www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Trama & Texturas 2 Trama & Texturas

Robo de libros: el crimen no compensa

por Fernando García Pañeda
Trama & Texturas nº 2, I 2007

Número de páginas: 2
imprimir

No creerá, joven, que la fortuna de Pepe De Ávila-Smith, más conocido como Pepe el Pastas y su imperio de librerías de momio fueron fruto de la meditación, de la libre empresa y de un sesudo estudio de mercado. Ni, menos aún, el desaforado amor por la lectura y la literatura. No. Verá , a veces, las causas originarias de grandes empresas humanas son tan insignificantes o, al menos, insospechadas, que se dirían concebidas por humoristas poco inspirados. Y es que, si las profundidades del alma humana son insondables, las del cerebro lo son aún más (de lo contrario, nadie volaría sobre el nido del cuco).
En concreto, el origen de la poderosa cadena Letras de almoneda no fue sino el resultado de un mal de amores. No, no sonría tan a la ligera. Ya sé que los jóvenes de hoy en día sonríen de continuo y sin motivo, pero conozco la historia de primera mano. Ya sabe, una fiesta nocturna, unas copas de más y la lengua se suelta...
Atienda y lo entenderá.
La vio junto al teatro, sentada en uno de los bancos más cercanos a la entrada. Preciosa , como siempre, con sus gafitas, su jersey sobretallado y su coleta diáfana y no muy larga. Absorta en la lectura de uno de esos mamotretos que nunca se despegaban de sus manos. Como se acercara la hora de inicio del espectáculo, cerró el libro y entró al corral. Portaba el libro ostentosamente; tan ostentosamente que, a pesar de lo rebuscado, Brooklyn Follies , de Paul Auster, pudo memorizar título y autor.
El deus ex machina de la historia fue ese amigo al que esperaba; ese amigo tan torpe que al sacar las entradas en el cajero automático había pulsado la casilla de Tío Vania , de un tal Chejov, o la madre que lo parió, en lugar de la del concierto de Luis Miguel, sin percatarse del error durante la reserva de asientos. Por esa azarosa torpeza, y no por amor a los clásicos rusos, se hallaba en tal tesitura.
Llegaron al patio de butacas al tiempo que se apagaban las luces. El telón abierto le deparó una formidable sorpresa que no consistía en el acierto en el decorado, ni el buen arranque de los actores, sino la coleta y las patillas de las gafas sentadas delante de él.
Tuvo toda la primera parte de la obra para preparar la estrategia, que empezó en el descanso con un «¿así que todavía no has leído el Brooklyn de Auster?», dicho así, como familiarizado absolutamente con el libro. «Pues no sabes lo que te estás perdiendo», remachó ante un amigo que le miraba con expresión de calamar neurótico; y concluyó al final del espectáculo con los «¡bravo, bravo!» más estentóreos de la sala. El éxito se tradujo en un inicio de conversación promovido por ella («ha sido... catártico, ¿verdad?) y una cita para el siguiente sábado.
Pepe tenía que prepararse bien. Se informó a través del Google sobre algunos de esos pájaros escritores, de quienes se podía hablar sin decir nada. Incluso ideó la guinda: le regalaría el último libro publicado por Auster, que recién salía de la imprenta. Lástima que hubiera una pega: a últimos de mes, estaba sin blanca; la asignación de papá siempre se iba en cubatas, ropa y apuestas mutuas poco después de la primera quincena de cada mes. Le podría sacar algún billete de a veinte a su mami para pasar el resto del sábado, pero lo justo; y eso contando con el adagio marxista de «¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima. ¡Es un escándalo!... Yo que tú no la pagaría», marcando un bello rasgo de posmodernidad antidiscriminatoria. En resumen: si quería fascinar a su dama, tendría que apañárselas sin dinero.
Ni corto ni perezoso, se dirigió a la librería más prestigiosa de la ciudad. Pequeña , amena y repleta de gente con ese vicio tan absurdo de leer. Como el gerente tuviera fama de ser algo simple, por eso de estar todo el día leyendo, lo intentó a la vieja usanza. Tomó el ejemplar de Viajes por el Scriptorium y se dirigió al mostrador.
- ¡Hombre, hombre! Mira quién está aquí. ¡Mi querido y viejo amigo! Vaya, vaya... ¿Y este negocio tan boyante es tuyo? ¡Bien, bien! ¿Y cómo están los demás?
- ¿Qué? ¿Quién?
- Pues hombre, los viejos colegas, mi querido amigo.
- Ah, los colegas.
- Claro, los viejos colegas. Qué buenos tiempos aquéllos, ¿eh?
- ¿Cuáles tiempos?
- Pues hombre, aquellos en que todos éramos uña y carne. Ibamos a toda partes juntos y todo eso.
- Ah, aquéllos.
- Sí. Qué cosa más extraordinaria encontrarnos así, ¿verdad? Bien. El caso es que he visto este ejemplar y quería llevármelo...
- Te lo recomiendo absolutamente.
- ... pero al cambiar de chaqueta esta mañana me he dejado la cartera en la otra, en casa.
- Esas cosas pasan. Y son muy molestas, desde luego.
- Pero se me ha ocurrido que podría llevármelo ahora, acercarme a casa de un voleo y volver con la cartera llena antes de que cerréis. ¿No te parece? No ya por los buenos tiempos, sino...
- Adiós, viejo amigo.
- ¿Cómo?
- He dicho adiós. Vete, amigo mío. Largo de aquí. Vete.
- Pero...
- Y saluda a los viejos colegas de mi parte.
El librero sería simple, pero no tanto como muchos de sus amigos.
El caso es que el día de la ansiada cita llegó, y la posibilidad de conseguir un regalo épatant se había evaporado. Pero nuestro hombre no es de los que se entregan fácilmente, y actuó a la desesperada. Horas antes de la cita entró en la sección de libros de El Corte Inglés ; buscó los Viajes (como diría él), pero, zancadillas del destino, se había agotado. Huroneó por las estanterías sin poder decidirse entre los títulos anteriores del neoyorquino o los de otro autor. ¿Pero cuál? Sabía de libros lo mismo que un siberiano de bikinis.
La lipotimia sufrida por una señora, a cuyo reme dio se entregaron tanto el personal de la tienda como el guardia de seguridad, actuó de catalizador. Tomó un ejemplar de una de las montañas de promoción cercanas a la salida y batió (sin convalidación) el récord de los cuatrocientos lisos en salida de grandes almacenes bajo el incordiante sonido de la alarma.
Lo había conseguido. Lástima que no tuviera mucho tiempo para contrastar el objeto del botín y su autor; pero el título le sonaba mucho y parecía muy d'avant-garde . La belleza del fin justificaba tan indigno medio. Valía la pena arriesgarse. Pronto tuvo motivos para cambiar de opinión.
Número de páginas: 2
imprimir


Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Domingo, 5 de Octubre de 2008 04:10:34