La historia del hombre es la historia del lenguaje, y la historia de la comunicación del hombre ha sido la historia de la búsqueda de medios para hacerlo: "Vivir en sociedad significa formar parte de un regazo fantasmal, en parte imaginario y en parte acústico: la idea de algo que nos alberga y nos rodea, que nos permite oír y ser oídos juntos mantiene unida a la gran familia dispersa... ". De éstos, la oralidad es el medio natural, y también el más persistente. Pero la cultura escrita está tan arraigada, que es difícil no creer que "el hombre no tiene más edad que la cultura superior" y que la auténtica historia se inicia con la aparición de los escribas: antes del papel hubo papiros y tabletas de arcilla y cera, cuero, hueso y madera, lino y seda. Y sabemos, por supuesto, que muchísimos años antes (entre nueve y doce mil) hubo quien utilizara sus dedos, y la roca, y pigmentos minerales para dejar plasmadas sus proezas como cazador.
El impulso de contar es el más humano de los impulsos y define su ser social. Pero la escritura nace más bien de la desconfianza del hombre en su memoria: el vecino nos debe demasiadas ovejas, es demasiado larga la historia de la cólera del pélida Aquiles, o demasiado compleja la de la creación del mundo. Queremos recordar, pero también queremos que nuestros descendientes recuerden.
La escritura registra la voz de dios, o nuestras propias voces, en rollos o en tabletas que después se convierten en códices. Y en estos rollos y estos códices, las voces se oyen muy lejos. El comercio de libros ya ocupa un lugar en la vida de las ciudades en el siglo V a.C., y también las bibliotecas, que no son meros repositorios de textos sino el espacio donde se cataloga y ordena, y por ende, donde se fabrica la materia prima del canon: sigue siendo famoso el catálogo de autores griegos elaborado por Calímaco en el siglo IV, para la biblioteca de Alejandría.
Este canon, siempre creciente y siempre exclusivo e indefectiblemente asociado al papel, sostiene e informa la idea de humanitas y después de humanismo, "la convicción de la dignidad del hombre, fundamentada en la insistencia en los valores humanos (racionalidad y libertad) y en la aceptación de sus limitaciones (falibilidad y fragilidad)". Y explica la continuidad y duración de la Edad del Libro, que hace que asociemos la historia del hombre con la historia del papel. Pero esta asociación escoge ignorar el hecho evidente de que la cultura basada en el papel —y la posibilidad de la "telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito" — ha sido siempre el dominio de unos pocos: a pesar de los avances de la alfabetización, sigue habiendo entre los hombres letrados y los iletrados "una fosa cuyo carácter insalvable estuvo a punto de alcanzar la dureza de una verdadera diferenciación de especies".
Sin embargo la Edad del Libro llegó a su fin. Según Steiner, en la segunda mitad del siglo XX las condiciones de su larga permanencia —la disponibilidad de un espacio silencioso e íntimo para leer, por ejemplo, o el acuerdo en torno al canon— estaban en vías de desaparición, y esa forma clásica de la comunicación que era el libro había sido sustituida por otros medios. La posibilidad de que ese momento llegara empezó a asomar en su momento de gloria, con la aparición del tipo móvil y la expansión de la imprenta, que acabó con el monopolio de la cultura libresca detentado por los monasterios durante siglos después de la caída del Imperio Romano. La imparable difusión del libro y de la alfabetización desde entonces hasta nuestros días ha ido acompañada de la alarma creciente ante la proliferación descontrolada de la información en un mundo en el cual todos saben leer y todos efectivamente leen. (Síntomas de esta alarma son, entre otros, el desarrollo de la literatura infantil y los discursos sobre la promoción de la lectura.) Y fueron definitivos el crecimiento y la consolidación de los medios masivos de comunicación: "Con el establecimiento mediático de la cultura de masas en el Primer Mundo y, más aún, con las últimas revoluciones de las redes informáticas, en las sociedades actuales la coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. [...] La síntesis social no es ya cuestión ante todo de libros." El saber privilegiado por el humanismo dejó de ser el sustento del poder, que pasó a sostenerse sobre la información periodística y el conocimiento científico.
El canto del cisne del libro fue su exitosa conversión en mercancía cultural, capaz de competir exitosamente con la televisión, el cine, Internet. El best-seller efectivamente desacralizó el libro, que dejó de ser un símbolo (para algunos, un objeto sagrado) de estatus económico, social y cultural. Y aun así persistió en el formato tradicional, prueba quizás de su reputación y, sobre todo, de su eficiencia. De hecho, una de las alternativas más exitosas al modelo que se impuso a partir del reinado del best-seller en el mercado editorial—francamente inoperante y, ese sí, en vías de desaparición— es el de la impresión bajo demanda, uno de cuyos pioneros es Jason Epstein, el conocido experto en cuestiones editoriales. Su compañía empezó a ofrecer la EBM (Espresso Book Machine) en 2006, y hoy se encuentra en más de cuarenta librerías independientes en Estados Unidos.