Esta casa es, nos cuenta en la narración, un «chalet». El chalet, añade, está situado en «Issy». Este 'Issy' es, por supuesto, un 'aquí' [
ici, en francés] que sólo recuperamos después de haber ido allá, lejos, al Norte. Escribir se escribe en el sitio. Pero seguramente en ese chalet de Issy deberíamos también oír «Palissy», la calle Bernard-Palissy tantas veces mencionada en la
plaquette conmemorativa de Echenoz
[ 17 ] , y donde desde 1951 tienen su sede las Éditions de Minuit. Es posible afirmar que con
Me voy, Echenoz ya empezó a escribir su homenaje al editor, antes incluso de que Lindon muriera. El mismo libro aparece así dos veces seguidas. En la novela se nos repite más de una vez que al principio sólo hay «blanco» (JMV, 163), no el de los bancos de hielo ni el de la página, sino también el de la célebre portada de Minuit. En cuanto a las palabras susceptibles de ennegrecerla, se funden como nieve entre los dedos «antes de apagarse en un susurro» (JMV, 54).
Es exactamente la misma metáfora que encontramos en exergo en el libro siguiente, la plaquette mortuoria de homenaje a Lindon, con esta cita de la Biblia, extraída del Segundo Libro de Samuel, y que se refiere a uno de los valientes del rey David: «Un día de nieve, él descendió y mató al león dentro de un foso» (2 Samuel 23, 20). Y las primeras palabras del breve homenaje de Echenoz parecen hacerse eco, evocando a la vez la blancura de las páginas: «Todo comienza un día de nieve, en la calle Fleurus de París, el 9 de enero de 1979» (JL, 9). Estas palabras iniciales tienen un eco también en las últimas del libro de homenaje, según el método ya demostrado de retorno del texto sobre sí mismo: «Esa voz se detiene una mañana gris, en una calle de Trouville, el jueves 12 de abril de 2001. Estoy a punto de hacer unas compras con Florence» (JL, 57). Un efecto más de la circularidad del relato: «un lugar denominado El León», en la última línea del libro de homenaje, es otro eco evidente de ese león del exergo al que uno de los valientes de David fue a matar al foso. Un León que, anagramáticamente, no puede ser otro que Lindon, escrito de modo incompleto (parece una señal de respeto que elija al León y no al Dindon [pavo], que está fonéticamente más próximo): «Camino hasta que llego frente a un cartel indicador de un lugar denominado El León. Siento que estoy demasiado cansado. Decido desandar lo andado» (JL, 57). Es verdad que escribir es siempre, por definición, una aventura; además, significa creer durante cierto tiempo que es posible escapar de las trampas inextricables del editor, dejando bogar la imaginación lejos de las pequeñas preocupaciones, estrechas y mezquinas del mercado del libro; y para terminar, es volver al redil, para llevar su manuscrito bien calibrado. No hay aventura tan descabellada, incursión tan temeraria, o viaje tan intrépido que no termine zozobrando algo desastrosamente en el umbral de alguna editorial. O también: vuelvo a casa, pero «me quedo sólo un instante [...] Y me voy» (JMV, 253). El texto está acabado. El libro puede debutar. Un último detalle. Desde hace unos diez años, el impresor titular de Éditions de Minuit es «Normandie Roto Impresión»: no es casual entonces que sea «por una pequeña carretera [route] de Normandía» donde encontremos al autor paseando inmediatamente después de tener noticia de la muerte de Jérôme Lindon.
Me voy transcurre en los ambientes de las galerías de arte, que no dejan de recordarnos los ambientes de la edición
[ 18 ] . Todo son contratos por firmar, negociaciones, pagos que efectuar, etc. En cuanto a las palabras que Ferrer pronuncia durante la discusión con uno de sus protegidos, que le reclama mejores condiciones, son en todo punto similares a las que Echenoz pondrá dos años después en boca de su editor: «Tú has aprovechado durante los diez años de trabajar conmigo para conocer a todo el mundo y has vendido a mis espaldas, lo sé» (JMV, 186). O también: «Le tengo horror a este tipo de situaciones [...], es el peor aspecto de este oficio» (JMV, 187). En el plano profesional, la galería de Ferrer parece un calco en cada uno de sus detalles de la casa de Lindon. Encontramos los mismos problemas: «lo publico nada más para que otros editores no lo publiquen» (JMV, 50). Los mismos bruscos arrebatos: «si no estás contento, ahí tienes la puerta» (JMV, 199), que encuentra un eco en esta frase terrible que Echenoz reproduce: «Ya no forma usted parte de Éditions de Minuit» (JL, 22), lanzada al parecer por Lindon después de rechazar su segunda novela
[ 19 ] . Incluso la fase de transición en la dirección, a la que ya nos hemos referido, está prevista, cuando la muchacha a la que Ferrer ha conocido recientemente se implica cada vez más en la gestión de la galería: «Hélène aprendió rápido el oficio [...] Me parece que los artistas [...] prefieren tratar con ella» (JMV, 241). Es, evidentemente, un reflejo de la posición que ocupará en adelante Irène Lindon, con quien Echenoz mantiene un contacto cada vez más asiduo.
Podemos seguir cotejando ambos textos. Si el autor de la novela nos cuenta que fue en 1957 cuando el barco cargado con el tesoro se perdió en los hielos, también 1957 fue un año magnífico para Éditions de Minuit, que publicó La modificación, de Michel Butor, La celosía de Alain Robbe-Grillet, Final de partida de Samuel Beckett y El erotismo de Georges Bataille. Este barco cargado de antiguos y raros tesoros es, en otras palabras, la nave del editor. Echenoz insiste, por otro lado, en precisar que esta nave fue construida en Saint-John, en 1942... Precisamente el año en que vio la luz la primera publicación de la editorial Minuit, todavía en la clandestinidad: Le silence de la mer, de Vercors. Éste sería el principio de un palmarés impresionante, ante el cual Echenoz está lejos de sentirse indiferente. En su plaquette a la memoria de Lindon, evoca más de una vez a las stars de la casa: Robbe-Grillet, con el que coincide en cierta ocasión, pero con el que no guarda grandes afinidades y del que reconoce haber leído sólo Las gomas: por fuerza, su recuerdo es algo borroso. Su gran referencia, en cambio, es Beckett, que le inspira una admiración sin límites: «el 28 de noviembre de 1983 coincidí con Samuel Beckett» (JL, 26), leemos. Y también: «Sólo me lo cruzaré una vez más, algunos años después, en la calle Bernard-Palissy y no osé siquiera acercarme a saludarle» (JL, 26). De golpe, vemos claro por qué eligió el Segundo Libro del profeta Samuel para el exergo ya citado: la sombra de Beckett planea sobre este breve libro, y sin duda sobre la obra toda.