Sí, ya sé que el título suena muy técnico, pero no hay para tanto. Tras un título así se esconde una idea bastante simple: qué hacemos con los contenidos que estamos generando hoy, y cómo los gestionamos para no repetir el mismo trabajo en meses o años venideros. Existen dos metodologías para llegar al mismo punto final. Una requiere visión de futuro, la otra sólo seguir haciendo las cosas como hasta ahora.
Me van a permitir un pequeño
flash-back hacia los años 60. Un autor entregaba un manuscrito (en la mayoría de los casos de su puño y letra, los más modernos -o con más posibles-, mecanografiado). Antes de pasarlo a la imprenta se leía y releía, puesto que hacer cambios una vez pasado este proceso era muy costoso. Esto pasaba a las más o menos expertas manos de un cajista, que lo convertía en plomo; se sacaban galeradas, se hacían las correcciones oportunas, se sacaban los tipos de plomo estropeados, gastados o defectuosos, y se imprimía. El coste del material y el proceso de elaboración era muy importante, mucho más que las horas de corrección. La tecnología -de plomo- era costosa.
Doy un salto a los 80; los Macintosh, y con ellos las fotomecánicas, entran en juego; lo que antes era un trabajo de semanas, se ventila en unas horas filmando unos fotolitos. Un error significaba filmar de nuevo unas cuantas páginas; nada que ver con los tipos móviles ya desaparecidos. Por unos cientos de miles de pesetas que costaba una impresora láser, se imprime en el salón. El salto, no obstante, aún no ha sido totalmente digital; hay procesos analógicos antes, durante o después de que el contenido tenga forma.
El último salto, año 2010: un ordenador, una conexión a Internet y... contenido digital a precio de saldo. Pensemos durante un minuto (1, 2, 3...) y nuestro contenido puede estar obsoleto. Yo escribo estas líneas en marzo del 2010; puede que en unos meses, cualquiera, al releer esto, diga: ¡Qué tonterías se decían hace unos meses! No sabemos que va a ocurrir con el contenido como tal; sí sabemos que no va a ser como hasta ahora...
Pasemos, pues, a los ejemplos. Supongamos que yo genero contenidos y los meto en una carpeta. En este punto, los inmigrantes digitales (o la parte más inmigrante de este grupo) habrá pensado en un díptico de cartoncillo de unos 200 gr. Y de un tamaño cerrado un poco mayor a un DINA4. El resto de este grupo se habrá preguntado: ¿Se referirá a una carpeta de papel o a una digital? Los nativos, ni se lo habrán planteado; TODO es digital. ¿Cuántos escribimos todavía en papel con bolígrafo o estilográfica? Y de esto que escribimos manuscrito, ¿cuánto es "contenido con voluntad de trascendencia"?
Todo texto que no sea de carácter epistolar y/o muy personal (una nota, una invitación, una felicitación) se genera, en el 2010, de forma digital. Creo que a nadie se le ocurriría escribir de su puño y letra un mail, escanearlo y mandárselo a 300 personas (aunque sería gracioso, bien mirado). Vuelvo pues, a mi carpeta -digital-. Introduzco fotos -escaneadas o no-, textos ("picados", "ocerreados"), audio, vídeo, animaciones... Es mi repositorio de ideas. De aquí salen temas para mis clases, artículos más o menos extensos... Poco a poco, un grupo de contenidos muy aguerridos comienza a desligarse del resto, se hacen releer, evocan o provocan nuevos textos, nuevas búsquedas... y acaban conformando una unidad de contenido concreta (un seminario, un artículo extenso, o un libro). A partir de ese momento comienzo a darle forma: sí, voy a reunir esas ideas y construir un libro con ellas (uno de papel, del de toda la vida). Desecho por el momento, audio, vídeo y animación, y coloco cuidadosamente las fotografías y los textos en una carpeta. Tengo que ordenar todos esos contenidos para ajustar éste a una forma concreta; tendrá su introducción, su índice y sus pies de página, sus títulos y folios, etc. Ya me lo imagino. Se lo doy entonces a un editor, que tras volcarlo de modo inmisericorde sobre una maqueta, comenzará a tocar y retocar, hasta que, tras tres o cuatro idas y venidas entre editor de mesa, autor, maquetista, incluso diseñador, podrá cerrarse en un paquetito, esta vez electrónico, y llegar, a través de Internet, a la imprenta donde, ferros mediante, acabarán manchando el papel que hace unas semanas fue arbolito. Y aquí se acabó la historia de mi contenido. Aun habiendo sido concebido digitalmente, falleció de un ataque de analogía.
Veamos una segunda manera de hacerlo. Voy a imaginar, ahora, un nuevo modo de darle forma a mi contenido. Pensemos en ese grupo aguerrido, separado de los demás de forma casi autónoma. Decido buscar una manera de sacarle rendimiento a ese batallón de contenidos y no cercarlo y apretarlo en un número de páginas de papel. Edito los textos de modo flexible, y los agrupo sin pensar mucho en un formato concreto, sino en cómo agruparía ese contenido. Voy etiquetando en xml sin pensar en la estructura de un libro, sino pensando en la forma genérica de presentar un contenido. Introducción, ideas fuerza, desarrollo de éstas y conclusión. Tengo una botella llena de agua, y voy a volcar parte de ese líquido en un vaso grande; si lo vuelco a su vez en un vaso mediano, cabrá menos, y si sólo fuese una taza de té, aún menos. Todo es agua, la misma agua. Pero para uno y otro uso distinta cantidad. Y elijo los elementos que voy a introducir en ese recipiente. Para un sms y tweeter, quizá sólo el título; en Facebook título y resumen, y la posibilidad de bajar una relación de artículos (capítulos) relacionados, que puedo bajar individualmente, o el ebook completo. Como soy un inmigrante digital y no tengo eReader, voy a solicitar un libro en formato 13,5 x 21 cm, que tendré en 24 horas en casa (Print on Demand), con la versión "texto" y además un 21 x 29,7 con una tipografía algo más grande para mi padre, le cuesta leer en libros con tipografía pequeña vista cansada, creo. También lo recibirá en 24 horas. Ah, se me olvidaba, hay una versión divulgativa del contenido, con vídeos, audio y animaciones explicativas, y unos ejercicios al final para mis alumnos; así verán en qué trabaja su docente... a lo mejor se animan a comprar el libro, o seguirme en Facebook. El contenido es el mismo, el formato distinto. Y hasta ahora, ¿dónde está el diseño? Es curioso, pero alguien, creo que sin premeditación, se ha olvidado de él.