Este diálogo, que aquí entendemos en el sentido conflictivo y soterrado de Bajtine, se ve exacerbado en el caso de los escritores rechazados por las editoriales y obligados a recurrir a la edición a cuenta del autor. Cuando Tristan Corbière publica, por ejemplo, en
Glady-éditeurs, su libro de poemas
Amours jaunes por su propia cuenta, encontramos un eco en el último verso de su famoso soneto
Féminin singulier, donde describe su oficio de poeta como un «oficio de mujer y de
gladiateur». En cuanto a Victor Segalen, no vacila en mandar imprimir esos pequeños monumentos funerarios que son sus
Estelas, también a cuenta de autor, en los padres
lazaristas en Pekín: poemas que justamente sólo tuvieron una existencia póstuma. Raymond Roussel, otro autor rechazado de las editoriales, escribió maravillosos cuentos inspirándose en la estampa del hombre cavando que hallamos en la portada de los libros que publicaba Alphonse Lemerre, del que era cliente. Ya Rimbaud, al que Lemerre no quiso, hizo una parodia de esta misma imagen cuando, en una carta famosa dirigida a Delahaye, se representó caminando a campo traviesa y laya en mano: sin obra, en otras palabras, de sobras
[ 13 ] .
Sabemos que Alfred Jarry les robó a unos alumnos del
lycée de Rennes que frecuentaba en su adolescencia la intriga de
Ubú Rey, para convertirla en la obra y el libro que hoy todos conocemos. Jarry consideró adecuado, sin embargo, añadir un final exclusivamente de su cosecha. Se trata de la última escena, en la que Ubú y su séquito, expulsados de Polonia, se encuentran en un barco azotado por la tempestad. El tiránico personaje quiere llegar a Francia cuanto antes, para, nos dice, hacerse nombrar «Ministro de Finanzas» (por una vez, no escribe 'fynanzas'), en París. Pero podríamos también decir que es el manuscrito de Ubú el que lentamente se encamina hacia París (sobre el emblema de la ciudad figura, por cierto, un barco con esta divisa:
fluctuat nec mergitur), en dirección al Mercure de France
[ 14 ] (cuyas iniciales coinciden casualmente con las del
Ministro de Finanzas). Y si para llegar a Francia Ubú debe bordear la costa de «Germania» (y no de Alemania, fijémonos bien) es, claro está, porque el Mercure estaba entonces situado en la calle de l'Echaudé-Saint-
Germain. Tres años después, el Mercure de France notificaba a Jarry que, debido a las escasas ventas de su obra, prescindían de él. Además, con
Ubú encadenado, que terminaba por entonces de redactar en contrapartida a su primera obra, a Jarry le costó mucho encontrar un comprador -como atestigua, una vez más, la última escena de la obra. De nuevo nos encontramos a bordo de un barco, salvo que esta vez nadie sabe adónde se dirige, su destino queda en el aire; lo que sí es seguro es que «nos alejamos de Francia» y, a la vez, del Mercure.
Ningún escritor ocupó posición más privilegiada que André Gide. En calidad de cofundador de la NRF (con Schlumberger y Gallimard), pudo ejercer una autoridad y un control casi completos sobre la publicación de sus libros. Así parece que maniobró para que el conjunto de temas de Les Caves du Vatican [Los sótanos del Vaticano] estuviesen contenidos (o puestos en abismo) en el colofón (o «Acabado de imprimir») que coronaría esta obra en el momento de su publicación: en efecto, en ella figuran los temas del primero de abril (y de la farsa), de Santa Catalina (y de las solteronas), de Flandes (y de los pólders), y por último del propio Vaticano (y de su basílica) que constituyen los engranajes esenciales de dicha novela. Ésta fue (cito según la edición original en dos volúmenes) «acabada de imprimir el primero de abril de mil novecientos catorce por la imprenta Sainte-Catherine, Quai Saint-Pierre, Brujas (Bélgica)».
Durante cerca de diez años me he interesado mucho en estos fenómenos marginales que inesperadamente parecían pulular, brotando de todas partes a poco que les prestara una atención algo sostenida. Pero al no haber obtenido nunca una confirmación externa de este ritual, me vi al final, guardando todas las distancias, en la misma posición de Saussure ante la proliferación incontable de anagramas en la poesía latina, por lo que opté por abandonar la partida
[ 15 ] . Es un tema sobre el que pesa el más completo silencio. Ni una sola palabra, y no sé de ningún autor que reconozca haber practicado este tipo de conversaciones en sordina, por más que su texto lleve innegablemente las marcas. Del silencio se habla siempre en singular, como si existiese un solo tipo de silencio, cuando existen tantos como de ruidos, de todas clases, las más variadas. Del espeso silencio, del que nada tenemos que decir, al susurro, al suspiro, pasando por el cuchicheo, el murmullo inaudible y el ahogado. Y sabemos qué ruido hacen en la obra de Céline los tres puntos suspensivos. No hay mayor error que asociar el blanco de la página a esta noción de silencio. Esa es en parte la lección que se desprende de la novela que Echenoz publicó justo antes de la muerte de Jérôme Lindon, y de la redacción del libro que dedicaría a este acontecimiento, dos años después.
Con
Je m'en vais [
Me voy], Echenoz obtuvo en 1999 el premio Goncourt. Resumamos brevemente su argumento
[ 16 ] . Un hombre, Felix Ferrer, abandona a su mujer. Se va, sí, pero se va lejos, ya que emprende un viaje que lo lleva hasta el polo Norte. Galerista de profesión, nos enteramos de que el objetivo secreto de su viaje es localizar un barco apresado desde hace cincuenta años en el hielo y cargado con un tesoro de objetos de arte antiguo muy raros. A su regreso, le roban dichos objetos; se demuestra que uno de sus colaboradores está involucrado en el golpe. Llegarán a una solución amistosa, tras una larga persecución. De regreso a París, por las fiestas de Fin de Año, el hombre realiza una breve visita a su antiguo domicilio, en donde ya no vive su mujer. A otro nivel muy distinto, no podemos dejar de leer este texto, al regreso del viaje que se nos narra hacia los hielos del Gran Norte, como el relato perfectamente circular de las aventuras de una escritura proyectada sobre la blancura centelleante de la página, y donde el personaje se aleja de la casamadre sólo para terminar volviendo a ella, en la penúltima página: «La casa, en cualquier caso, había cambiado un poco de aspecto. [...] El buzón estaba ahora pintado de rojo, su etiqueta no llevaba ya el apellido Ferrer» (JMV, 252). Llama al timbre, descubre que viven nuevos inquilinos; le invitan a entrar, él se excusa con estas palabras: «Me tomo sólo una copa y me voy» (JMV, 253), un claro eco de las primeras palabras de la novela: «Me voy, dijo Ferrer, te dejo» (JMV, 7).