Resurrección: los libros muertos, los textos encerrados en su sarcófago de vaca muerta o de árbol escamado son recuperados mediante la digitalización. Millones de volúmenes de las bibliotecas (Google, Microsoft, Open Content Alliance, ...), cientos de miles de volúmenes vivos de los editores (de nuevo Google, HarperCollins, ...) están saliendo a una nueva vida.
Pero el proceso de digitalización puede crear dos seres bien distintos :
- Zombis: libros que sencillamente se han fotografiado. Por fuera parecen libros electrónicos, pero no se comportan como tales: no se puede hacer búsquedas en ellos, ni cambiar flexiblemente de soporte, ni copiar un pedazo para incluirlo en otro texto...
- Renacidos: sus cuerpos han pasado por el OCR, y ahora su alma textual y electrónica está disponible para cien usos distintos.
Las almas de los libros que yacían olvidados en la bibliotecas, que cogían polvo en los almacenes de las editoriales, ahora, una vez digitalizados, se unen a las obras digitales nativas, y esperan todas juntas en el limbo al renacimiento . Ahí les espera el salto al papel, a la pantalla, a cualquier nuevo cuerpo permanente o transitorio inventado o por inventar...
Estas resurrecciones de los libros de las bibliotecas o de los almacenes de los editores están llevando a un panorama radicalmente diferente.
V
El diplomático y pensador político Diego de Saavedra Fajardo escribía en su
República literaria (1612)
[ 16 ] :
"Halléme delante de un hermoso Templo [...]. A la puerta se descargaban infinitas acémilas de libros. Recibían esta ofrenda muchos sacerdotes ancianos, los cuales con riguroso examen solamente admitían los libros que con propia invención y arte estaban perfectamente acabados y a los demás arrojaban en unas simas profundas y obscuras."
Estamos sólo un siglo y medio después del invento de Gutenberg, pero ya las quejas por la proliferación de los libros son un lugar común. En otro pasaje de la misma obra, Saavedra Fajardo habla de la "universal inundación de libros" que se está padeciendo.
Al lado de esta exhuberancia aparece, como hemos visto, una fantasía (o un deseo) muy claro: que se puede separar el grano de la paja. Es el mismo que encontramos en la primera parte del
Quijote (1605)
[ 17 ] . El cura y el barbero hacen el escrutinio de la librería del hidalgo:
"Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños [...] El licenciado [...] mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego."
En la fantasía del XVII, el cura de Don Quijote o los "sacerdotes ancianos" de Saavedra Fajardo dictaminarán qué libros sobrevivirán y cuáles irán a la hoguera o a las "simas profundas y obscuras".
En la actualidad, cuando tenemos a nuestras espaldas treinta y dos (¿o quizás cien?) millones de libros publicados a lo largo de toda la Historia
[ 18 ] , nos encontramos con que muchos de ellos -la mayoría- han sido condenados a la oscuridad. Pero esta condena se debe ahora, no a la decisión de ancianos sacerdotes, sino a las leyes del mercado y a la misma magnitud de los fondos biliográficos, que los hacen inmanejables.
En la oscuridad hoy están no sólo muchos libros de hace dos o cuatro siglos (congelados en la biblioteca, hasta que alguien los localice por búsqueda o serendipia). También están obras más recientes, las que se conocen como
huérfanas [ 19 ] : obras agotadas, probablemente con copyright vigente, pero cuyo propietario se ignora. Los esfuerzos necesarios para reeeditarlos
legalmente hacen inviable su resurrección.
Por último, en la oscuridad yacen también libros muy actuales, que apenas llegarán a las librerías, bloqueadas por
best-sellers y obras oportunistas... Kevin Kelly
[ 20 ] : "Mientras un puñado de autores de
best-sellers le temen a la piratería, cada autor teme la oscuridad".
y VI
Esta es la más espectacular de las metamorfosis de los libros ya publicados, la que hace que sus almas digitalizadas aguarden la llamada de los lectores. Y cada uno pedirá lo que necesite o le dicte su capricho: quiero algo sobre el cultivo del olivo, sobre los cátaros, acerca del espacio entre las palabras, o bien: ¿dónde se decía no sé qué de "encuadernar en vaca muerta"?
Los libros resucitados, escudriñados por un ejército de máquinas
[ 21 ] , contestarán, y sus almas de texto volarán hacia el papel o la pantalla para habitar, por fin, en su morada definitiva: la mente del lector. Porque a través de la escritura tiene lugar un proceso de auténtica
telepatía , que comunica el alma del autor con la del lector, como relata Stephen King hablando del proceso de escribir y leer
[ 22 ] :
"Yo no he abierto mi boca ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca."
"Se han tocado nuestras mentes."
Y esa telepatía funciona incluso a través del tiempo, aunque hayan transcurrido siglos, con lo que se convierte en una comunicación con los muertos: a través de la lectura oímos su voz, en una suerte de
psicofonía . Así, se veía también en el siglo XVII, cuando Quevedo escribía
[ 23 ] :
"Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos"
Pero además, ¿cuál es el remedio contra el olvido?, ¿qué artificio permitirá que suene constantemente en nuestros oídos la voz de quienes ya no están con nosotros? Sigue el soneto de Quevedo:
"Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Josef!, docta la imprenta."
Es decir: se reconoce que "las grandes almas" ausentes por la muerte, que sufren las "injurias de los años", se salvan por obra de la imprenta.
Pues bien, ¿no será hoy la digitalización la que más librará de las injurias del tiempo las obras del pasado, y la que nos pondrá en contacto con sus almas? Ojalá que el proceso de convertir las letras de los libros dormidos en el flexible código que constituye el texto digital encuentre un Quevedo que pueda cantarlo.