¿La muerte de la edición? ¿El ocaso del libro? Hablemos. Pese a la irrupción de los nuevos grandes medios de comunicación, bien puede decirse que el mercado del libro en Francia nunca ha funcionado mejor desde que la importancia de la literatura se ha atenuado. Al margen del zumbido de las empresas multicolosales, si hemos de creer lo que la prensa dice, nunca ha existido mayor entendimiento entre pequeños editores y escritores nimios, o microautores más minúsculos aún, e incluso indiscernibles del todo. Unos y otros se entienden como ladrones en feria de libro. Y me contentaré para demostrarlo con un artículo estándar elegido al azar en un semanario de gran difusión, como es
L'Express, donde leo esta afirmación en boca de Yves Michalon, editor de
Buenos días, pereza, libro de una tal Corinne Maier: «En este caso, algunos dirán que es un milagro. Yo prefiero verlo como el fruto de nuestra tenacidad, de nuestro compromiso. Corinne llegó en el momento idóneo, respondiendo a las preocupaciones de un público muy amplio»
[ 1 ] . En pocas palabras, si la saga literaria parece continuar en nuestros días, en todo caso lo hace en un tono íntimo, muy de amigo-amiga (atención al uso del nombre propio) y por un simple juego de alusiones literarias: se da el pego con una Sagan de segunda, quien en su momento ya daba el pego como una Colette de segunda.
Igual de llamativa es la innegable feminización de los espacios de la edición, algo de lo que el autor del artículo no parece haberse percatado siquiera. Muy a la moda de nuestros días, la editora, por lo general la hija o la nieta de un gran editor ya fallecido, es una figura cada vez más en primer plano; la editora forma con el autor-estrella de la casa una asociación que invariablemente se nos presenta según el modelo de una pareja de novios. Lo refleja el pie de página que acompaña una de las fotos publicadas por
L'Express: «Anne-Marie Métaillé, con Luis Sepúlveda. Gracias a
El viejo que leía novelas de amor, ella demostró que era capaz de promocionar un libro a gran escala»
[ 2 ] . En la imagen, la editora y el autor se miran a los ojos, mientras con la mano izquierda ella acaricia afectuosamente el rostro barbudo. Son, con muy pocos cambios, los mismos titulares que encontramos en la prensa
people (pronúnciese
peep-hole), como corrobora el pie de página de esta otra fotografía también publicada por
L'Express: «Anne Carrière con Paulo Coelho. Aunque él acaba de dejarla por Flammarion, Coelho ha contribuido a la consolidación financiera de la editora»
[ 3 ] . El divorcio perfecto. Otros, al contrario, nos ofrecen la imagen de una pareja que goza de una plácida felicidad y de una fidelidad conyugal a toda prueba: «Joëlle Losfeld con Michel Quint. Antes de
Effroyables jardins [
Los jardines de la memoria]
, Losfeld llevaba diez años publicando a este autor en medio de la indiferencia de los lectores»
[ 4 ] .
En cuanto el editor, hace algún tiempo que murió, o que se manifiesta exclusivamente como último ejemplar de una especie en vías de completa extinción. Es fácil comprender la angustia de cierto autor, miembro de una de las contadas editoriales de reputación literaria que aún quedan, ante el vacío dejado por la muerte de quien lo edita. Me refiero a la desaparición, en abril de 2001, de uno de los últimos mastodontes de la edición literaria, Jérôme Lindon. Su muerte causó una impresión lo bastante profunda en uno de sus protegidos como para que éste dedicara a la muerte de su editor un breve libro en el que queda expresada la perfecta circularidad del proceso de edición. El libro, publicado por Éditions de Minuit, se titula precisamente
Jérôme Lindon [ 5 ] . El único objeto del libro, su auténtico tema podríamos decir, es la persona que lo edita, y me gustaría demostrar hasta qué extremo esta tesis está extendida.
Por más triste que pueda estar el autor, Jean Echenoz, no deja de hallar consuelo en la idea de que hay alguien dispuesto a retomar las riendas. Sí, hace algún tiempo que la hija de Lindon se incorporó al equipo para apoyarlo en su trabajo: «Su hija Irène, quien se va a hacer cargo junto a él de mi libro, quien se ocupará cada vez más de los próximos y de las demás cosas en general» (JL 24). El relevo está garantizado y el protegido a salvo, desde antes incluso de la desaparición del editor.
¿Qué retrato nos deja Echenoz de él? Nadie se sorprenderá al descubrir que la imagen que se desprende de estas páginas es la de un padre afable (un pequeño dios) al que todos se acercan con una mezcla de respeto y temor. Vemos entonces a Jérôme Lindon, cuyo hito en su trayectoria fue haber tratado de tú a tú con Beckett y con las figuras del Nouveau Roman, tratando a sus jóvenes autores de los años ochenta con una condescendencia de la que ninguno de ellos se lamenta demasiado. La intromisión de los editores en los asuntos ajenos es proverbial: es raro que un título propuesto por un autor llegue a puerto sin sufrir cambios (JL, 25). Salvo que en el caso que nos ocupa hasta el nombre del autor puede ser motivo de negociaciones y de tiras y aflojas. Jean Echenoz, por ejemplo, estuvo a punto de darse a conocer a los lectores como Alfred o Pierre: «Dígame, ¿no ha pensado nunca en utilizar otro nombre? [...] Es que [...] cómo podría explicarlo, hay una especie de hiato en su nombre» (JL, 15), le dijo al parecer el editor durante su primera reunión. Vamos, que a poco que se les deje intervenir, la portada entera sería cosa suya
[ 6 ] .
Y sin embargo, no encontramos la menor traza de resentimiento, todo lo contrario. Extraña relación ésta en la que entra el escritor cuando busca hacerse leer por el mayor número de personas, una relación marcada de entrada por un profundo desequilibrio: empiezas por escribir, luego esperas que te escriban. Se dice del editor que es fundamentalmente un intermediario. Situándose en el espacio que separa al autor de su público, el editor es por definición el ocupante de un umbral [
seuil] (hasta el punto que Gérard Genette titularía
Seuils su ensayo, naturalmente publicado en la editorial Seuil, dedicado a los fenómenos paratextuales). No nos sorprenderá entonces que Echenoz concluya su homenaje a Lindon evocando esos lugares liminares. Por ejemplo, «la escalera estrecha del inmueble, alta y delgada como él, que sube y baja a toda prisa sin cesar de cuatro en cuatro» (JL, 53). Ya la necrológica que publicó
Critique (firmada por Philippe Roger) recordaba que «Jérôme Lindon era en primer lugar una inmensa silueta, un cuerpo interminable que, para asombro de todos, era capaz de moverse con enorme agilidad en el espacio reducido que ofrece la caja [...] de esa escalera empinada y tortuosa»
[ 7 ] . Si se nos describe al editor como una especie de hombre-escalera, sin duda es porque su trabajo consiste en facilitar el ascenso de sus autores.