Y una de ellas, y de gran importancia, es la irrupción, que lleva tiempo demorándose, del ebook. Si éste se desarrolla conforme a lo esperado, si realmente se convierte en un soporte en el que la lectura se realice con comodidad, el panorama editorial sufrirá una readaptación de notables consecuencias. Y entre las más sustanciales estará aquella que otros sectores de la industria cultural ya han sufrido, la de las descargas gratuitas. Si en la actualidad es muy sencillo encontrar en las redes p2p los títulos más vendidos y muchos libros de fondo de catálogo, o si una novela como la última de Harry Potter estuvo disponible en la Red, traducida al español, antes de que se hubiera siquiera publicado el título original en el Reino Unido (la última de Stieg Larsson fue puesta en la Red, en formato ebook, el mismo día de su salida a la venta en España), en el instante en que se generalice el uso de los nuevos soportes, tales descargas se multiplicarán hasta alcanzar niveles de similar repercusión a los del sector discográfico o cinematográfico. Y aunque se prevea que sus consecuencias serán de menor entidad en el mundo del libro, no quedará exento de ellas. Mientras que las descargas de cds se han compensado, al menos en parte, mediante el incremento de entradas vendidas para los conciertos, y mientras el cine continúa gozando de la baza del estreno y de ese hecho social que es acudir a las salas, el libro deberá encontrar nuevas estrategias para frenar esas inevitables pérdidas.
Si reparamos en otros sectores, la existencia de las descargas p2p no le ha venido mal al periodismo cultural, ya que al incrementar la disponibilidad de las obras, y al hacer más patente aún la sobreproducción, ha incrementado la demanda de una referencia que guíe al destinatario final entre el enorme caudal de la oferta. La paradoja es que, más que al periodista, las descargas han sido útiles a las publicaciones sectoriales que, hasta la crisis, remontaron una situación comercial que se les había complicado. Fue el caso de esas revistas musicales (sobre todo de papel, pero también digitales) que supieron situarse en un sector concreto, generando un espacio de información atractivo para los lectores y para los anunciantes. Sin embargo, el periodista cultural se hizo menos visible; importaba el medio (la marca de referencia) y muchos menos quién era el autor del mensaje. Pero, avisa Sergio Vila-Sanjuán, director de 'Cultura/s', suplemento de La Vanguardia, ese esquema no funciona en el mundo del libro. En primera instancia, porque las advertencias que señalaban la inminente desaparición del formato papel no se han cumplido y es probable que tarden bastante tiempo en hacerlo. La segunda diferencia es que el mundo del libro privilegia la firma: «Igual que el libro tiene un autor, también el comentario sobre el libro lo tiene». Por eso, asegura Vila-Sanjuán, «cuando se consoliden medios de información literaria en Internet, se va a repartir el prestigio del firmante con el de la publicación».
Lo material y lo simbólico
La segunda gran transformación que está aconteciendo en el mercado de la información cultural tiene que ver con sus aspectos económicos, insertos definitivamente en un contexto de crisis. Y aún cuando ésta sea la causa a partir de la cual tratan de explicarse los cambios, lo cierto es que la recesión no ha hecho más que intensificar tendencias ya existentes. Así, el mundo digital, que vive exclusivamente de la publicidad, tiende a producir aquellos contenidos que resultan interesantes a quienes se anuncian. Además, como es creencia extendida que la cultura no es rentable, en tanto cuenta con audiencias minoritarias, su presencia en las páginas generalistas decrece, algo que incluso ven con alivio los propietarios de los medios, para quienes la información cultural no era más que una exigencia simbólica. Así, terminan por reducirse (o eliminarse) los espacios dedicados a esta clase de contenidos, ya subsumidos en las categorías generales: son los amores o escándalos de las estrellas, las noticias sobre las ventas o la implicación política de los creadores lo que suele interesar a las grandes publicaciones.
Y no es cuestión sólo de los medios digitales sino que se trata de una tendencia general en el periodismo, y muy patente en las publicaciones no diarias. Algo que nos subraya el cambio de paradigma: si los diarios y revistas de papel («las tradicionales») buscaron en primera instancia al lector, que era quien sostenía las publicaciones, y después al anunciante, si su tarea consistía en producir contenidos atractivos para sus lectores a partir de los cuales llegaría la publicidad, en el nuevo mundo está comenzando a funcionar la lógica contraria, la de producir contenidos atractivos para los anunciantes que lo sean secundariamente para los lectores.
De esta forma, la crisis alcanza a un periodista cultural que cada vez tiene menos espacios en los que emplearse y que se ve obligado a navegar entre dos modelos: el de los medios tradicionales, en plena recesión, y el digital, aún por desarrollarse. Los primeros, además, estarían sometiéndose a un lógico reajuste, en tanto, como explica F. Rodríguez Lafuente, director de la Revista de Occidente y de 'ABC de las Artes', suplemento del diario ABC, «España es el país en que los periódicos publican mayor información cultural diaria de toda la UE». Y es que, subraya Vila-Sanjuán, «el periodismo cultural ha tenido un crecimiento ininterrumpido desde 1980. En estos 29 años nacieron las secciones de cultura en los diarios, y sus suplementos literarios vieron cómo se incrementaban notablemente sus páginas. Además, televisiones y radios les dieron cada vez mayor importancia». Por tanto, es hora de que esa sobredimensión regrese a parámetros manejables, algo a lo que también estaría ayudando la caída en la inversión publicitaria, que comienza a pasarse a Internet. Como explican Jiménez y Gil, «los nuevos medios digitales permiten no sólo medir mejor la eficacia de las campañas, sino que tienen mejores retornos en la inversión».
En consecuencia, se prevé que el periodismo cultural atraviese a corto plazo malos momentos, no muy diferentes, asegura Juan Cruz, adjunto a la dirección de El País, de los que aquejarán al resto del oficio: «Los periodistas culturales reciben la misma consideración salarial que los demás en la actualidad y así será también en el futuro». Y es que, señala Blanca Berasategui, directora de 'El cultural', suplemento del diario El Mundo, a la hora de negociar las condiciones económicas «lo importante no es la sección, es más cuestión de la publicación y de las personas. En los grandes medios los periodistas culturales supongo que ganarán lo mismo que los de economía, local o sociedad».