Pero vivan o no los mismos ajustes que el resto del periodismo, lo cierto es que las previsiones, en este sector, son muy pesimistas. Como explican Jiménez y Gil, «en los últimos meses los distintos grupos mediáticos han despedido a cientos de profesionales, reduciendo las redacciones a la mínima expresión. También se ha prescindido de los colaboradores habituales y hasta del personal freelance. Se impone para todos ellos el autoempleo y el teletrabajo». El periodista y bloguero Juan Ángel Juristo (http://juanangeljuristo.nireblog.com) subraya también cómo su profesión «estará cada vez peor, en situación cada vez más precaria. Algo nada extraño, pues la situación de relativa bonanza del periodista cultural en la prensa occidental se remonta a los años sesenta, no antes. Hay que recordar lo que pagaban a los periodistas a finales del XIX, todo aquello de la prensa canalla que tan bien retrató Luces de bohemia, o mejor, Las ilusiones perdidas de Balzac». Para Juristo, estamos regresando a situaciones similares a las del siglo XIX, «cuando los diarios brotaban como hongos, un poco al modo en que ahora lo hacen los blogs y las páginas web, y el oficio apenas daba para subsistir. Hubo que esperar casi cien años para que la situación se regularizara».
Por eso resulta más urgente que nunca que el periodista cultural busque nuevas fórmulas para resituarse. Lo que, en opinión de Jiménez y Gil, pasa por entender a las nuevas tecnologías de la información como sus grandes aliadas: «Los periodistas culturales deben elaborar un plan estratégico que les lleve a diseñar sus propios canales de información (blogs) y generar ingresos mediante publicidad contextual. Parece evidente que este tipo de profesionales de la información deberán migrar hacia otros medios y soportes, y buscar fuentes de ingresos colaterales».
Sin embargo, y de momento, no parece que el modelo emergente está ofreciendo alternativas económicas. En principio, porque quienes están logrando situarse en él, quienes se están convirtiendo en referencia, como ocurre con muchos blogueros, no logran rentabilizar económicamente su esfuerzo salvo si sus blogs forman parte de las webs de los medios de comunicación tradicionales. Como señala Martín Gómez, «uno de los rasgos de esos contenidos digitales es la gratuidad y así es como trabajamos muchos en revistas digitales». Ciertamente, existen posibilidades de conseguir ingresos, «como la publicidad pautada por gente del sector, la conseguida a través de mecanismos propios del medio digital o por la participación de campañas de marketing de influencia», pero están aún por desarrollarse del todo. Eso sí, quienes poseen blogs de referencia consiguen una notable retribución en forma de capital simbólico, ya que «te posicionan como un valor en el mercado».
El periodismo cultural, pues, se encuentra entre un mundo en crisis, del que dicen se desvanecerá pronto, y un futuro que apenas logra adivinarse. En lo que se refiere a lo material, eso significa que nos movemos entre unas condiciones laborales y salariales en retroceso y un nuevo mundo que sólo nos retribuye simbólicamente. Por eso, César Rendueles, adjunto al director del Círculo de Bellas Artes, subraya que «las condiciones salariales del periodista cultural en este contexto dependerán de su poder contractual, o sea, de su capacidad para ejercer presión colectiva sobre sus contratadores. En otras palabras, me parece importante distinguir el análisis del mercado de trabajo (periodístico) de la ciencia ficción».
Hacia dónde vamos
En suma, que nos encontramos ante un contexto de incertidumbre y riesgo del que surgirá un modelo completamente distinto, dicen, de periodismo cultural. Y aunque nadie sepa definir con seguridad cuál es el mundo al que nos dirigimos, todos lanzan sus apuestas, generalmente definidas por la posición que cada cual detenta en el mercado de la información cultural.
En primera instancia, aparecen una serie de posturas pesimistas que constatan el declive de la profesión y que miran el futuro con preocupación. Llàtzer Moix señala, incidiendo en las perspectivas laborales, que si la crisis es más profunda y no se encuentra alguna posibilidad de rentabilizar la actividad en Internet, «quizás los periodistas culturales prefieran trabajar en otras ocupaciones antes que quedarse en ayunas». Otros, como Juan Pedro Quiñonero, bloguero (http://unatemporadaenelinfierno.net) y corresponsal del diario ABC en París, adoptan una posición más distante, como si la batalla estuviera ya perdida, en tanto «lo que se compra y se vende masivamente como 'cultura' son sucedáneos podridos, defendidos a dentelladas por los plumíferos y gacetilleros del ramo. Hace apenas treinta o cuarenta años, los escritores defendían ideas, se peleaban con mucho brío para defender estilos o escuelas de pensamiento. Hoy prefieren no meterse en líos intelectuales y culturales. Lo que hoy funciona son las mafias filantrópicas. Quienes se integran en tales mafias pueden tener un peso evidente». En consecuencia, tampoco es de esperar que Internet altere sustancialmente la situación: «Me gustaría pensar que escritores, críticos, intelectuales... serán capaces de prolongar la amenazada vida de la cultura a través de Internet y medios digitales. Vaya usted a saber. Leer la Recherche proustiana no es nada fácil ni vía Internet. Y lo que hoy está en juego es la existencia misma de editoriales capaces de publicar libros como la Recherche».
Sin embargo, las posturas mayoritarias, muy ligadas a la valoración que se le suele otorgar al cambio tecnológico, distan mucho de visiones negativistas. Quizá porque, como asegura F. Rodríguez Lafuente, «ser pesimista es muy aburrido». Así, Blanca Berasategui cree que Internet nos ayuda en muchos sentidos, ya que «todos podemos acceder a todo al mismo tiempo y en igualdad de condiciones. Internet nos pone el mundo, también el cultural, al alcance de la mano. Tenemos las más importantes bibliotecas del mundo, toda la historia de la literatura, a nuestro servicio. Y además, para los escritores, acaba con esa lacra que son los libros descatalogados». En ese nuevo entorno también saldrá beneficiado, al cumplir las funciones de siempre por otros caminos, el periodista cultural, ya convertido «en ese filtro necesario, casi imprescindible, que discrimina y organiza el inmenso caudal de informaciones que recibe el internauta y que no siempre resultan importantes, fiables ni veraces». De hecho, la Red, lejos de ser una amenaza, es un indispensable instrumento de mejora: «Es posible que desaparezcan con el tiempo los suplementos culturales de los periódicos de papel, pero de Internet no desaparecerán nunca». Los cambios que trae la Red, pues, conservarían, mejorándolo, aquello que ya conocemos.