buenos Aires, en mayo del año 2000 estábamos todavía bajo la impresión producida por el primer lanzamiento en la red de un libro destinado al gran público. Se trataba de una novela de Stephen King: Riding the bullet que vendió 500.000 ejemplares en 48 horas, aunque, tan breve espacio de tiempo, bastó para que algún «hacker» rompiera la protección digital y lanzara clones de la obra a todo lo largo y a lo ancho de la red.

Más sorprendente, si cabe, fue la sesión dedicada a los e-books en la que intervinieron representantes de las compañías que trabajaban este tipo de soportes. Se nos mostró unos en forma de tablilla, otros como de gafas especiales y finalmente la sesión concluyó con la presentación de la llamada e-ink, la tinta electrónica. Se adujeron a favor de estos nuevos soportes, además de las ventajas del almacenamiento y la capacidad de distribución otros argumentos menos convincentes: desde aliviar el peso que deben soportar las espaldas de los escolares, a su mejor legibilidad en la cama o, incluso, en la ducha. El éxito del e-book de Microsoft parecía imparable y esa compañía vaticinó la venta de 14 millones de estos soportes en el año 2001 lo que, desde luego, no ha ocurrido: ese e-book ni siquiera se llegó a comercializar.

Sin embargo, no es de extrañar que a la vista de los fenómenos que hemos descrito -producidos, conviene recordarlo, dentro del proceso de «globalización» de la economía y del comercio mundiales- la industria editorial haya reaccionado incorporando nuevas funciones a las que tradicionalmente venía realizando.

a) El editor queda obligado ahora a mirar más allá de las fronteras del libro y tomar decisiones que incursionan en el análisis de otros territorios para buscar y procurarse las sinergias y apoyos que le puedan prestar otros medios o para equilibrar la competencia que estos le pueden hacer.

b) El editor aparece como gestor de derechos de autor y, si se me permite la expresión, como «emvasador» y difusor de la información.

Como consecuencia, la edición parece estar tomando una doble dirección:

1. De un lado, la edición multimedia y la búsqueda de sinergias con otros medios reclaman inversiones archimillonarias muy por encima de las relativamente modestas que la producción de libros requiere. Hay, pues, una fuerte tendencia a la concentración editorial en grupos multimediáticos y transnacionales lo que conduce a un cierto proceso de oligopolización de la edición. En España 6 grupos concentran el 78% del mercado. Simultáneamente, también la demanda se concentra y 6 grandes compradores representan el 50% de todas las compras de libros en nuestro país.

2. Pero de otro lado surge un interesante movimiento de editores independientes fundamentalmente en el campo de la literatura, de las Humanidades, y de las Ciencias Sociales que haciendo uso de las herramientas que han aportado las nuevas tecnologías cuelgan en la red sus páginas web, que incluye una cesta de la compra, o informan a sus compradores empleando el correo electrónico a modo de boletín de novedades.

En grupos o independientes los editores se ven cada vez más abocados a tomar decisiones sobre el modo en que va a ser difundido el texto que el autor nos entrega. ¿Papel o edición y difusión electrónica? ¿Ambos simultáneamente? ¿Uno antes que otro?

V. La búsqueda del soporte

El problema se plantea no ya en los límites del libro sino, esa es la novedad, en los límites de internet porque también en internet se da la paradoja de que "sus posibilidades constituyen sus limitaciones".

Internet se caracteriza:

a) Por una capacidad prácticamente sin límites de almacenaje y difusión de la información.

b) Por una completa libertad de acceso a la información y al introducción de datos.

«Pero estas múltiples posibilidades son las que también concretan las posibilidades de internet, ya que la enorme cantidad de información que hoy puede consultarse - y que día a día crece en progresión geométrica- termina por hacer poco operativo este nuevo medio»

(J. M. Lucía,.)

Sin duda las herramientas de búsqueda, como Google constituyen un primer filtro pero insuficiente en la mayoría de los casos. El buscador da una información desjerarquizada o clasificada de acuerdo con criterios no siempre conocidos.

El usuario parece reclamar, cada vez con mayor fuerza, la confiabilidad, la permanencia y la responsabilidad por el mensaje. Precisa de la paternidad del autor, de la responsabilidad del editor y de la permanencia de la palabra escrita, específicas de los libros.

Recientes desarrollos en las tecnologías de protección de los mensajes digitales así como de los avances en el campo de la protección jurídica de los sistemas de protección permiten avizorar soluciones eficientes en un futuro no muy lejano.

Se abren así nuevas formas de «acceso» de las obras especialmente eficientes en el campo de las obras científicas, técnicas o académicas. El investigador puede consultar los textos y «bajarse» el fragmento o los fragmentos que precise para su estudio e investigación.

Pero internet no solo es un medio de transmisión sino que es también un medio de creación gracias a la capacidad de unir elementos diferentes: textos, imágenes y sonido y puede incorporar capacidades de la informática cuyo máximo exponente es el hipertexto. Algunos autores señalan, por ejemplo, las posibilidades que se ofrecen en la edición de textos literarios gracias a un sistema de enlaces o hipertextos. Sería posible consultar los borradores o primeras versiones autógrafas de un texto, los testimonios manuscritos o impresos, los estudios, las ilustraciones que lo han acompañado y un largo etcétera.

La cuestión es nuevamente el límite pues ¿todo cuanto es posible, es necesario? y ¿a qué costo?

Todas estas preguntas nos remiten de nuevo a viejos conocidos de la Galaxia de Gutenberg: al autor que crea, fija y se responsabiliza de su creación, al editor que decide sobre la forma del mensaje, sobre el modo de comunicarlo y dirige la inversión que hace posible la comunicación entre creador y lector.

Sin duda las generaciones futuras tendrán a su alcance una variedad de instrumentos de información disponibles para atender a sus cada vez más variadas demandas de información. La formación deberá incorporar el aprendizaje de la «gestión de contenido» para acceder de la forma más adecuada a la información que se precisa de la misma manera que hemos aprendido por ejemplo a gestionar el transporte de acuerdo con el viaje que pretendemos hacer. Habrá que combinar libro, CD, internet y lo que esté por venir, como combinamos caminar, con tomar el autobús o conducir un automóvil, subir en bicicleta o montar en avión.

Paradójicamente la lectura cobra de nuevo su significado. La lectura es una disciplina vinculada al tiempo que se adquiere por etapas siguiendo un método. Requiere disciplina, paciencia y reflexión. No así lo audiovisual como la TV en el que el mensaje toma la forma de imágenes fragmentadas que desfilan a una gran velocidad y que resultan «evidentes» y, por ello, no exigen un análisis.

Lectores y no lectores ¿configurarán también en el futuro dos formas de acercarse a la red? unos con capacidad para discernir puesto que poseen una disciplina selectiva de la información y otros hechizados por la variedad de mensajes de todo tipo o con habilidades para la electrónica sometidos a la dispersión de la herramienta tecnológica.

Hemos de concluir que la lectura, con independencia de la relación cuantitativa que se establezca entre el libro e internet, se configura precisamente como la mejor puerta de entrada a la red. Nuevamente, los autores, los editores y los lectores reclaman su puesto en la sociedad de la información contra el pronóstico de los más pesimistas que auguraban la desaparición de todos ellos.

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